Me desperté de golpe, malhumorado y hambriento.
Me tallé con ganas los ojos lagañosos y secos, sin energías ni para para bostezar. Me dolía la cabeza. Mi craneo palpitante parecía querer expulsar a mi cerebro por las orejas. Tomé una aspirina que guardaba en mi buró (no era la primera vez que recurría con desesperación a mis analgésicos) y me la zambullí sin ayuda de un trago de agua.
Nunca me he emborrachado, pero imagino que el malestar de hoy sería muy similar al de la resaca, incluyendo la horrible sensación de reflujo.
La comida de la cafetería del hospital me había caído pesada y esos huevos revueltos agrios estaban haciendo lo suyo en mis intestinos. Pero, contrario a lo que se podría pensar, aquel cúmulo de molestias físicas no había sido lo que me había despertado.
Abajo en la sala se escuchaba un torrente de voces gritonas y risas molestas que bien hubieran podido despertar hasta a un muerto.
Bajé despacio siguiendo las voces del escándalo, no sin antes tomar mi bate dispuesto a estrellarlo en la primera cabeza gritona que viera. Pero mis intenciones violentas se vieron interrumpidas al reconocer una de las voces.
—A ver, tranquilos, mis niños. Hay suficientes galletas para todos. ¿Se lavaron bien las manos verdad?— preguntó mi madre a lo que parecía ser una decena de cabezas que respondieron con un ruidoso: "Sí señoraaa".
—Disculpe, ¿podría servirme un poco más de leche por favor?—pidió una voz aterciopelada y suave que identifiqué muy bien...
Tragué saliva. El dolor de cabeza se esfumó con la misma velocidad con la que el rubor me cruzó las mejillas, y mis manos sudorosas dejaban escapar el bate.
"Bianca está en mi casa, Bianca está en mi casa, Bianca..."
—No se preocupe señora, yo la traeré— dijo una voz masculina que también reconocí al instante.
—Pero Butch, tú eres un también un invitado, cariño—le contestó mi madre.
—No es ninguna molestia. Será un placer traerle su bebida a esta dama tan fina—respondió el pelinegro con ese típico acento inglés fingido que sólo usaba cuando Bianca estaba cerca.
"¡¡¡Deja de coquetear con Bianca, maldita sea!!! Se supone que erer mi amigo..." murmuraba mordiendo el cuello de mi camisa.
Estaba tan inmerso que no pude reaccionar con discreción cuando mi madre me llamó desde abajo.
—¡Thomas, cielito! que alegría que hayas despertado temprano. Siempre duermes hasta el mediodía los fines de semana.
—¡¡Mamá!!
—Tomiiis, ¿tú también viniste a visitar a Jerry? qué detalle tratándose de ti— preguntó uno de los compañeros de clase cuyo nombre nunca me interesó recordar. Tenía cabello rosa y hablaba en tono afeminado.
—Si, pensé que tú odiabas a todo el mundo juazzjuazzjuazz— dijo el otro chico de peinado punk riendo de forma rasposa.
—No, no nos odia Patán. Sólo refleja su falta de autoestima en actitudes agresivas y de auto-aislamiento. Quizá debido a su represión sexual— Intervino Scrappy. Un chico odioso y pretencioso que por alguna razón se la pasaba fanfarroneando cada vez que tenía oportunidad.
—Yo vivo aquí—respondí en tono áspero—. Por si no fui claro al mencionarlo hace un segundo, ella es mi madre.
Todos voltearon a verme con caras idiotas, incrédulos por alguna razón, como si dudaran que yo tuviera una mamá, o una vida normal fuera de la escuela. Incluso Bianca colocó sus manos en su fina boca de ángel en un ademán de sorpresa. Se veía tan adorable...
—Tiene razón. Yo solo estoy viviendo en su casa— Jerry se encogió de hombros y se metió una galleta a la boca.
—Ok, retomaré mi teoría entonces—añadió Scrappy.
Cansado de tener que estar lidiando con los imbéciles de mi grupo (ahora en mi propia casa) me di la vuelta dispuesto a encerrarme por el resto del día; pero antes de que pudiera hacerlo mi madre volvió a llamarme.
—Cariño, ven acá. Ya que estás despierto ayúdame a preparar bebidas.
—Ahora mismo estoy ocupado con...
—Oh, no se preocupe señora. Fui yo quien pidió la leche, yo puedo ir por ella. ¿Dónde está la cocina?— Bianca giraba su cabeza de muñequita de un lado a otro como tratando de adivinar a donde ir. Ese día llevaba un moño rosado al cuello, que no hacía más que iluminar sus enormes ojos violeta.
Y fue ahí que esa naturaleza impulsiva y extraña que sólo Jerry lograba despertar se apoderó de mi. Como si fuera un loco, me abalancé hacia el piso de abajo saltando las escaleras de tres en tres hasta llegar hasta al centro de la multitud, de frente a ella.
—¡YO PUEdo..! llevarte a la... cocina—murmuré, mientras paulatinamente me iba haciendo bolita en mi postura.
Nunca había estado tan cerca de esos hermosos ojos violetas. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho en cualquier momento.
Butch se acercó cruzado de brazos, con una expresión algo tensa.
—Amigo mío, ¿no estabas ocupado con algo?—preguntó Butch con una risa sardónica—. Además, estás en pijama. Imagino que querrás darte un baño primero.
—Oh, no pasa nada—contestó Bianca abanicando sus larguísimas pestañas. Sólo va a mostrarme la cocina. Además no huele tan mal. ¿Me ayudarías a traer ese vaso de leche?
Y eso fue todo. Me derretí. Nunca me había sentido tan desprovisto de toda capacidad mental como en ese momento. Me quedé ahí de pie, como un perfecto tarado, como por cinco segundos. No fue hasta que mi madre me recordó mi tarea que emprendí el viaje acompañado de mi hermosa doncella.
"Por favor, que esto cuente como una cita..."
Hubiera querido que el recorrido durara más, pero sólo tuvimos que dar alrededor de diez pasos para llegar a la cocina.
—Oh, qué curioso lugar para colocar la leche—dijo ella, señalando a la jarra de acero con estampado de vaca que se encontraba encima del refrigerador.
—Eh... Ese está vacío. Es sólo un adorno que se ganó mi mamá en el poker... Tiene una suerte extraña para los juegos de azar...En fin, la leche debería estar ahí dentro...—dije titubeante, señalando al refrigerador. Con la delicadeza de una princesa, Bianca abrió la puerta.