El Dia Sin Amanecer

Capitulo 37: Hundida en el destino

Yohualli permaneció en silencio durante varios segundos, observando las llamas del brasero danzar frente a ellos. La luz anaranjada iluminaba las arrugas de su rostro mientras parecía ordenar sus pensamientos. Finalmente, apoyó ambas manos sobre su bastón y dirigió sus ojos lechosos hacia Quetzalli.

—Hay algo que debes comprender, ichpochtli.

Quetzalli levantó la vista.

—Durante treinta y un ciclos has creído que estabas sola.

La joven bajó ligeramente la mirada.

—Lo estaba —dijo obvia—.

—No —le negó—.

La respuesta fue tan firme que la hizo quedarse inmóvil, Yohualli negó lentamente con la cabeza.

—Creíste estar sola porque eras la única que recordaba —le revelo—. Pero eso no significa que cargaras esta condena sin compañía.

Entonces la anciana giró el rostro hacia Zelotl.

—Y tú eres la prueba de ello.

Zelotl frunció el ceño.

—No entiendo.

—Claro que no lo entiendes, telpochtli —repuso calmada—. Ninguno de los dos lo comprende todavía.

La anciana tomó una pequeña rama y comenzó a dibujar sobre la tierra. Primero trazó un círculo.

—Este eres tú, Quetzalli.

Después dibujó otro a cierta distancia.

—Y este eres tú, Zelotl.

Ambos observaron el dibujo.

—Al principio eran dos destinos separados.

La rama comenzó a moverse nuevamente, Yohualli dibujó una línea entre ambos círculos.

—Pero los ciclos cambiaron eso.

La anciana levantó la mirada.

—Durante treinta y un ciclos compartieron el mismo destino.

La línea se hizo más gruesa.

—Compartieron las mismas muertes.

La línea continuó creciendo.

—Compartieron la misma condena.

Quetzalli sintió un escalofrío, las palabras parecían tener un peso que todavía no alcanzaba a comprender, Yohualli apoyó nuevamente la punta de la rama sobre la tierra.

—Cada vez que morías.

La anciana señaló a Zelotl.

—Él te veía morir —le señalo—. Cada vez que despertabas.

La rama volvió hacia ella.

—Él despertaba junto a ti sin saber por qué le dolía la cabeza.

Zelotl recordó inmediatamente aquellos dolores insoportables que lo habían acompañado durante tantos ciclos.

—Cada vez que sufrías.

La anciana unió aún más los círculos.

—Algo dentro de él sufría también.

El silencio llenó la pequeña choza, Yohualli observó el dibujo terminado, ya no parecían dos figuras separadas, ahora estaban unidas por una misma línea.

—Los destinos son como raíces bajo la tierra —les explico—. No puedes verlas, pero siempre están creciendo.

La anciana levantó lentamente la cabeza.

—Y las de ustedes comenzaron a entrelazarse.

Quetzalli permaneció callada, no sabía por qué, pero aquellas palabras hicieron que algo se apretara dentro de su pecho, Yohualli sonrió suavemente.

—Si Quetzalli es una puerta abierta fuera del destino —la señalo—. Una existencia que nació sin tonalli —luego señaló a Zelotl—. Entonces tú eres la cuerda que la conecta nuevamente con el mundo.

Zelotl parpadeó confundido.

—¿Yo?

—Tú —le confirmo—. Los hombres no pueden entrar en Tamoanchan porque sus tonalli los atan al mundo —miró a Quetzalli—. Y los nemontemi pueden entrar porque nacieron fuera de esas cadenas —finalmente los observó a ambos—. Pero tú, telpochtli, eres algo distinto.

—¿Qué soy?

—La prueba de que incluso el destino puede equivocarse.

Las llamas del brasero crepitaron suavemente.

—Durante treinta y un ciclos te aferraste a ella —les revelo—. Y durante treinta y un ciclos ella se aferró a ti —la anciana bajó la mirada hacia el dibujo en la tierra—. Tanto que ahora ya no puedo distinguir dónde termina uno y comienza el otro.

Por primera vez desde que habían llegado, ninguno de los dos supo qué responder, Yohualli observó sus rostros y soltó una pequeña risa.

—Hace mucho tiempo que dejaron de ser dos destinos diferentes.

—¿Cómo viajo al Tamoanchan? —inquirió Quetzalli—. ¿Y cuando viaje que es lo que debo de buscar?

—Con un ritual.

—¿Qué clase de ritual?

—Uno antiguo, pero necesitaré preparación —les comento—. Necesitaré copal, sangre, agua del lago, obsidiana y flores de cempasúchil, todo eso yo puedo conseguirlo, pero me temo que no será —se asomo hacia el cielo nocturno—. Falta poco tiempo para que este ciclo termine.




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