26 de octubre de 1948
El día de hoy me fue demasiado horrible, aún me siento profundamente enojado por lo sucedido y no logro sacarlo de la cabeza. Todo permanece pesado dentro de mí, como si el día no terminara nunca. No sé qué le iré a decir ahora, ni cómo mirarlo cuando llegue el momento. Ya temo tener que ir mañana a la escuela.
Yo aún no me había levantado, permanecía profundamente dormido. En cuestión de segundos abrí los ojos y miré el reloj, porque me pareció extraño que no hubiera sonado. Seguí adormilado y mis ojos permanecían entrecerrados, nublados todavía por el sueño, pero aun así intentaba distinguir bien las agujas del reloj, aunque la visión se me volvía borrosa en ese instante.
Al ver la hora, me desperté con nervios, sintiendo un sobresalto en el pecho. Dejé el reloj sobre la mesa de mi abuela y salí de la cama de inmediato, retirándome de la habitación casi sin pensar. No me alisté ni me peiné, tampoco acomodé la ropa del uniforme y solo corrí hacia la cocina.
En la cocina estaban mi madre y mi abuela, sentadas una frente a la otra, tomando el desayuno con calma. Parecían conversar en voz baja, como si no quisieran despertar la casa entera. Cuando me vieron llegar, ambas levantaron la mirada hacia mí.
Mi madre, como si nada hubiera ocurrido, me deseó los buenos días con una voz tranquila. Pero por primera vez sentí algo distinto hacia ella, una molestia que me ardió en la garganta. No quiso levantarme para ir a la escuela, según ella, para que descansara. Con ese comentario me enojé sin pensarlo y le alcé la voz.
Mi abuela, mostrándose severa, con esa expresión seria que rara vez conservaba, se levantó en silencio y me dio una cachetada por mi comportamiento. Se enojó conmigo y me mandó a mi habitación. Yo, callado y molesto, me fui a encerrarme sin replicar.
Esperé que ninguna de las dos entrara en ese instante, y menos mi madre, porque no sabía cómo hablar de todo aquello sin quebrarme. No pude evitar llorar, aunque para que no me escucharan cubrí el rostro contra la almohada. Lo decepcioné, y no sé qué decirle cuando lo vea.
Por el cansancio de tanto llorar, parece que me había dormido, y más por la hora que era. Aun así dormí bastante mal, con el cuerpo tenso y la mente inquieta. Unas horas después seguí acostado en la cama, intentando dormir otra vez, porque con tan solo abrir los ojos me resultaba difícil soportar el día. Era lo único que quería en ese momento.
Estuve dejando mensajes de voz a Kirill por el teléfono, por si los escuchaba después y no se molestaba conmigo. Solo espero que no esté enojado.
No hice mucho el día de hoy. No quise comer ni salir de la habitación. Solo permanecí ahí, acostado en la cama, sin hacer nada más. Me sentí completamente deprimido durante todo el día, y evité pensar en cualquier cosa que pudiera dolerme más de lo que me sentía.
Sin esperarlo, el teléfono sonó justo a la hora en que todos salían de la escuela. Deseé que fuera él, pero no lo era. Era Shura quien llamaba. Hablé un buen rato con ella.
Conversamos de varias cosas, y me sentí un poco aliviado al escuchar su voz y poder distraerme con sus palabras. Me contó lo que había ocurrido en la escuela durante el día. Al parecer, Kirill no dijo nada sobre mí ni por mi ausencia en el examen. Aun así, por más que fuera así, seguía temiendo que estuviera molesto.
En este día me la pase encerrado en la habitación, con la puerta cerrada. No quise pensar en si actué bien o mal, ni en cómo respondí en aquel momento. No quería pensar en nada. Mi mente estaba vacía, como si no encontrara algo a lo que pensar y ni quería hacerlo.
Después de tantas horas sin moverme de la cama, mi madre tocó la puerta suavemente antes de entrar. Quiso hablar conmigo sobre lo sucedido, pero no tuve ánimos de contestarle y simplemente me hice el dormido.
Aun así, por mi actitud hacia ella sentí de golpe una gran culpa, una culpa pesada que me atravesó el pecho, y me puse a llorar en silencio, sin emitir ningún ruido.
Ella no insistió. Se retiró despacio y volví a quedarme solo. Yo preferí volver a dormirme y me saltaría la comida nuevamente, ya que aún permanecía sin hambre.
Dormí demasiado, y cuando desperté ya era de noche. Me había dormido profundamente, pero el sonido del teléfono me tomó por sorpresa y me levanté del susto. Miré a mi alrededor, confundido, viendo todo oscuro y por un instante olvidando dónde estaba. Cuando tomé conciencia de que era de noche, supuse que era Kirill quien llamaba y respondí de inmediato. Pero no.
Era aquel hombre.
Con tan solo agarrar el teléfono empezó a insultar y amenazar, sin siquiera preguntar con quién hablaba. Gritaba furioso, como si cada palabra hubiera sido preparada. Yo no quise seguir escuchando. No me importó en absoluto y le colgué sin responderle.
Quise volver a dormir, y por un momento me sentí tranquilo sin ninguna preocupación. Pero por más que lo intentara, me era imposible hacerlo. Él continuaba llamando sin detenerse, y aquel ruido sonaba fuertemente toda la habitación, irritandome. Aun así, no pensé en atender. Estábamos en la casa nueva de mi abuela, y él no sabía dónde nos encontrábamos. Eso, al menos, era un alivio.