Lo que más le dolía a Elena no eran las largas jornadas de trabajo, sino el papel secundario que Liam le había asignado en su vida amorosa. Como eran tan cercanos, Liam la utilizaba como su consejera sentimental.
— Elen, ¿crees que a la nueva jefa de pediatría le gusten las rosas rojas o las orquídeas? —le preguntó una tarde, apoyado en el mostrador de enfermería—. Quiero invitarla a cenar el viernes.
A Elena se le encogió el estómago, pero tragó saliva y mantuvo su máscara de mejor amiga profesional.
— Orquídeas, Liam. Las rosas rojas son demasiado predecibles. Y prefiere el restaurante italiano de la avenida principal, odia el marisco.
— ¡Eres la mejor! —Liam le dio un rápido abrazo que la dejó oliendo a su perfume de sándalo—. ¿Qué haría yo sin tu intuición femenina?
Elena se quedó mirando cómo se alejaba, sintiéndose la persona más masoquista del mundo. Le dolía prepararle el terreno para otras mujeres, pero prefería ser su cómplice antes que ser una desconocida en su brillante universo.