El Dia Sin Amanecer

Capitulo 36: Hundida en la Busqueda

Al abrir los ojos abruptamente, lo primero que Quetzalli pudo ver fue el cielo comenzando a teñirse de los tonos anaranjados del atardecer. Una fuerte bocanada de aire escapó de sus labios, como si hubiera pasado una eternidad sin poder respirar. Se incorporó de golpe, llevándose una mano al pecho mientras intentaba recuperar el aliento. Durante unos segundos todo le dio vueltas; sus ojos tardaron en acostumbrarse a la luz natural y una molesta sensación de mareo le nubló la mente. Solo cuando su vista comenzó a aclararse pudo observar con cautela a su alrededor. El lago seguía allí, al igual que la orilla y el suave sonido del agua meciéndose contra la tierra, como si nada hubiera ocurrido. Todo estaba exactamente donde debía estar. Entonces escuchó una voz llamándola por su nombre, que al escucharlo su corazón dio un brinco:

—¡Quetzalli! —exclamo asustado—. ¡Por amor a Huitzilopochtli!

Era Zelotl. Sin embargo, lo escuchaba como si estuviera muy lejos, sus oídos seguían zumbando y su cabeza aún se sentía pesada, intentó recordar lo último que había ocurrido. El espejo. El campo de cempasúchil ardiendo. Tezcatlipoca. Las visiones. Las palabras del dios. ¿Realmente había hablado con una deidad? ¿O todo había sido producto de su imaginación después de casi ahogarse? No tuvo tiempo de responderse. De repente, Zelotl la envolvió en un fuerte abrazo y el mundo pareció acomodarse de nuevo. Quetzalli se quedó inmóvil por un instante, sintiendo el calor corporal que emanaba de él y contrastaba con el frío que todavía permanecía aferrado a su piel, ese calor era real. Aquel abrazo era real, el latido acelerado del corazón de él contra su cuerpo era real, ya no estaba en aquel campo ardiente. Ya no estaba frente a Tezcatlipoca, había regresado, podía respirar aliviada. Sin darse cuenta, se aferró a él con fuerza, como si temiera volver a despertar en aquel lugar, se aferró a ese calor, a esa presencia, a la luz que él representaba dentro de la oscuridad que tantas veces había intentado consumirla. Poco a poco su respiración comenzó a calmarse, los latidos desbocados de su corazón fueron estabilizándose hasta que finalmente logró sentirse nuevamente dueña de sí misma, Zelotl se separó apenas lo suficiente para observarla con preocupación.

—¿Qué fue lo que ocurrió? —preguntó—. Pensé que te habías ahogado. Pensé que estabas muerta.

Quetzalli parpadeó varias veces antes de responder.

—A mí también me lo pareció...

Bajó la mirada hacia sus manos todavía húmedas.

—No vas a creer a quién vi dentro de ese espejo —murmuro conmocionada—.

La mirada de Quetzalli cayó de inmediato sobre el espejo de obsidiana que descansaba junto a ellos. Apenas lo vio, una sensación de terror le recorrió el cuerpo. Sin pensarlo dos veces, se puso de pie, lo tomó con ambas manos y, con una furia contenida que ni siquiera intentó ocultar, lo arrojó nuevamente hacia las profundidades del lago.

—¡No! —gritó Zelotl, incorporándose de golpe mientras intentaba detenerla.

Pero fue demasiado tarde, el espejo desapareció bajo las aguas oscuras, Zelotl se quedó observando el lugar donde había caído antes de girarse hacia ella con incredulidad.

—¿Te faltó oxígeno en el cerebro mientras te estabas ahogando? —preguntó sarcástico—.

Quetzalli soltó una pequeña risa nerviosa.

—Creo que esta es la vez que he estado más cuerda en varios ciclos.

Zelotl frunció el ceño sin comprender.

—¿Qué quieres decir?

Quetzalli respiró profundamente antes de comenzar a explicarle todo lo que había ocurrido dentro del espejo. Le habló del campo de cempasúchil en llamas, de Tezcatlipoca, de los nemontemi, de los soles anteriores, de los dioses, de las visiones del futuro y del sacrificio necesario para dar origen al Sexto Sol. Intentó resumir todo cuanto pudo, aunque incluso para ella seguía sonando absurdo cada vez que lo pronunciaba en voz alta. Cuando terminó, ambos se encontraban nuevamente sentados sobre el pasto, observando la superficie tranquila del lago. Durante varios minutos, Zelotl no dijo absolutamente nada. Simplemente permaneció allí, intentando procesar todo lo que acababa de escuchar, Quetzalli no pudo evitar sonreír ligeramente.

—No te culpo por reaccionar así —intentó consolarlo—. Ni siquiera yo estoy segura de creer lo que acaba de suceder.

Zelotl permaneció en silencio unos instantes más antes de formular la pregunta que parecía atormentarlo.

—Entonces... ¿los dioses nos abandonaron?

Quetzalli observó las aguas del lago antes de responder con firmeza.

—Sí.

La palabra quedó suspendida entre ambos, sorprendentemente Zelotl no pareció enfadarse, ni siquiera decepcionarse, simplemente asintió ante su realidad.

—Entonces la decisión recaerá sobre nosotros —concluyo—.

Quetzalli lo miró confundida.

—Sea lo que sea que decidamos hacer, lo haremos juntos —continuó él—. No voy a dejar que cargues sola con toda esta responsabilidad.

Por un momento, el peso que llevaba sobre los hombros pareció hacerse un poco más ligero.

—Gracias —murmuró ella.

Zelotl le dedicó una pequeña sonrisa antes de volver a ponerse serio.




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