El diario de Matvey

CAPITULO CINCO: 21 de octubre

21 de octubre de 1948

Hoy el clima estaba más frío de lo habitual. Al momento de cambiarme me abrigué un poco más. Me puse un abrigo marrón, demasiado suave, el que Shura me había regalado el año pasado. Luego acomodé mi bufanda grisácea alrededor del cuello y, por último, me coloqué los guantes oscuros. Guardé un gorro dentro de mi mochila y, cuando estuve listo, salí rumbo a la escuela, sintiendo el aire helado colarse entre las calles.

Llegué y me acerqué hacia Kirill, esta vez yo había tardado un poco más en llegar. Lo vi otra vez concentrado en esa libreta, esperándome con la misma calma de siempre, así que tuve la idea de acercarme de una manera distinta. Para eso tuve que dar un rodeo, subir por las segundas escaleras y bajar por las de la entrada. Pero valió la pena. Aparecí detrás de Kirill y le di un abrazo por sorpresa.

Dio un pequeño sobresalto, cerró de golpe su libreta y me apartó con suavidad del abrazo, pidiéndome amablemente que no volviera a hacer eso. Yo solo asentí, algo nervioso y avergonzado, arrepentido por el impulso que tuve. Él me preguntó por qué había demorado tanto, aunque no creí haber tardado demasiado. Shura y Zenya nuevamente no estaban allí, así que supuse que ya se encontraban en el aula, sentadas en sus lugares habituales.

Fuimos directo hacia el aula. En el camino estuvimos conversando en voz baja y también al llegar, como siempre, Kirill sacó sus útiles con orden y tranquilidad, pero yo todavía no. De nuevo tendríamos clases de arte, ya que tres días a la semana nos tocaba esa materia, y Kirill la adoraba. En cambio, para mí era todo lo contrario.

En la clase de ayer, la profesora nos había dejado una tarea que debíamos entregar hoy. Yo ya la había hecho anoche, antes de dormir, porque si no la hacía en ese momento seguramente la olvidaría por completo.

Kirill siempre era un poco distinto conmigo, algo más abierto, quizá por la confianza que existe entre nosotros. Nos conocemos desde la infancia, mientras que a las chicas las conocimos recién cuando ingresamos a la secundaria. Pero, por lo poco que he visto, no solo suele ser callado y distante con ellas, sino también con su propia familia. O al menos, eso es lo que creo.

La profesora llegó y, apenas lo hizo, yo saqué mis útiles y abrí mi libreta de dibujos. Kirill, con tan solo mirarme de reojo, soltó una risa breve. Empezó a burlarse y yo le seguí el juego, para molestarlo un poco le quité el lápiz que tanto usaba para dibujar, mientras él intentaba recuperarlo con una calma que, aun así, delataba algo que solo yo parecía notar.

La clase estaba ruidosa y la profesora exigía silencio, pero aún no lo conseguía. Kirill intentaba quitarme el lápiz, inclinándose hacia mí, y yo lo alejaba un poco más para que no pudiera alcanzarlo. Mi mirada estaba perdida en otro punto durante unos segundos, pero cuando volví a enfocarla y lo vi tan cerca, apenas a centímetros de mi rostro, sentí una incomodidad repentina que me recorrió el pecho.

De pronto, el aula quedó en silencio. Solté el lápiz de Kirill sobre la mesa y bajé un poco la cabeza, fingiendo concentrarme en mi libreta. Evité mirarlo, mis manos estaban tensas y el corazón me latía con fuerza, demasiado nervioso como para cruzar su mirada en ese momento.

Ambos ya estábamos sumidos en aquella materia, o mejor dicho, Kirill lo estaba, porque mi mente seguía distante. Mis pensamientos no dejaban de rondar, y los nervios persistían mientras apoyaba la cabeza contra la pared fría del aula. Apenas escuchaba la voz de la profesora, lo único que sentía era ese leve temblor que aún me atravesaba.

Cuando llegó la hora del recreo, nos reunimos los cuatro y conversamos un rato mientras comíamos algo sencillo que habíamos llevado desde casa. En un momento, las chicas se fueron al baño y nos quedamos solos. El ambiente entre nosotros se volvió algo incómodo, totalmente silencioso.

Kirill, sin mirarme demasiado, se disculpó por haberme incomodado antes. Dije que no era nada, que no tenía importancia. Para desviar el tema, comenté su dibujo que era excelente, casi perfecto para mi parecer.
Dijo que podía dármelos, que después no los utilizaba. Al principio me negué, pero terminé aceptando.

Le pregunté si podría enseñarme a dibujar alguna vez. Me recordó que seguramente me aburriría y acabaría pensando en otra cosa. Le aseguré que no sería así, pero él solo soltó una pequeña risa, tranquila y breve. Continuamos hablando hasta que las chicas regresaron y todo volvió a la normalidad.

Pasados unos minutos, los pasillos quedaron casi vacíos ya que el recreo había terminado y todos volvieron a sus aulas. Kirill guardaba sus lápices ordenándolos por tonos, como solía hacer, y yo lo observaba. Me sorprendía la cantidad que había traído aquel día.

Quise ayudarlo y me permitió hacerlo. Mientras guardaba algunos, tomó uno entre todos y me lo tendió. Dijo que podía quedármelo, ya que era de mi color favorito. No me negué demasiado, lo acepté y le agradecí con cierta emoción contenida. Lo probé apenas, solo para sentir cómo trazaba sobre el papel.

Me sugirió que podría comprarme una caja propia, que no eran tan caras, o que quizá podía pedírsela a mi padre, sin saber lo que decía. Dejé de sonreír un poco y fingí que solo me había distraído por la llegada del profesor. Kirill se apresuró a guardar el resto, y yo seguí ayudándolo.

Durante la clase todos prestaban atención a las indicaciones, mientras yo bromeaba en voz baja con Kirill de vez en cuando. Él me pedía con calma que me detuviera para evitar que me regañaran.

A la salida, los cuatro permanecimos a un costado de la entrada. Nos quedamos conversando un buen rato, y las chicas terminaron preguntando por mi comportamiento del día anterior. Respondí con una mentira nerviosa, no me creyeron del todo, pero prefirieron no insistir.



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En el texto hay: #boyslove, #secretos, #asesinato

Editado: 16.01.2026

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