EL ORIGEN DE LA NAVE Y EL DISEÑO DEL TRAJE
Muchos me conocen por mis logros, por mi capacidad analítica para resolver problemas de alta complejidad o por la rigidez casi quirúrgica con la que gestiono cada centímetro de mi mundo. Para el observador casual, soy un ingeniero, un pilar inamovible, un hombre de acero que no se dobla ni se quiebra bajo la presión de las tormentas externas.
Ven los resultados, la eficiencia y la estructura. Pero la verdad, la que guardo en el núcleo de mi procesador y que solo se revela en el silencio de la cabina, es que por dentro siempre me he sentido como un astronauta.
Un astronauta es, por definición, un intruso del vacío. Es alguien que habita un entorno para el cual no fue diseñado biológicamente; un ser fuera de lugar que, para sobrevivir en una atmósfera hostil, necesita un equipo de protección, protocolos estrictos y una desconexión emocional calculada que le permita operar incluso cuando el oxígeno escasea y la muerte está a un milímetro de distancia, separada solo por una delgada capa de vidrio.
Mi "Traje espacial" no fue fabricado con fibras sintéticas ni polímeros avanzados en un laboratorio de la NASA; fue forjado con capas superpuestas de lógica pura, silencios prolongados y una autosuficiencia blindada que no permitía filtraciones.
Me puse es traje siendo un niño, en un acto de supervivencia instintiva, cuando el estruendo del mundo exterior era demasiado fuerte para mis oídos y el aire en casa se volvía denso, pesado e irrespirable.
Aprendí muy pronto que si me alejaba lo suficiente, si subía a mi propia órbita de aislamiento intelectual y emocional, el dolor de la realidad no podía alcanzarme. Los libros fueron mis primeros propulsores, y el conocimiento, mi primera reserva de oxígeno.
Esta bitácora no pretende ser una biografía convencional, llena de fechas y anécdotas lineales; es el reporte técnico de una travesía agónica por el espacio profundo de la existencia humana. En estas páginas registro, con la precisión de quien analiza un fallo estructural, cómo navegué a través de las tormentas solares de un hogar roto donde los roles estaban invertidos, cómo logré sobrevivir al campo de asteroides de una fe manipulada por un dictador que usaba el nombre de Dios para encadenar voluntades, y cómo, finalmente, sufrí un aterrizaje forzoso en el planeta de la Gracia cuando mis propios motores explotaron por fatiga de metal.
Escribo esto porque tengo la certeza absoluta de que no soy el único que flota en solitario en este cuadrante del universo. Sé que hay otros astronautas allá afuera, personas que se han vuelto expertas en fingir una estabilidad absoluta mientras sus paneles de control parpadean en rojo y sus sistemas de soporte vital marcan niveles críticos. Personas que, como yo, construyeron sus propias Torres de Babel tecnológicas y emocionales para intentar alcanzar a un Dios que creían lejano y exigente, sin sospechar que el Arquitecto ya estaba sentado en el asiento del copiloto, esperando el momento del silencio total para hacerse escuchar.
Si estás leyendo estas líneas, es porque mi señal de radio ha logrado penetrar la estática de tus propios miedos y ha alcanzado la frecuencia de tu cabina. No pretendo entregarte un mapa perfecto de la galaxia ni una fórmula matemática para evitar el dolor, porque yo mismo sigo descubriendo nuevas constelaciones y corrigiendo el rumbo tras cada impacto. Lo que pretendo es abrir mi "Caja negra" ante ti: Mostrarte los errores de cálculo, las colisiones inevitables que destrozaron mi orgullo y, sobre todo, el momento exacto en que descubrí que, aunque me sintiera irremediablemente solo en el vacío, el Arquitecto del Universo siempre tuvo Sus ojos puestos en mi pequeña y frágil nave, cuidando mi trayectoria incluso cuando yo intentaba sabotearla.
Bienvenidos al despegue de esta reconstrucción. Prepárate para la descompresión, porque en este viaje, la verdad es el único combustible que nos queda para volver a casa.