El Dia Sin Amanecer

Capitulo 34: Hundida en el reflejo

Al abrir los ojos, Quetzalli pudo observar un hermoso atardecer que pintaba el cielo con tonos naranjas mezclados con destellos amarillos, degradándose suavemente mientras las nubes esponjosas reflejaban esos mismos colores, como si el cielo entero estuviera ardiendo en calma; el ambiente que la rodeaba se sentía cálido, casi reconfortante. Al mover ligeramente la cabeza, notó que se encontraba recostada sobre un pasto verde y suave, tan distinto a la dureza de la orilla del lago, lo que la hizo fruncir el ceño. No estaba en el lago, nada de aquello se parecía al lugar en el que había estado momentos antes. Se incorporó lentamente, apoyando sus manos sobre la hierba, y entonces pudo observar mejor su entorno: estaba rodeada por un vasto campo de cempasúchil que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, inundando el aire con su aroma dulce e intenso… pero algo no estaba bien. Al fijarse con mayor atención, notó que las flores estaban en llamas; ardían, pero no se consumían, el fuego danzaba sobre los pétalos sin destruirlos, sin propagarse, como si no perteneciera al mundo natural.

—¿Dónde estoy…? —murmuró para sí misma.

No parecía que hubiera roto el bucle, aquello era distinto. Lo último que recordaba era haber frotado el espejo y después… oscuridad. Entonces una idea cruzó su mente: ¿estaba dentro del espejo? Pero ¿cómo era posible? Se puso de pie con lentitud, girando sobre sí misma mientras intentaba comprender aquel lugar imposible; debía encontrar una salida, debía regresar… debía volver con Zelotl. Justo cuando dio el primer paso, una figura apareció frente a ella de la nada, obligándola a retroceder de golpe, sobresaltada. Era una sombra, oscura, densa, que comenzó a tomar forma ante sus ojos. Quetzalli observó cómo aquella oscuridad se materializaba en una figura masculina, y en cuanto lo hizo sintió una presión invisible aplastando el ambiente, como si su sola presencia dominara todo a su alrededor. Su piel era oscura como la obsidiana pulida, reflejando las llamas del campo; su cuerpo estaba cubierto por adornos y marcas negras y doradas que parecían moverse con vida propia. Su rostro estaba dividido: una mitad clara, perfectamente definida… la otra sumida en una sombra viva que no dejaba ver nada. Sus ojos no eran humanos, uno era un vacío absoluto, el otro fuego contenido, y el aire a su alrededor se distorsionaba como si la realidad misma se curvara ante él. Y entonces habló.

—Arrodíllate.

Quetzalli no tuvo elección. Su cuerpo reaccionó antes que su voluntad, sus piernas cedieron sin que pudiera detenerlas y cayó de rodillas frente a él, incapaz de resistirse, sintiendo cómo algo superior la obligaba a obedecer. Antes de que pudiera siquiera reunir el valor para preguntarle quién se creía, aquella figura habló primero, su voz profunda resonando en el aire con un peso imposible de ignorar, una voz que imponía miedo y respeto al mismo tiempo.

—Yo soy el señor del Espejo Humeante, el dios de la guerra —se presentó ante ella—. Aquel que representaba el cielo nocturno, la luna, la hechicería… y el destino.

No necesitó decir más. Quetzalli lo supo al instante. No hacía falta que pronunciara su nombre, porque ella lo reconocía perfectamente; después de todo, era hija del sabio del Calmécac, había crecido entre códices e historias, entre relatos de dioses y advertencias sobre su poder. Estaba frente a Tezcatlipoca. El más temido. El más impredecible. Aquel capaz de crear vida… y también de destruirla. Su cuerpo reaccionó de inmediato, bajando la cabeza en señal de respeto mientras murmuraba con cuidado:

—Mi señor… Tezcatlipoca.

Su mente comenzó a trabajar con rapidez, recordando todo lo que sabía sobre él, cada historia, cada advertencia; conocía su carácter voluble, su naturaleza omnipotente, su tendencia a destruir por capricho tanto como a bendecir por interés. Debía medir cada palabra, cada gesto. Un error… y no solo ella podría morir. Si había alguien con quien se podía negociar el fin del mundo, era él… pero también era quien podía destruirlo sin dudar. Si quería salvar a todos, debía convencerlo de que extinguirlos era un error. Tezcatlipoca la observó con calma, como si evaluara algo que no podía verse, y entonces habló:

—Así que tú eres… la hija de Quetzalcóatl.

Quetzalli alzó la mirada, desconcertada. Sabía que no debía ser imprudente, que debía mantener la cabeza baja… pero no pudo evitar reaccionar al escucharlo referirse a ella de esa manera.

—No lo entiendo, mi señor… —respondió, con cautela.

—¿Cómo te atreves a negarlo… cuando llevas su nombre?

Tezcatlipoca ladeó ligeramente la cabeza.

—Los dioses bendicen a los humanos —le explico—. Les otorgan dones… destinos… marcas. No todos lo comprenden… pero tú fuiste elegida.

Quetzalli frunció el ceño, confundida.

—No entiendo nada de esto —insistió confundida—.

—Entonces escucha.

El entorno pareció tensarse, como si el mismo mundo se preparara para lo que estaba a punto de decir.

—Yo soy Tezcatlipoca… el Espejo Humeante. Aquel que observa todo… pasado, presente y futuro, yo veo todo al mismo tiempo —Su voz resonó con más fuerza—. Y tú eres aquella que nació sin un tonalli. Una nemontemi.

El corazón de Quetzalli se detuvo por un instante.

—Dime, hija de Quetzalcóatl ¿no tienes curiosidad por tu pasado?

Quetzalli se quedó en blanco. No solo estaba frente a una de las deidades más poderosas, sino que ahora él la nombraba de una forma que jamás había considerado real. Sabía que debía suplicar por la humanidad, que debía negociar, que debía actuar con inteligencia, pero en ese momento, solo una pregunta logró escapar de sus labios.




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