25 de octubre de 1948
De nuevo ya a la escuela, qué cansancio tuve aquella mañana, en la que tardé demasiado en levantarme. El frío del amanecer todavía se filtraba por las rendijas de la ventana y, con la pereza tan grande que sentía, me salté el desayuno y me fui directamente a la escuela, casi sin fuerzas, pero resignado a empezar el día.
Cuando llegué, lo hice con algo de entusiasmo al acercarme a Kirill, y conversé con él un rato antes de entrar a clases. El pasillo estaba aún medio vacío, con pasos y murmullos que se apagaban poco a poco. Al recordar a Nadya, le pregunté si al final la habían dejado quedarse, y Kirill me comentó que sí, que había podido quedarse en su casa. Eso me alegró de inmediato, aunque solo asentí con discreción, sin decir demasiado.
Llegamos al aula y nos sentamos, seguimos conversando en voz baja mientras los demás iban tomando asiento. En un rato, las chicas se acercaron y ambos las miramos. Zenya estaba de brazos cruzados, con su expresión firme de siempre, y Shura un poco inclinada hacia nosotros, como si fuera a susurrar.
Ella nos invitó a su cumpleaños, que iba a ser en su casa, con nosotros y algunos de sus familiares más cercanos. Kirill aceptó ir sin dudarlo mucho, pero yo aún no sabía si ir, aún así prometí avisar unos días antes. Ellas ya estaban acostumbradas a eso de mi parte, a mis dudas y retrasos para confirmar, y lo aceptaron con naturalidad. Aun así, muchas veces terminaba yendo igualmente.
La casa de Shura era grande en comparación con la mía, bueno, una casa normal, pero a mis ojos siempre parecía más amplia. Tal vez exagero. Sin embargo, no era como varias casas que había visto, de tonos apagados y fríos, la suya tenía un ambiente más luminoso, era una casa bonita. El interior siempre estaba limpio y bien cuidado, con muebles pulidos y cortinas ordenadas. Su madre era atenta y amable, de voz tranquila. Y, su padre, alguien bueno y conversador, que solía preguntar por nuestros estudios. Era agradable estar allí.
Después de haber hablado con ellas, ambas volvieron a sus asientos, ya que la profesora había llegado al aula. Seguí hablando un poco con Kirill, pero en un momento la profesora me interrumpió justo cuando iba a contestar algo, así que me mantuve en silencio al igual que él. Decidí no seguir hablando y traté de prestar atención a la clase, como Kirill lo hacía siempre, tan concentrado y correcto.
Unos minutos más tarde, el recreo empezó y me senté con mis amigos en el lugar de siempre, haciendo prácticamente lo mismo de todos los días. Cuando las chicas se fueron por un momento, como solían hacer en cada recreo, caminando de un lado a otro del patio, recordé el examen de mañana, y eso me tenía demasiado nervioso. Kirill, como siempre, intentó aliviarme, diciendo que todo iba a salir bien si habíamos estudiado lo suficiente.
Me puse a hablar tranquilamente con él mientras las chicas aún no regresaban. No había ni un solo recreo en el que ellas se quedaran quietas sin irse a algún sitio; parecía casi una tradición suya. Por esa razón, Irenka se nos acercó como si nada y se sentó a nuestro lado.
Ella miraba a Kirill con una gran sonrisa y lo saludó con entusiasmo. Kirill ni siquiera la miraba demasiado, noté que estaba algo incómodo, como si quisiera evitar alargar la conversación. Ella le preguntó si en el próximo recreo podían estar los dos juntos, y Kirill, raramente, aceptó. Me pareció extraño que aceptara tan rápido una idea de alguien con quien no hablaba mucho habitualmente.
Cuando las chicas llegaron, Irenka se fue sin decir nada más. Ellas no tardaron en preguntar qué había pasado y qué era lo que quería. Kirill respondió diciendo que no era nada importante y que prefería que no habláramos del tema ni de ella. Claro, hicimos lo que pidió y nos pusimos a conversar de diferentes cosas, pero aquel comentario suyo me hizo sentir aún más curiosidad sobre lo que pasaba entre ellos.
Nosotros seguimos hablando, cambiando de tema poco a poco. Ya unos minutos después, el timbre de clases sonó y todos se fueron lentamente hacia sus lugares. Los cuatro caminamos despacio, sin dejar de hablar, hasta llegar al aula.
En clases, intenté hablarle otra vez a Kirill, pero él parecía no tener mucha intención de conversar, así que preferí no insistir. Vi que estaba copiando del pizarrón, tan concentrado que supuse que estaba pensativo, ocupado en algo que no quería decir. En un momento me miró, hablándome casi en un tono algo serio.
Me dijo que en la próxima hora fuera a sentarme en otro asiento. Le pregunté por qué, y solo respondió que saldría temprano, que su madre vendría a buscarlo. Le pregunté si todo estaba bien y dijo que sí, aunque eso no me convenció del todo. Lo noté más extraño hoy, más callado que de costumbre, pero no opiné sobre eso.
Me pasé la hora de clases preocupado por él, pero no me atreví a preguntarle nada más. De vez en cuando lo miraba de reojo, aunque él no me devolvía la mirada.
Unos minutos después, su madre pasó a retirarlo de la escuela. Cuando se fue, sí me sentí algo solo y aburrido. No creo que se haya ido por haber hablado con Irenka. Quizá se sintió mal y no quiso decir nada, aunque él suele decirlo. La verdad, todo esto me confunde.
De nuevo empezó el recreo. Cuando salí recién del aula, las chicas me preguntaron si todo estaba bien con Kirill. Respondí que sí, para no preocuparlas.
Ellas se iban a juntar solas, así que yo me reuní en el patio con mi otro grupo. Sí me sentía algo deprimido, pero intenté disimularlo y ni siquiera sé por qué me sentía así exactamente.
Yo estaba sentado al lado de Alexei sobre una banca, observando a Vadim y Dmitry hacer tonterías desde lejos. Los dos permanecimos en silencio un buen rato, hasta que él habló. Pudo notar que me sentía mal, y con tan solo eso llamó mi atención.