El Diario de un Astronauta

La Cartografía del Vacío (Capitulo 1)

Había una cartografía trazada mucho antes de que mis pies tocaran el polvo. Un mapa diseñado en la penumbra del vientre materno, donde alguien ya pronunciaba mi nombre sin necesidad de cuerdas vocales. Esa certeza es, hoy, el ancla que impide que mi traje se pierda definitivamente en la negrura del cosmos. Es un conocimiento que no nace de la lógica, sino de una memoria celular; algo anterior a la vista, anterior al miedo, anterior a cualquier coordenada física.

​Aquí, el silencio no es la ausencia de sonido, sino una presencia física. Se escucha el siseo constante del oxígeno reciclado, un ritmo mecánico que me recuerda que mi vida depende de un hilo de ingeniería humana. A veces, desde esta escotilla, contemplo los "Hubiera". Miro hacia la curvatura de la Tierra, tan azul y tan frágil, y pienso en las trayectorias alternativas.
Si la trayectoria de mi vida hubiera seguido el vector de mi propio juicio, quizás hoy habitaría un paraíso de manufactura personal. Un lugar fenomenal, construido con las piezas exactas de todo lo que me ha faltado; un refugio hecho a la medida de mis carencias. A los ojos de cualquier observador, ese destino parecería "El bien". Pero sospecho que, en esa perfección autogestionada, el abismo sería más profundo. Sería un reino de espejos donde solo habitaría mi propia sed.

​La Fractura Necesaria

​El quiebre no fue sutil; fue una fractura necesaria. Elegir a Cristo no fue añadir un capítulo más al libro, sino cerrarlo para siempre y empezar una escritura nueva, con una caligrafía que no me pertenece. Fue el golpe de timón que dividió mi historia en dos orillas irreconciliables: El antes, donde yo era el arquitecto de mi propio vacío, y el después, donde acepto ser una pieza en un diseño que no alcanzo a comprender del todo, pero en el que confío ciegamente.

​Ya no floto a la deriva por azar. Ahora sé que, aunque el silencio de las estrellas sea vasto, no es un silencio de ausencia, sino de espera. La radiación sigue golpeando el casco de mi existencia, pero ya no busco construir mi propio sol; me basta con Aquel que me conoció antes de que yo supiera lo que era la luz. Siento el frío del metal de la nave contra mi palma, pero mi pulso ya no se acelera. He aprendido que la paz no es la ausencia de peligro, sino la presencia de un propósito.

​Por eso me fascina el espacio. Es el espejo de mi geografía interna: eres tú y tu traje en medio de la nada, flotando mientras el universo sigue su curso, recibiendo los golpes de la radiación en absoluto silencio. El espacio es el único lugar que no te pide que sonrías; no exige máscaras, solo supervivencia.
En la Tierra, pasamos la vida pidiendo permiso para ser; aquí, la inmensidad te obliga a ser tú mismo, porque no hay nadie a quien engañar.

​El Colapso del Diseño

​Como buen ingeniero del orden, intenté proyectar mi vida con la rigurosidad de un plano técnico. Me propuse conquistar el mundo, convencido de que ni el cielo era el límite. Pero vivía en una tensión agotadora, una guerra civil interna de la que nadie era testigo. Intentaba conquistar lo terrenal con una mano mientras trataba de retener a Dios con la otra, ignorando que el corazón es una brújula que solo puede marcar un norte. Mi carne buscaba el éxito que se puede tocar —ese metal frío de los trofeos— y, en ese afán, mi espíritu se quedaba sin aire, descuidando lo eterno por lo urgente.

​A los veinticuatro años, el diseño colapsó. No fue un desmoronamiento elegante. Recuerdo estar sentado frente a una pantalla llena de códigos y proyecciones, con el café frío y la sensación de que el oxígeno de mi propia oficina se estaba agotando. Tenía cosas que quería, el reconocimiento que buscaba, pero sentía un dolor sordo en el pecho, una presión que no era médica, sino metafísica. Me di cuenta de que no estaba habitando la vida que había planeado de niño. El niño que miraba las estrellas no quería un título; quería una conexión con lo infinito.

​Fue entonces cuando Dios estremeció mis cimientos; no lo hizo para destruirme, sino para liberarme de mi propia construcción. Comprendí, a golpes de realidad, que el verdadero éxito no consiste en acumular logros, sino en la rendición absoluta.
Mis sueños, esos que perseguí con una ambición febril, solo encontraron su verdadero propósito cuando los solté y los puse a Sus pies. Fue un momento de gravedad cero: El instante en que dejas de luchar contra la caída y permites que sea Su mano la que te sostenga. No fue que yo encontrara el camino; fue que, en medio de mi deriva espacial, Él me encontró a mí.

​La Soledad de los Vivos

​El universo no tiene opinión. Esa es la primera verdad que se aprende cuando uno se desprende de la órbita de lo cotidiano y se queda a solas con la radiación. El traje es mi único país, una frontera de tela y polímeros que separa mi último aliento del hambre infinita del vacío. Allá afuera, las estrellas no juzgan; no hay desaprobación en el brillo de una gigante roja ni condescendía en la rotación de un planeta muerto. Simplemente transcurren.

​Sin embargo, hay una soledad que pesa más que el vacío absoluto: la soledad de los vivos que han renunciado a la luz. En mis años de ascenso, conocí a muchos que habitaban estaciones espaciales de cristal, rodeados de gente pero desconectados de toda fuente de vida. He llegado a entender que la humanidad no se divide por geografías, sino por densidades. Hay personas que son como el espacio interestelar: Vastas extensiones de nada que no viven ni permiten el pulso de la vida. Son los centinelas de la apatía. Su silencio no es sagrado; es un vacío que succiona la risa ajena, una gravedad muda que intenta colapsar cualquier intento de brillo. Ocupan un volumen físico donde debería haber una historia.

​Estar entre ellos es sentir la verdadera asfixia. Es el encuentro con el "No-Ser" vestido de civil. En el espacio, la radiación es honesta en su violencia, te avisa cuando te quema. Pero en la superficie, el vacío humano es una radiación lenta que te va convenciendo de que la oscuridad es la única norma, que el brillo de los demás es un error que debe ser corregido por la sombra.



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En el texto hay: historia real

Editado: 29.01.2026

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