el diario de Jonathan

31 de diciembre de 1999

La fecha que se marcó en mi memoria, como un destello fugaz entre la oscuridad de mi pasado, era especialmente significativa para Tamara. Era el Año Nuevo, y ella estaba emocionada por compartirlo conmigo. Me miraba con esa mezcla de ternura y expectativa, como si este pequeño ritual de pasar la noche juntos fuera un acto de curación, una forma de darle la vuelta al dolor que aún arrastraba. Su madre había fallecido unas semanas antes de que comenzáramos nuestra relación. Un hecho que, aunque invisible para mí en sus primeros días de relación, luego me dejó sin palabras cuando descubrí que la mujer que había sido llevada al pabellón esa tarde de urgencias, cuando yo ya comenzaba a trabajar allí, era precisamente su madre.

Nunca he sido una persona que disfrute de las fiestas. El Año Nuevo, como tantas otras celebraciones, era solo una excusa para que los adultos de mi entorno se embriagaran y sacaran lo peor de sí mismos. Mi infancia había estado marcada por las manos de familiares alcohólicos, personas que convertían cada festividad en un campo de batalla, donde la violencia se disfrazaba de celebración. En esos tiempos, los brindis nunca significaban alegría, solo presagio de gritos y abusos. Las fiestas, para mí, no eran sinónimo de alegría. Eran simplemente momentos para soportar.

Pero este año, algo había cambiado. No sé si fue la presencia de Tamara o simplemente el hecho de que mi voluntad de dejar atrás el pasado, por fin, era más fuerte que mi miedo. El deseo de abrazar lo que se me ofrecía, de compartir ese momento con ella, hizo que me decidiera a probar. "¿Estás bien?", me preguntó, con su voz suave y preocupada. Me había quedado pensando demasiado, con la mente atrapada en recuerdos que no quería revivir. "Sí, mi amor", respondí, una sonrisa insegura dibujándose en mis labios. El sonido lejano de los autos pasando por la calle me golpeó como un eco, disparando imágenes en mi cabeza, pero las ignoré, como un remolino atrapado en su propio giro, atrapado en su propio caos, incapaz de escapar.

Tamara, con su risa suave y su mirada fija en mí, parecía captar mis dudas. "Gracias por acompañarme", dijo, como si no fuera un simple acto de compañía, sino algo mucho más profundo. "Obvio que estaremos juntos", respondí, intentando ofrecerle la seguridad que, en realidad, no sentía por completo, pero que quería regalarle.

Cerca de las tres de la mañana, cuando el ruido de la ciudad parecía haberse calmado un poco, decidimos ir a descansar. Nos dirigimos a su antigua habitación, aquella en la casa de sus padres, la misma habitación donde habíamos pasado tantas noches antes. Parecía que toda la familia se había reunido en una casa cercana, pero Tamara y yo elegimos ese espacio más pequeño, más íntimo, como si allí pudiéramos encontrar refugio, aunque todo estuviera cargado de nostalgia y dolor. Sin embargo, en medio de todo, había una chispa de esperanza, como si el nuevo año pudiera borrar las cicatrices del pasado y traer algo nuevo. Algo mejor.

Hablamos sobre lo felices que nos hacíamos estar juntos, como si eso, por un instante, pudiera sanar todas las heridas que arrastrábamos. Pero, al final, fue el sueño el que nos abrazó, y con él, un deseo compartido: que el futuro, el nuevo año, nos trajera al bebé que tanto anhelábamos. Un hijo que parecía ser la pieza que faltaba para completar nuestro sueño. Un hijo que, aunque aún no estaba entre nosotros, ya era parte de nuestra conversación, de nuestras promesas silenciosas.

Sin embargo, esa noche también trajó consigo algo más, algo que no esperábamos. Antes de caer completamente dormidos, algo se filtró en nuestra conversación, como una sombra que se deslizaba entre las sábanas. "¡Debes cambiarlos! Él no se dará cuenta, entonces perderá la línea entre lo que es real y lo que no", una voz surgió en la oscuridad. Era una advertencia que, de alguna manera, no pude comprender del todo. Pero algo en su tono me heló por dentro. Como si el mundo, tan cerca de alcanzar lo que más deseábamos, de repente nos estuviera mostrando una grieta.

En ese instante, me sentí como un espectador de mi propia vida, atrapado entre la promesa de un futuro mejor y las voces del pasado que me arrastraban hacia atrás. ¿Qué significaba esa advertencia? ¿Qué estaba realmente en juego? No sabía si lo que escuchaba era un sueño, una paranoia o algo más real que las palabras mismas. Solo sabía que, en ese momento, algo en mí se quebró, algo que no podía comprender ni aceptar, pero que sentía como una presencia demasiado cercana, acechante.

Y así, en esa cama, entre las sábanas que compartíamos, Tamara y yo nos sumimos en un sueño que parecía tan lejano de la realidad, como si el tiempo nos hubiera detenido por un instante. Pero el futuro, aunque deseado, parecía ser un lugar al que no podíamos llegar sin pagar un precio.




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