Liam no pudo aguantar más. En cuanto Leo salió de su oficina, él bajó a urgencias buscando a Elena. La encontró en el almacén de medicamentos, organizando las cajas de solución salina en los estantes superiores.
Entró, cerró la puerta de golpe y le puso el pestillo.
— ¿Liam? —Elena se sobresaltó al verlo, dejando caer una caja—. ¿Qué haces? Este es el almacén de urgencias.
— Evans estuvo en mi oficina —soltó él, acortando la distancia entre ambos hasta dejarla acorralada contra el estante metálico.
Elena tragó saliva, tratando de mantener la compostura a pesar de lo cerca que estaba el cuerpo de Liam del suyo.
— ¿Y? Leo es un gran residente. ¿Tiene algún problema con su trabajo?
— **¡Tiene un problema conmigo!** —exclamó Liam, sus ojos azules fijos en los labios de ella—. Me pidió consejos para conquistarte. Quería saber qué te gusta, a dónde llevarte a cenar... Quería que yo le diera el mapa para entrar en tu vida.
Elena sintió una mezcla de dolor e indignación.
— ¿Y te molesta eso? Pensé que eras experto en dar consejos de citas. Después de todo, yo te ayudé con todas tus conquistas durante años. Supongo que ahora te toca devolverme el favor.
— **¡No voy a ayudarte a salir con él!** —rugió Liam, tomándola suavemente por los brazos—. No voy a ver cómo le preparas el desayuno a él, cómo le sonríes a él... cómo lo miras de la forma en que solías mirarme a mí.
— Tú me rechazaste de forma silenciosa cada vez que me usaste como tu paño de lágrimas, Liam —dijo Elena, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. Me cansé de esperar a que me miraras como a una mujer y no como a tu enfermera de confianza. Leo me ve. Él me aprecia de verdad.
— ¡Yo también te veo! —confesó Liam, su respiración agitada chocando contra el rostro de ella—. He sido un estúpido, un ciego arrogante que no valoró el tesoro que tenía enfrente hasta que vi que alguien más intentaba robárselo. Pero no voy a dejarte ir, Elena. No a él. No a nadie.