El doctor Liam Carter era el sol alrededor del cual giraba el Hospital General de Los Ángeles. Alto, de una complexión atlética que disimulaba bajo la bata blanca, de piel clara y facciones esculpidas, era el neurocirujano más cotizado y el soltero más codiciado del estado. Las residentes suspiraban a su paso y las pacientes encontraban cualquier excusa para pedir una consulta extra.
Y luego estaba Elena.
Elena era una enfermera de urgencias brillante, dulce y con una sonrisa que podía calmar al paciente más difícil. También era la mujer que llevaba cinco años enamorada de Liam en absoluto secreto. Su rutina era inquebrantable: cada mañana a las siete, aparecía en el área de descanso con un café cargado (exactamente con un toque de canela, como a él le gustaba) y un desayuno casero.
— Eres un ángel, Elen —le decía siempre Liam, devorando los panecillos que ella preparaba—. No sé qué haría en este hospital sin ti.
— Es solo para que no te desmayes en mitad de una craneotomía, doctor Carter —respondía ella con una sonrisa tímida, ocultando el vuelco que daba su corazón cada vez que él la llamaba por su diminutivo.
Liam la veía como su zona segura, su ancla. Estaba tan acostumbrado a su atención incondicional que la daba por sentada, sin imaginar que cada uno de esos detalles era un pedazo del corazón de Elena entregado en bandeja de plata.