23 de octubre de 1948
Como hoy era sábado, pude dormir un poco más de lo habitual, ya se había vuelto una costumbre levantarme cerca de las diez de la mañana en estos dias. Descansé profundamente, envuelto en el calor, y si hubiera dependido de mí, habría seguido durmiendo un largo rato más.
Cuando finalmente desperté, noté que mi madre no estaba en casa y supuse que aquel hombre tampoco. Sentí una breve emoción al pensar que tendría la casa para mí solo, aunque, por precaución, no quise hacer demasiado ruido y me limité a comenzar el día preparando mi desayuno con calma.
Al abrir la heladera, encontré dentro una pequeña nota de mi madre. Decía que había salido con sus amigas, aprovechando que mi padre no se encontraba en casa. También me había dejado preparado mi desayuno favorito. Lo tomé con entusiasmo, sintiendo que, por lo menos al inicio, el día comenzaba bien.
Cuando terminé, lavé con cuidado cada plato y cubierto que había usado y limpié la mesa hasta dejarla impecable. Luego regresé a mi habitación para estudiar, ya que podía hacerlo en tranquilidad. Si no fuera porque ese imbécil había cortado el cable del teléfono, me habría pasado parte del día hablando con Kirill. Aunque sé que, tarde o temprano, él mismo me habría dicho que dejara de distraerme y volviera a estudiar.
Así transcurrió mi mañana. El tema me resultaba difícil y me distraía con la mas mínima cosa, cada vez que lo notaba, hacía el esfuerzo de volver a concentrarme y continuar.
Esperaba sinceramente que mi madre la estuviera pasando bien con sus amigas, que pudiera relajarse un poco. Ella lo necesitaba. Siempre que ese hombre se iba de la casa y ellas venían de visita, terminaban hablando del mismo asunto, que debía alejarse de él. Mi madre asentía, pero jamás seguía sus consejos. Hablar con ella sobre eso era como hablar con una pared, pero aun así la entiendo, tiene miedo.
En cuanto a ese hombre, debía estar vagando por algún lugar. Tal vez bebiendo, quizá en el servicio militar, o perdiendo el tiempo con su otra familia. No voy a gastar muchas palabras escribiendo sobre él, mucho menos en este diario que mi madre me regaló. Al menos aquí puedo llamarlo como no me atrevo a hacerlo en su presencia.
Seguí estudiando. Mi habitación permanecía silenciosa, sin ninguna molestia y ninguna distracción. Entonces, involuntariamente, pensé en Kirill ya que lo extrañaba, lo quería ver. Se que mañana podría pasar el día junto a el, ya deseo que llegue el día de mañana.
Intenté volver a concentrarme en los libros, aunque, por unos instantes, su presencia callada parecía acompañarme en el silencio.
Ya por la tarde dejé los libros a un lado y fui a merendar. Me preparé nuevamente café, cuánto adoro el café, y comí un poco de pan. Bebí varias tazas, al menos cuatro, y luego regresé a mi habitación a seguir estudiando. Poco después sentí el impulso de tomar una más, solo una última taza, y me la serví.
Pasados unos minutos, escuché que alguien entraba en la casa. Me asomé con cuidado para ver quién era. Al reconocer a mi madre, bajé rápidamente y la abracé con fuerza. Esta vez la noté algo extraña, aunque insistió en que todo estaba bien.
Nos quedamos un rato conversando en la cocina. Ella ordenaba algunas cosas mientras yo permanecía sentado. En un momento descubrió que había tomado demasiado café y me regañó sin parar, creí que no lo notaría.
La noche empezó y aún estábamos allí, hablando en la cocina. En un momento el apareció, yo seguía sentado a la mesa y mi madre cocinaba. Su sonrisa desapareció al instante y comenzó a moverse nerviosa, tratando de no demostrarlo. Pero yo lo noté de inmediato.
Él se acercó demasiado, se quedó a su lado observándola cocinar durante unos segundos, como si lo hiciera a propósito para inquietarla más. Le preguntó dónde había estado, diciendo que no la había visto en la mañana. Ella respondió con honestidad, pero con la voz temblorosa, sin dejar de concentrarse en la comida. Cuánta lástima siento por mi madre, cuánto deseo poder ayudarla.
De repente, él le tiró del cabello con violencia y la arrojó bruscamente al piso. Yo quise reaccionar, pero me quedé inmóvil del miedo. Le gritó que se apurara con la comida, la insultó, y luego se marchó hacia arriba.
En cuanto se fue, corrí hacia ella, preguntando si estaba bien. No pude evitar llorar por no haber hecho nada. Mi madre me abrazó para tranquilizarme, dijo que no había pasado nada, que todo estaba bien, y volvió a cocinar como si nada hubiera ocurrido. Intentó no llorar delante de mí, pero podía sentirlo.
Tuvimos que cenar con él. El mismo silencio, los mismos insultos dirigidos a la pantalla del televisor, la misma rutina de siempre.
Más tarde mi madre se fue a la habitación y yo, después de prepararme para dormir, volví a estudiar un poco más, aprovechando ese breve momento de calma. Entonces él regresó, abriendo la puerta con brusquedad, pero esta vez no me sobresalté y solo levanté la mirada.
No entendí qué buscaba, recorrió toda mi habitación como si estuviera inspeccionando algo. Yo temía que encontrara este diario, escondido bajo la pequeña mesa junto a mi cama. Sentí el cuerpo tenso, sin apartar la vista de él. Antes de irse apagó la luz y ordenó que no quería verme despierto, que, de lo contrario, iba a pasar de nuevo a verme. No le importó lo que estaba haciendo, claro que no le importaria una mierda.
Espere un rato y encendí la luz unos minutos después, solo para poder escribir esto con rapidez antes de que pudiera llegar de nuevo. La verdad es que hoy no he hecho nada especial, fue un día común y corriente, pero al menos logré entender el tema que estaba estudiando. Pronto podré pasar el examen junto con Kirill. Espero que así sea, y deseo que llegue ese día, que podamos aprobar.