Antes de que Quetzalli pudiera reaccionar, el mundo volvió a quebrarse; las llamas desaparecieron y una nueva visión la envolvió por completo. Primero fue el mar, oscuro, inmenso y sobre él, algo que jamás había visto: una enorme estructura flotante, un barco colosal con velas blancas que parecían alas, avanzando lentamente hacia la costa. Su presencia imponía miedo incluso desde la distancia. Luego aparecieron los hombres. No eran como ellos. Sus cuerpos estaban cubiertos por una especie de piel de metal que brillaba bajo la luz, sus armas eran distintas, más largas, más frías, hechas de un material desconocido. Sus rostros eran ajenos: piel blanca, ojos claros, miradas duras. Y entonces comenzó. Quetzalli vio cómo descendían y avanzaban sin dudar, atravesando todo a su paso. Escuchó gritos, vio sangre, cuerpos cayendo sin entender siquiera qué los había matado. Algunos de esos hombres levantaban extraños objetos, y al instante un estruendo rompía el aire y alguien más caía muerto.
—No… —susurró, con la voz temblorosa.
El Templo Mayor apareció ante ella y después, ardió. Las escalinatas se cubrieron de sangre, los altares fueron profanados, los sacerdotes asesinados sin piedad. Vio cómo derribaban a los dioses, cómo destruían todo aquello que había sido sagrado.
—No… —repitió, negando lentamente.
Pero la visión no se detuvo. Las calles de Tenochtitlan se llenaron de fuego; casas saqueadas, reducidas a cenizas, mujeres arrastradas, gritos ahogados por la violencia. Vio a su gente encadenada, obligada a servir, obligada a arrodillarse ante dioses desconocidos.
—No… no…
Los sobrevivientes eran marcados, sometidos, humillados. Su lengua desaparecía. su fe era aplastada. Su cultura… borrada. Intentaron luchar. Pero no fue suficiente. Sus armas no podían contra las de ellos. Sus enemigos eran más fuertes… y peor aún, vio cómo otros pueblos se unían contra ellos, cómo eran traicionados, rodeados, exterminados. Todo era sangre. Todo era muerte. Todo estaba perdido. La visión desapareció de golpe, y el campo de cempasúchil en llamas volvió a formarse a su alrededor. Quetzalli se quedó inmóvil, respirando con dificultad, sintiendo aún el eco de los gritos en su cabeza. Tezcatlipoca la observaba.
—Ese… es su futuro.
El silencio se volvió insoportable.
—Los dioses no permitirán que su creación sea profanada —continuó con frialdad—. Antes de eso la destruiremos nosotros mismos.
Quetzalli alzó la mirada, horrorizada.
—¿Destruir a todos…?
—Nuestro error —dijo Tezcatlipoca—. Fue darles pensamiento… libertad —Su voz se endureció—. Lenguas distintas, reinos distintos, dioses inventados.
Quetzalli negó con fuerza.
—Eso no es un error —murmuro comprensiva—. Es caos
Las llamas a su alrededor se intensificaron.
—Extinguir el Quinto Sol —pronuncio severo—. Y dar paso al Sexto.
Y en ese momento, Quetzalli entendió algo que le heló el alma: aquello no era una amenaza era una decisión que ya había sido tomada. Permaneció en silencio unos segundos más, intentando contener todo lo que había visto, pero el peso de aquellas imágenes era demasiado; su pecho subía y bajaba con dificultad, y cuando finalmente habló, ya no había solo respeto en su voz… había algo más.
—¿Entonces para eso me necesitan? —dijo, levantando la mirada—. ¿Para que yo decida si la humanidad muere conmigo… si muere para que otra vida nazca de sus muertes? Hablas de crear mundos a base de la muerte de otros… ¿solo por una visión? ¿Solo porque ese es su futuro? ¿Y la mejor idea, en vez de evitarlo… es destruirlo? ¿Por qué tomar una decisión tan drástica? Si nos ayudan podemos contra esos invasores.
Tezcatlipoca no dejó que continuara.
—Una simple humana como tú no puede comprender la visión de los dioses —la interrumpió con frialdad—. No es tu deber cuestionarlo. Es tu deber cumplir aquello para lo que fuiste creada.
Quetzalli sintió cómo esas palabras debían doblegarla, debía asentir, debía rogar, debía suplicar… pero algo dentro de ella se negó. No. Levantó la mirada con firmeza.
—Eso no es verdad.
El aire pareció tensarse.
—El fin de nuestro imperio no tiene nada que ver con ustedes —continuó, sin apartar la vista—. Podrían ayudarnos, podrían evitarlo si quisieran… pero no lo hacen. Esa es la realidad. Solo usan a esos invasores como excusa.
Sus ojos brillaron con determinación comenzando a comprender ella misma las palabras que pronunciaba.
—Le tienen miedo al cambio, temen ser olvidados —dijo sincera—. Y prefieren matarnos a todos antes que permitir que eso suceda.
El silencio se volvió pesado.
—Y todo esto… —añadió con amargura— es solo una manera de limpiar su conciencia. Dejan que el peso de una decisión que ustedes deberían tomar caiga sobre una simple humana como yo.
Su voz se endureció.
—Solo juegan con nosotros —le recrimino—. Podrían terminar con esto, podrían reiniciar su maldito sol como tantas veces lo han hecho, pero no lo hacen, porque son demasiado orgullosos para admitir que todo esto fue su error. Esto… es obra de su cobardía.