Quetzalli se encontraba sentada frente a un brasero dentro de la habitación de Zelotl, envuelta en una manta gruesa que cubría su cuerpo aún tembloroso, mientras otra descansaba sobre su cabeza húmeda. El calor del fuego crepitante contrastaba con el frío que aún parecía aferrarse a sus huesos, aunque poco a poco comenzaba a disiparse. Detrás de ella, Zelotl estaba sentado con una calma inusual, secando su cabello con suavidad y paciencia, pasando la tela con cuidado, como si temiera lastimarla. Todo era real, demasiado real. La vergüenza que había sentido al ser cargada en sus brazos desde el lago, atravesando el barrio bajo las miradas curiosas de quienes aún caminaban por las calles, seguía quemándole el rostro. Y si eso no hubiera sido suficiente, Zelotl había entrado con ella directamente a su residencia, sin importarle nada, ordenando con firmeza a su asistente que trajera ropa seca, que encendieran un brasero y prepararan cacao caliente. Sus sirvientas la habían ayudado a cambiarse, a secarse, a recomponerse… todo mientras la observaban con una mezcla de sorpresa y desconcierto que solo aumentaba su incomodidad. Y ahora estaba ahí en su habitación con él y con una taza de cacao caliente entre las manos, envuelta en mantas, mientras Zelotl secaba su cabello como si fuera lo más natural del mundo. Quetzalli sentía que podía morir… pero de vergüenza. Los sirvientes los habían mirado como si hubieran presenciado algo imposible, incluso el asistente de Zelotl —cuyo nombre, en ese momento, no lograba recordar— había permanecido en silencio, claramente sorprendido. Pero ahora estaban solos, completamente solos, sabía que debía hablar, pero no podía simplemente las palabras se quedaban atrapadas en su garganta. Fue Zelotl quien rompió el silencio.
—¿Ya entraste en calor?
Quetzalli agradeció profundamente estar dándole la espalda; no quería que viera lo roja que estaba. Bajó la mirada hacia el cacao entre sus manos antes de responder.
—Sí… ya estoy bien… gracias por preocuparte.
El silencio volvió por un instante, pero esta vez fue ella quien habló, reuniendo el valor poco a poco.
—¿Desde cuándo… recuerdas?
Zelotl no dudó en responder.
—Desde hoy —relato, su voz fue tranquila, casi reflexiva—. Desde hace tiempo tenía un dolor de cabeza constante… como si todo se repitiera, los mismos sonidos, las mismas palabras… pero no podía recordar nada, por más que lo intentara —se nota frustrado—. Hasta que desperté… y fue como si la neblina desapareciera, lo recordé todo.
Hizo una pequeña pausa antes de continuar.
—Y lo primero que hice… fue buscarte —le confeso—.
Quetzalli giró ligeramente la cabeza, mirándolo con curiosidad.
—¿Por qué? —pregunto curiosa—.
Zelotl respondió con naturalidad, como si la respuesta fuera obvia.
—Porque si alguien podía saber lo que está pasando… eras tú.
Sus manos no dejaron de moverse mientras hablaba.
—Fui a buscarte a tu casa, pero ya te habías ido… así que te seguí.
Quetzalli se giró de golpe, su corazón acelerándose.
—¿Viste… todo? —preguntó avergonzada—.
Zelotl la miró con calma.
—Sí —respondió sincero—. Lo vi.
El silencio que siguió fue pesado. Quetzalli bajó la mirada, apretando con más fuerza la manta sobre su cuerpo.
—¿No… piensas preguntarme por qué lo hice?
Zelotl negó suavemente.
—No tengo intención de juzgarte —Su voz fue firme, pero cálida—. Después de todo lo que has pasado… cualquiera habría perdido la razón.
Quetzalli asintió levemente, con la mirada fija en el suelo.
—Ha sido difícil… estar sola…
Las palabras apenas salieron, pero fueron suficientes. Zelotl se inclinó un poco hacia ella, su tono suavizándose aún más.
—Has sido muy fuerte… al resistir todo esto tú sola.
Hubo un breve silencio antes de que añadiera:
—Pero ya no tienes que hacerlo.
Quetzalli tensó ligeramente los hombros.
—No digas eso…
Zelotl frunció levemente el ceño, confundido.
—¿Por qué…? —preguntó confundido—.
Pero ella lo interrumpió rápidamente, su voz más firme, aunque cargada de miedo.
—Porque no sabemos si esto es permanente… o solo es por hoy —murmuro temblorosa, bajó la mirada, apretando los labios—. No podría soportarlo… no podría soportar que me quiten esto —Su voz comenzó a quebrarse—. No podría volver a esa oscuridad… a ese frío… después de haber sentido esto.
Sus manos temblaron ligeramente.
—Si mañana… tú sigues recordando… entonces te lo contaré todo —dijo sincera, hizo una pausa, respirando hondo—. Pero hoy… solo hoy… no voy a creer en eso.
Porque aferrarse a esa esperanza… y perderla otra vez… sería algo que no podría sobrevivir.
Zelotl pareció entenderla, porque no insistió; simplemente continuó secando su cabello con la misma paciencia, con la misma suavidad, como si aquel silencio también fuera una forma de cuidarla. Quetzalli cerró los ojos, dejándose llevar por esas caricias, disfrutando de ese momento cálido que hacía tanto tiempo no tenía. No quería pensar en lo que vendría después, no quería cuestionarse si aquello duraría o si al día siguiente él volvería a olvidar todo; su corazón, ya tan frágil y agonizante, no soportaría perderlo otra vez. Así que decidió no pensar, solo quedarse ahí, en ese instante, disfrutando de su compañía. Pero la duda no tardó en aparecer. Recordó aquel momento en el lago, la forma en que la había abrazado, la desesperación en su voz, la forma en que le agradecía por estar viva… y entonces supo que tenía que preguntar. Abrió los ojos y se giró para mirarlo fijamente.