La rutina perfecta de la que Liam dependía sin saberlo se rompió a mitad del año con la llegada de los nuevos residentes de cirugía. Entre ellos destacaba el doctor Leo Evans. Leo era un chico de ojos expresivos, cabello castaño y una personalidad sumamente cálida y accesible. A diferencia de la fría perfección de Liam, Leo era cercano, reía a carcajadas y no tardó en ganarse el cariño de todo el personal de enfermería, especialmente el de Elena.
Desde el primer día, Leo y Elena encajaron como dos piezas de un rompecabezas. Compartían turnos dobles en urgencias, el mismo sentido del humor y largas conversaciones sobre música indie durante los descansos.
— ¿Así que el gran doctor Carter no puede empezar su día sin que tú le prepares el desayuno? —le preguntó Leo una noche en la cafetería, compartiendo un paquete de patatas fritas.
— Es una costumbre de la universidad —respondió Elena, sonrojándose ligeramente—. Siempre ha sido muy despistado con su propia salud.
— Pues es un hombre muy tonto —dijo Leo, mirándola fijamente a los ojos—. Si yo tuviera a alguien como tú cuidando de mí, no la dejaría escapar de mi vista ni un solo segundo.
Elena bajó la mirada, sintiendo por primera vez en años un cosquilleo diferente en el estómago.