El Diario de un Astronauta

El Diseño del Aislamiento (Capitulo 2)

Mi vida fue compleja desde el diseño original, una pieza de ingeniería defectuosa antes de salir de los planos. Tenía un padre y una madre, sí, pero la estructura de mi hogar carecía de cimientos sólidos; era una arquitectura condenada al colapso, una edificación levantada sobre la urgencia y el caos, donde cada ladrillo parecía puesto con la intención de derrumbarse sobre nuestras cabezas. Desde muy pequeño, mientras otros niños habitaban la seguridad del juego, yo fui consciente de que mi esencia era distinta. No era una diferencia "Mala" en el sentido moral de la palabra, simplemente no encajaba en el molde de lo que se esperaba de un niño en aquel entorno. Era como ser una pieza de alta tecnología intentando ser encajada a martillazos en una maquinaria de vapor. Los golpes del exterior deformaban mi superficie, pero en el núcleo, la circuitería de mi pensamiento seguía buscando una lógica que nadie en esa casa podía ofrecerme.

​EL VÉRTIGO DE LA ETERNIDAD
Y EL MIEDO AL VACÍO

​Quería ser diferente. Quería marcar precedentes en la historia, ser una muesca en el tiempo que no se pudiera borrar con el simple paso de los años. Siempre me ha perseguido esa obsesión de ingeniero: No ser alguien que simplemente nació y murió, una estadística más en el censo del olvido, sino alguien que hizo algo, que construyó una estructura que sobreviviera a su propio nombre. Esta ambición no era vanidad, era una necesidad de anclaje; si lograba construir algo eterno, quizás mi existencia dejaría de sentirse como una anomalía en un plano equivocado.

​Hoy, incluso con mi traje de astronauta más reforzado, me sigue pasando. Me asalta un pensamiento recurrente que se siente como una descompresión súbita en la cabina. No sé si te ha pasado: pensar en la muerte y quedar en negro. Es ese instante donde la mente intenta procesar el "Después" y se encuentra con un muro de estática. Es el vértigo de decir: "Si muero hoy, ¿Qué sigue?". Es la sensación de estar frente a un monitor que se apaga de golpe, dejando solo el reflejo de tu propia angustia en el cristal.

​El Tablero de la Eternidad

​En mi mente, la eternidad se dibuja como una ecuación binaria, sin matices, tan absoluta que aterra. Por un lado, el temor sembrado por años de religión: Si hice lo malo, un infierno de sufrimiento, un agujero negro donde el dolor no tiene fin y la luz no puede escapar. Por el otro, la promesa del cielo: Una eternidad con Él. Pero incluso esa promesa, en su inmensidad, produce un estremecimiento. La "Eternidad" es un concepto que mi cerebro de ingeniero, acostumbrado a los plazos, a las medidas y a los límites, no puede terminar de determinar. Mi mente busca un cronómetro, un punto final, una unidad de medida, y al no encontrarla, el sistema entra en bucle.

​Ese pensamiento de "Quedar en negro" no es falta de fe; es el choque entre mi naturaleza finita y la infinitud de lo que viene. Es el miedo a que mi misión aquí no haya sido suficiente, a que las galaxias que intenté reconstruir se desvanezcan antes de ser terminadas. Es la duda de si el diseño que he seguido es el correcto o si estoy navegando hacia una estrella que ya se extinguió.

​El Propósito de la Huella

​A veces me pregunto si mi afán por no ser mediocre, mi hambre de solidez financiera y mi rigor espiritual son, en realidad, mis intentos de ponerle luces a ese túnel oscuro. Si dejo una huella, si marco un precedente, quizás la muerte no se sienta tanto como un final en negro, sino como una transición documentada. He pasado la vida recolectando datos, acumulando logros como quien guarda muestras de suelo de un planeta lejano, esperando que el archivo sea suficiente para validar mi paso por el universo.

​Quiero vivir a plenitud no solo para disfrutar el ahora, sino para que, cuando llegue el momento de apagar los motores y entregar la bitácora final al Creador, el informe de misión diga que no perdí el tiempo. Que el joven que selló sus sentimientos para sobrevivir, finalmente se convirtió en un hombre que construyó algo eterno. No quiero una eternidad que sea solo "Estar"; quiero una eternidad que sea la continuación de la excelencia que intenté alcanzar aquí. Pero mientras tanto, ese "Quedar en negro" sigue siendo el recordatorio de que, por muy lejos que vuele mi nave, todavía soy una criatura que depende de la mano de Aquel que inventó el espacio y el tiempo. Ese miedo es el que me mantiene alerta, el que me impide conformarme con lo básico y el que me empuja a buscar esa Nebulosa y ese Éxito, no por vanidad, sino por la urgencia de quien sabe que el reloj cósmico no se detiene por nadie.

​La Sombra del Gigante

​Nunca escuché un "Te amo" de labios de mi padre. Esas cinco letras eran para él un idioma extranjero, una debilidad semántica que no estaba dispuesto a pronunciar. Supongo que, para él, mi sensibilidad era una forma de debilidad, una mancha en su rígido concepto de hombría, un error de fabricación en el hijo que debía heredar su rudeza. Me miraba y no veía un potencial, veía una decepción en desarrollo. Pero se equivocaba de una forma trágica y absoluta: Yo no era débil.
Mi fuerza no residía en el ruido ni en la fuerza bruta que él tanto admiraba, sino que yo era fuerte de mente y corazón. Tenía una resistencia interna que él jamás alcanzaría a comprender, solo que miraba el mundo con unos ojos que él nunca pudo —o nunca quiso— descifrar.

​Su mirada era un tribunal constante. Cada vez que mis intereses se desviaban de su concepto de "Macho", cada vez que mi silencio era más profundo que sus gritos, él levantaba una pared de hielo entre nosotros. Crecí bajo la sombra de un gigante que me consideraba un extraño en mi propia casa. Su falta de afecto no era solo un vacío; era una presencia física, una presión atmosférica que me obligaba a comprimir mis sentimientos para no ser aplastado. En esa falta de "Te amos", aprendí mi primera lección de supervivencia: Si el amor es condicional y la validación es inexistente, el único refugio seguro es la propia mente.



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En el texto hay: historia real

Editado: 29.01.2026

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