A mi madre, que sobrevivió conmigo a la misma tormenta, soportando las descompresiones de la vida y el peso de la opresión. Hoy, tras haber cruzado el horizonte de sucesos, respiramos finalmente el mismo aire de libertad. Esta bitácora es también el testimonio de tu resistencia.
A mi abuela, cuyo recuerdo es la señal de radio que nunca se apagó en la inmensidad del espacio. En los momentos de silencio absoluto, tu frecuencia fue la que me mantuvo vinculado a mi origen y me recordó que no era un errante, sino un explorador con destino.
Y al niño que se escondía entre sueños: Ya no tienes que buscar refugio en mundos imaginarios para escapar de la realidad. Ya no tienes que calcular rutas de escape ni contener el aliento para no ser detectado. El constructo hostil ha quedado atrás.
Ya no tienes que esconderte más. Hemos aterrizado. Estamos a salvo.