El Diario de Simone Mechnik

Capítulo I

Llovía. Eso lo recuerdo bien.

     La tormenta se desató desde que entré a esa desviación en el kilómetro 113, en la carretera de Fráncfort a Alsfeld. No se trataba de ninguna señal del destino. En realidad, habían estado hablando de la tormenta en las noticias del clima.

No había más autos, a excepción del mío. Un viejo Borgward que tomé antes de escapar, y que me dio una gran sorpresa al haber resistido sin apagarse una sola vez desde que salimos de Sindelfingen. Fue un largo viaje en el que mi única compañía fue la voz del locutor del noticiero nocturno. Al menos, hasta que tomé la desviación. La señal se perdió y tuve que continuar en silencio.

Fue fácil encontrar la desviación, aunque en realidad no tenía idea de hacia dónde me dirigía. Era un camino que sólo podías encontrar si habías recibido las señales. Ocurre de forma distinta para cada uno, en realidad. En mi caso, fueron imágenes inconexas que vi en mis sueños antes del Suceso. Increíblemente, cada cosa se cumplió.

La noche. La lluvia. El silencio.

Mis manos ardían.

     Me pareció ver un poco de humo brotando de los guantes. Y los sonidos que resonaban en lo más recóndito de mi cabeza eran solamente recuerdos. Eran sólo una manera en la que mi mente intentaba torturarme. La culpa, sin embargo, era una emoción que yo era incapaz de sentir. Muchos pensarán que enloquecí. Algunos me dirán que exageré. Tú podrás pensar que estaba equivocada. Yo sólo te diré que hice lo que tenía que hacer. Y la aceptación era la primera fase para hacer que la ira disminuyera.

Así que me concentré en esa idea, y realmente funcionó. Las voces se apagaron. Los recuerdos del resplandor azul desaparecieron de mi vista. Mi respiración se normalizó. Mis manos comenzaron a enfriarse.  La desviación apareció frente a mis ojos. Rejas, y un letrero que ponía: Paso restringido.

Suspiré y pisé el acelerador, pues de repente tuve la ligera impresión de que estaba yendo un poco despacio. Demasiado despacio. La frustración me llevó a deshacerme del cinturón de seguridad, en busca de una inyección de adrenalina que me haría sentir viva. A no ser que tú también seas inmortal, te sugiero que no lo intentes en casa. Esa es una maldición con la que algunos tenemos que lidiar, aunque yo no lo supe sino hasta mucho tiempo después. Pero en ese momento, mientras iba a toda velocidad en el camino terroso en medio de la lluvia, lo único que me importaba era sentirme lo suficientemente viva como para saber que de alguna manera todo estaba valiendo la pena.

     Que todos los sacrificios que tuve que hacer para poder montarme en el Borgward y escapar habían sido las elecciones correctas. Tal vez estaba buscando alguna razón para detenerme. Algo como que el auto derrapase en la carretera, que se volcara, que el motor estallase y que yo tuviese que seguir caminando. Tiempo después escuché de una chica que hizo algo similar, así que mi idea no parece tan descabellada. Y sé que estás esperando eso justamente. Sé que quieres escuchar que el auto se volcó, pero lo cierto es que yo misma tuve que frenar en seco cuando pude sentir el pavimento bajo los neumáticos. Supe, gracias a mi Instinto, que estaba en el sitio correcto.

La Carretera Oscura.

Un limbo cuyo nombre le iba como anillo al dedo, pues lo único que bordeaba ambos lados eran kilómetros y kilómetros de árboles.

No había luces. Incluso la iluminación con la que contaba el auto se apagó, aunque el motor siguió encendido. Cualquiera se habría acobardado, pero yo sabía que no había nada qué temer. Mi Instinto me hizo ponerme en marcha de nuevo, convenciéndome de que sólo debía ir hacia el norte.

Seguí conduciendo por un par de horas hasta que pude ver el sitio que buscaba. Un edificio tan alto como un rascacielos, que atravesaba las nubes y que contaba con la única fuente de luz en todo el lugar. Dos faros daban una luz poco perceptible para ojos que no pudiesen ver en la oscuridad.

     Pero para aquellos que son como yo, eso no es un inconveniente.

     Es un filtro elitista que nosotros podemos superar sin problema alguno, y que marca la diferencia principal entre ellos y nosotros.

Los faros me llamaban de una forma sobrenatural que también me parecía extrañamente cálida y familiar. Cuando finalmente llegué al estacionamiento, apagué el motor del Borgward y bajé del auto sin pensarlo dos veces. No había otros autos. No había vigilantes. No había ventanas. No había nada más que los faros, una puerta de madera, y dos árboles secos a cada lado.




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