El Diario de un Astronauta

El Acero del Escarnio y la Isla (Capitulo 3)

A los trece años, en esa frontera imprecisa donde la niñez se disuelve, le di la espalda a los templos de piedra. Me alejé de la liturgia, de los cantos que ya no me consolaban y de las imágenes que no me hablaban, pero no pude abandonar la ley que mi abuela había grabado en mi espíritu con letras de fuego. Fue un exilio voluntario; me llevé conmigo sus mandamientos como quien guarda una brújula de emergencia en el bolsillo de un traje espacial antes de una misión sin retorno. "No te contamines", me decía su eco en cada momento de duda, en cada tentación de encajar a costa de mi alma. Esa frase era mi sistema de filtrado de aire: Mientras el mundo respiraba odio, yo intentaba inhalar solo lo que ella me había dejado.

​En un acto de lealtad absoluta a una mujer que ya no respiraba, decidí que mi honor y mi pureza no estarían a la venta. No iba a rebajarme para ser aceptado, ni siquiera al precio de la soledad más absoluta y lacerante. En medio del caos y las presiones por encajar en sistemas corruptos —ya fueran las imposiciones del dictador, las expectativas de una familia fracturada o las ofertas engañosas de una paz barata—, llegué a una conclusión técnica definitiva: Mi honor y mi pureza no son piezas de recambio; no están a la venta.

​La Soledad como Escudo de Frecuencia

​Comprendí que rebajarme para ser aceptado era equivalente a introducir un virus en mi propio código fuente. Si aceptaba las condiciones de aquellos que operan bajo la sombra, terminaría por convertirme en la misma anomalía de la que intentaba huir. Decidí que no iba a negociar mi esencia, ni siquiera al precio de la soledad más absoluta y lacerante.
​Para un astronauta, la soledad es el riesgo ocupacional más alto, pero en mi caso, se convirtió en una cámara de descontaminación. Preferí el silencio estático de las estrellas y el frío del espacio profundo antes que el calor falso de una comunidad que exige la entrega de tu integridad como boleto de entrada. Si para tener compañía debía apagar mi luz interna, entonces la oscuridad exterior era un precio justo. Mi arquitectura interna se volvió una fortaleza; si nadie venía al rescate, al menos nadie encontraría una entrada para saquear lo que quedaba de mi alma.

Entré al liceo esperando una catapulta hacia el futuro, un lugar donde mi intelecto finalmente me diera la libertad, pero lo que encontré fue un centro de tortura social, un laboratorio de crueldad humana. El liceo no era una academia; era un campo de asteroides donde cada impacto buscaba desintegrar mi casco.

​EL NÚCLEO INVIOLABLE:
LA INMUNIDAD DEL ASTRONAUTA

​Al llegar a este punto, es natural que te preguntes: ¿Se contaminó el sistema? ¿Acaso todo ese ácido ambiental logró corroer los circuitos internos del niño que observaba desde el rincón? La respuesta, aunque parezca desafiar las leyes de la psicología convencional, es un no rotundo. En mis pensamientos, nunca pasó nada de eso. Mi mente era una caja negra diseñada para resistir el impacto más violento sin perder la información original.

​Mientras mi casa era un campo de batalla y mi entorno un manual de cómo destruir la identidad, mi mundo interno permanecía vasto, ordenado y, sobre todo, simple. Yo no procesaba la maldad como algo que debía imitar o que debía definir mi esencia; la procesaba como un error de sistema en los adultos que me rodeaban. Yo no era parte de su caos; yo era un observador científico analizando una anomalía en un planeta lejano. Miraba sus gritos y sus bajezas como se mira una reacción química peligrosa: Con curiosidad y precaución, pero manteniendo siempre la distancia de seguridad.

​El Filtro de la Razón

​ Muchos niños, ante la frecuencia violenta de un padre o la sumisión pasiva de una madre, terminan replicando esos patrones por pura inercia biológica o por el miedo que congela la voluntad. Se convierten en copias del error. Pero mi mente, incluso en la niñez, ya operaba con una lógica de ingeniería inversa: Si el modelo que tengo frente a mis ojos es defectuoso —si solo produce infelicidad, estática de gritos y cadenas de amargura—, entonces los planos de ese modelo son inservibles y deben ser descartados. No me contaminé porque mi sistema operativo nunca reconoció su mundo como "El Mundo", sino simplemente como un prototipo fallido. Aprendí a observar su comportamiento no como una guía de vida, sino como un catálogo de lo que yo no quería construir. Mi pureza no fue una cuestión de santidad, sino de eficiencia de diseño.
​Si la ira de mi padre no lo hacía feliz, si no le daba paz ni control real sobre su propia vida, ¿Para qué habría de heredar yo una herramienta que no funciona? ¿Por qué cargaría mi nave con un combustible que solo quema los motores? Mi mente descartó esos planos. Decidí que mi arquitectura interna no aceptaría código corrupto, sin importar cuántas generaciones lo hubieran usado antes.

​El Cortafuegos de la Lógica

​Para mí, la "Tradición familiar" era simplemente una serie de archivos dañados que mi antivirus detectaba a kilómetros de distancia. Mientras otros niños se sentían obligados a seguir los pasos de sus padres, yo estaba ocupado diseñando mi propia ruta de navegación, una que no incluyera la violencia como lenguaje ni la sumisión como refugio.
​Este aislamiento de fallos fue lo que me permitió crecer en medio del caos sin que el caos se filtrara en mi núcleo. Mi honor nació ahí: En la decisión de que mi historia no sería una secuela de sus errores, sino una instalación limpia. Si ellos vivían en la sombra, yo no tenía por qué apagar mi luz solo para encajar en su oscuridad. Aprendí que la mejor forma de honrar la vida no es repetir los errores de los antecesores, sino ser el punto de ruptura donde el error se detiene para siempre.
​Esa vastedad interna fue mi salvación. Mientras mi padre gritaba, yo estaba calculando trayectorias. Mientras mi madre callaba, yo estaba diseñando estructuras donde el silencio fuera paz y no miedo.
Mi mente era un laboratorio limpio en medio de un basurero. Yo sabía que mi integridad no era negociable y que, aunque podían golpear mi cuerpo o intentar doblegar mi voluntad, no tenían las claves de acceso para entrar en mi pensamiento. Mi mente era el único lugar en el universo donde yo era el soberano absoluto.



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En el texto hay: historia real

Editado: 02.02.2026

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