El diario de Matvey

CAPITULO OCHO: 24 de octubre

24 de octubre de 1948

Mi madre me había levantado temprano, ya que quería que la acompañe a hacer las compras y no deseaba dejarme solo en casa. La calefacción tardaba en encender y el aire aún estaba frío, así que, sin tardar demasiado, me levanté y me alisté para ir con ella.

Tomamos los dos un pequeño desayuno sencillo en la mesa de la cocina, un trozo de pan negro, algo de manteca y una taza de té caliente. No me permitio tomar café.

Después de eso, la ayudé con sus cosas y de ahí nos fuimos.

Siempre íbamos al mismo supermercado pequeño del barrio, uno que se mantenía abierto desde hacía años y al que acudían la mayoría de las familias de la zona porque no era tan costoso y allí conocían bien a los clientes habituales. Las estanterías no estaban del todo llenas y, como en muchos lugares, había productos escasos, pero mi madre aún así compraba solo lo necesario para la casa. De vez en cuando, ella me compraba alguna cosa pequeña, como un caramelo o un dulce seco, solo cuando podía permitírselo.

Cuando salimos, la ayudé a cargar las bolsas, que pesaban más de lo que aparentaban. Al llegar a casa, dejamos las bolsas sobre la mesa y ordenamos con cuidado cada producto. Noté que del dinero que sobraba ella lo metía en una pequeña caja de metal, desgastada en las esquinas, que guardaba siempre en el mismo cajón de la cómoda del pasillo.

Era la misma caja donde desde hacía tiempo ahorraba algunas monedas. Yo, por curiosidad, le pregunté qué era exactamente, para qué ahorraba, pero no quiso responderme, solo cerró la caja con suavidad y cambió de tema. Espero que no sea algo pensado para mí.

Al poco rato nos pusimos a almorzar, sin la presencia de él, lo cual siempre hacía que el ambiente se sintiera un poco más tranquilo. Charlábamos con calma y tranquilidad. En un momento me preguntó si hoy iría con Kirill, y le respondí que sí, que habíamos quedado en vernos. Ella, sin decir demasiado, me dijo que me abrigara bien y que fuera con cuidado, porque el clima estaba cada vez más helado y las calles podían ser peligrosas si oscurecía temprano.

Después de comer y ayudarle a mi madre a lavar los platos, me fui a vestirme a mi habitación, elegí uno de mis abrigos más gruesos y salí, despidiéndome de ella antes de cerrar la puerta.

Iba caminando tranquilamente hacia el centro comercial viejo, el mismo lugar de siempre donde solíamos juntarnos. Aunque yo tenía otro plan para ese día, pensaba en ir a otro lugar con él, lejos del ruido y de la gente. Caminé emocionado para llegar, sin fijarme demasiado en el camino, y en un momento me tropecé con una piedra que sobresalía de la vereda helada que por suerte no me golpeé fuerte. Me levanté como si nada y agarré mi mochila, que sentí un poco más pesada que antes, pero no me detuve a revisarla. Hasta ahora, entiendo que en ese momento tuve que haberla visto.

Llegué allí y me senté en una banca de madera, algo vieja y fría. Noté que había poca gente alrededor y la mayoría de las tiendas estaban vacías o semi cerradas, con las luces bajas. Esperé ahí sentado y sentí que el tiempo pasaba lento, como si fueran largas horas, aunque quizás no lo fueron tanto. En un momento lo vi llegar de lejos, caminando junto a su madre.
Hablamos un poco los tres, de cosas sencillas, y luego ella se fue, dejándonos solos.

Kirill no se sentó a mi lado enseguida, se quedó de pie un instante, y me preguntó qué tenía pensado hacer hoy. Apenas escuché su pregunta, me levanté y respondí con cierta rapidez, diciendo que tenía pensado que nos fuéramos a otro lugar, que no quería quedarme allí.

Él parecía algo confundido y nervioso, casi como si dudara de aceptar, pero insistí con calma, prometiéndole que no tardaríamos y que regresaríamos a tiempo. Finalmente, logré convencerlo.

No le dije aún hacia dónde iríamos, preferí guardar silencio durante el camino, y solo esperé que llegáramos pronto. Mientras caminábamos, Kirill parecía algo inquieto, aunque no decía nada directamente. Aun así, le aseguré que llegaríamos justo a la hora en que su madre pasaría por él, y eso pareció tranquilizarlo un poco.

Cuando por fin llegamos, noté que su preocupación se había ido de a poco. Miró todo el lugar con atención. El campo abierto en las afueras, la nieve acumulada sobre los troncos de los árboles, el silencio interrumpido solo por el viento. Pensé en que allí podríamos estar en la nieve, lejos de la gente, donde nadie más estaba y podríamos pasar el rato sin interrupciones. Él observaba el sitio con detenimiento, cuestionando en voz baja por qué lo había traído allí, pero sin molestarse.

La verdad, ir siempre al centro comercial me parecía aburrido y, además, no había tantos lugares donde quedarse ya que la mayoría de las tiendas estaban cerradas o sin movimiento. Quería hacer algo distinto.

Le pregunté a Kirill si quería hacer un muñeco de nieve conmigo, y aceptó. Ya me conocía, sabía que en mi mochila traía cosas para armarlo, y así era. Saqué la mochila de mi espalda y abrí el cierre, con intención de tirar todo lo que traía al suelo para buscar las ramas y la bufanda vieja que había guardado. Pero, para sorpresa de ambos, y más aún para mí, un pequeño perrito salió de mi mochila, temblando un poco por el frío.

Me arrepentí al instante de no haberme fijado antes, supuse que habría entrado a mi mochila cuando me caí aquella vez en el camino, sin que me diera cuenta.

Le aclaré a Kirill lo que había pasado, no quería que pensara algo raro o mal de mí. Él me escuchó con calma, y no pidió explicaciones de más, solo asintió y se acercó al cachorro con cuidado, tomándolo con delicadeza entre sus brazos. Lo miraba con una expresión suave, casi tierna, mientras el animal intentaba refugiarse en su abrigo.

Me sugirió la idea de que yo podría adoptarlo, pero mentí diciendo que mi madre era alérgica a los perros y que no podría llevarlo a casa. Yo le hice la misma sugerencia a él. Kirill no lo dudó demasiado, pero dijo que tendría que preguntarle primero a su madre, que no podía decidirlo solo.



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En el texto hay: #boyslove, #secretos, #asesinato

Editado: 16.01.2026

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