Al abrir los ojos repentinamente, Quetzalli observó que nuevamente se encontraba en su habitación; durante unos segundos no estuvo completamente segura de que todo lo que había sucedido el día anterior hubiera sido real, todo se sentía como una ilusión, como un sueño demasiado hermoso… uno del que habría deseado no despertar jamás. Pero entonces lo recordó, con una claridad que le estremeció el pecho: sus labios sobre los suyos, sus caricias, la forma en que aquel calor la había envuelto por completo… y no solo lo recordaba, aún podía sentirlo, esa calidez seguía ahí, tenue, pero viva, como un eco que se negaba a desaparecer, así que debía haber sido real, no podía ser solo otro engaño de su mente para protegerla de su propio dolor, tenía que ser verdad. Pero si era verdad… una duda la atravesó de golpe. ¿Zelotl también lo recordaba? ¿O solo había sido por un ciclo? Quetzalli se levantó de la cama de inmediato, con el corazón acelerándose, tenía que averiguarlo, se colocó rápidamente un huipil, ajustó sus sandalias con manos torpes por la prisa y se dirigió hacia la salida… pero se detuvo en seco cuando un pensamiento la golpeó con fuerza. ¿Qué pasaría si él no recordaba nada? Su cuerpo quedó inmóvil, el aire pareció faltarle por un instante, no quería volver ahí, no quería regresar a ese abismo del que apenas había logrado salir, retrocedió un paso, insegura, sintiendo cómo el miedo comenzaba a envolverla otra vez, tal vez era mejor no saber, tal vez era mejor quedarse, fingir que todo no había sido real y no enfrentarse a la posibilidad de perderlo de nuevo, así no dolería, así podría protegerse… proteger su corazón.
Pero entonces escuchó su voz, clara, firme, resonando en su mente. “Lo valiente es avanzar a pesar del miedo que sientas… sé tú misma esa luz que te ilumine.” Quetzalli cerró los ojos con fuerza, aferrándose a ese recuerdo, a ese instante, a todo lo que habían compartido, respiró hondo una vez… y otra… y cuando abrió los ojos ya no había duda en ellos, solo decisión. Esta vez no iba a derrumbarse, no iba a esconderse, no iba a dejar que el miedo la consumiera, si Zelotl había perdido sus recuerdos entonces ella sería fuerte por ambos, volvería a intentarlo una y otra vez, sin rendirse, sin dejarse hundir de nuevo en la oscuridad. Ya no. No más. Con esa determinación ardiendo en su pecho, salió corriendo de su casa sin mirar atrás, sabiendo que tenía que encontrarlo; detrás de ella escuchó la voz de Yaotl llamándola, preguntándole a dónde iba, pero Quetzalli no se detuvo, no podía, su corazón latía con fuerza, desbocado, lleno de nervios, de miedo… pero también de esperanza, y fuera cual fuera la respuesta que encontrara… esta vez la enfrentaría.
Comenzó a correr, sintiendo su corazón desbocado golpeando con fuerza contra su pecho, mientras su mente se enredaba en nervios y esperanza; solo quería verlo, necesitaba verlo, comprobar que todo había sido real, que él también lo recordaba, que no había olvidado su beso, que no la había olvidado a ella. Lo deseaba con todo su ser, con cada latido, con cada pensamiento, rogando en silencio a los dioses que, si alguna vez iban a concederle una sola petición en toda su vida, fuera esa… que no se lo arrebataran, que le permitieran conservar a Zelotl, que no le quitaran esa luz que había encontrado en medio de su oscuridad. Rezaba mientras corría, suplicando que él recordara, que todo lo que habían vivido no desapareciera como todo lo demás. El camino hacia el Técpan se sentía interminable, más largo de lo que jamás había sido; su respiración se volvió pesada, sus pulmones ardían con cada bocanada de aire, sus piernas comenzaban a resentir el esfuerzo, incluso su abdomen le dolía por el ritmo acelerado… pero no se detuvo. No podía. Nada de eso importaba, no cuando cada paso la acercaba a la respuesta que tanto temía y anhelaba al mismo tiempo. Debía encontrarlo, debía saberlo.
A mitad del camino, su mirada se detuvo al distinguir una figura a lo lejos, alta, familiar… su corazón dio un vuelco. ¿Era él? Sin pensarlo, aceleró el paso, ignorando el cansancio, ignorando el dolor, hasta que finalmente pudo verlo con claridad… esos ojos rojos, inconfundibles. Se detuvo en seco, a una distancia suficiente para reconocerse ambos, y frente a ella estaba él… el chico que alguna vez había odiado, al que había despreciado con todo su ser, pero que, con el tiempo, con sus acciones, había cambiado su corazón hasta algo que jamás pensó sentir. Cabello oscuro como la noche… y esos ojos ardientes como el fuego. Y entonces lo supo. No hizo falta una palabra. En la forma en que la miraba… en esa intensidad… en esa certeza…Él lo recordaba. El alivio la golpeó con tanta fuerza que casi le faltó el aire, y sin pensarlo corrió hacia él; Zelotl hizo lo mismo, acortando la distancia entre ambos hasta que finalmente se encontraron, abrazándose con fuerza, como si temieran desaparecer si se soltaban. Zelotl la levantó del suelo en ese abrazo y Quetzalli se aferró a él sin dudar, sintiendo cómo todo el miedo se desmoronaba dentro de ella, y entonces se besaron, un beso lleno de alivio, de certeza, de reencuentro… como si confirmaran que, a pesar de todo, seguían ahí, juntos otra vez. Cuando se separaron, Quetzalli se limpió rápidamente una lágrima que había escapado sin permiso, pero no pudo borrar la sonrisa que iluminaba su rostro. Zelotl la miró con esa misma calidez y, con una ligera sonrisa, preguntó:
—¿Me extrañaste?
Quetzalli soltó una pequeña risa entrecortada, aún aferrada a él.
—Demasiado.
Volvieron a besarse una vez más solo para confirmar que en verdad estaba sucediendo, que realmente estaba enfrente de el otro, y después de tanto tiempo Quetzalli sintió que podía respirar nuevamente.