El Diario de un Astronauta

El Umbral de la Rendición (Capitulo 5)

Llegó Dios, pero no llegó con el estruendo de los rayos ni con la pompa de los tronos que yo había visto dibujados en los libros. No llegó como el dictador que conocí en los púlpitos, ese que utilizaba el miedo como moneda de cambio, ni como el juicio implacable que temía encontrar en las miradas condenatorias de los demás. Llegó en el momento de mi mayor indiferencia, justo cuando yo ya no lo buscaba, cuando lo había expulsado deliberadamente de mi ecuación vital para intentar castigarlo con mi ausencia, como si mi pequeña oscuridad pudiera apagar Su sol.

​Tenía dieciocho años cuando el gris empezó a devorar los bordes de mi mundo artificial. Recuerdo aquella noche de vigilia con una nitidez que todavía me quema los párpados. Estaba frente al espejo, vistiéndome mecánicamente, mientras las lágrimas de una rabia vieja y acumulada me empañaban el traje de "Hijo perfecto" que me ponía cada domingo. No era una tristeza santa ni un arrepentimiento piadoso; era el agotamiento absoluto del que ya no puede sostener el peso de su propia mentira. Con el nudo de la corbata apretando mi garganta como una soga, lancé un ultimátum al cielo, un desafío desesperado nacido de la asfixia:

​— "Si hoy no haces algo, si hoy no me demuestras que estás ahí detrás del silencio, no vuelvo más. Se acabó el teatro".

​Ese día, el universo físico no se partió en dos, pero mi geografía interna sufrió un cataclismo. Un veinte por ciento de mi mundo cambió de golpe; una luz nueva, de una frecuencia que mis ojos nunca habían procesado, entró por la rendija de mi orgullo herido. Sin embargo, el ochenta restante seguía siendo un campo de batalla minado, lleno de heridas abiertas, hábitos de supervivencia y el eco de los insultos del pasado. En esa penumbra comprendí la verdad más demoledora de mi vida: Yo no era simplemente un "Chico bueno con algunos errores" que necesitaba un ajuste técnico. Era un rebelde que había ignorado la santidad de Aquel que me formó. En ese instante, la Cruz dejó de ser un amuleto colgado al cuello o un concepto teológico abstracto. Se convirtió en un regalo sangrante y real; un rescate que no merecía, pero que era el único oxígeno capaz de sacarme de mi deriva existencial.


EL RESCATE EN LA OSCURIDAD

​Recuerdo ese día con una nitidez que asusta; está grabado en mi memoria no como un evento, sino como una intervención quirúrgica en mi alma. Fue una vigilia, ese espacio de tiempo donde el mundo duerme y los buscadores se quedan despiertos intentando descifrar el silencio de Dios. Éramos más de cincuenta personas, un mar de rostros que yo, desde mi traje de astronauta, observaba con mi habitual desconfianza analítica. Para mí, la reunión estaba por concluir; mi mente ya estaba empacando, ya estaba pensando en el "Qué sigue", en el regreso a casa, en la próxima meta. Estaba listo para marcar otro visto bueno en mi lista de deberes espirituales.

​Pero entonces, el predicador comenzó a orar. Lo vi llamar a varios, vi las reacciones externas de los demás, y yo permanecía allí, con mi estructura de acero intacta, como una estatua de sal en medio de una tormenta. Cuando finalmente me llamó y puso sus manos sobre mí, cerré los ojos. Al principio, solo hubo lo de siempre: La oscuridad extrema. Esa negrura densa que había cultivado desde niño, el vacío del espacio que era mi única zona de confort. Era una oscuridad sin estrellas, un abismo donde yo era el único habitante.

​Pero, en medio de su oración, ocurrió algo que ningún cálculo de ingeniería pudo prever. La oscuridad, esa que yo creía sólida e impenetrable, empezó a dispersarse. No fue como si alguien encendiera una lámpara, sino como si la materia misma de mi soledad estuviera siendo bombardeada por una frecuencia de luz desconocida. Algo estaba pasando en el núcleo de mi sistema operativo. Por primera vez en dieciocho años, mi soledad —esa compañera fiel y amarga— empezó a transformarse. Ya no se sentía como un abandono; se sentía como una compañía.

​Fue en ese microsegundo de eternidad cuando lo sentí: El abrazo. No eran unos brazos de carne y hueso los que me rodeaban, pero la presión era más real que cualquier contacto físico que hubiera experimentado jamás. Era el abrazo que mi padre nunca me dio; era la ternura que mi abuela se llevó a la tumba; era la validación que busqué en cada examen perfecto y en cada nota sobresaliente. Ese alguien invisible, ese Dios al que yo había desafiado frente al espejo con rabia y lágrimas, estaba cruzando el umbral de mi escotilla.

​Sin necesidad de palabras, sin pedirme que me quitara el traje, Él simplemente entró. Me dije a mí mismo, con un asombro que me quemaba el pecho: "Está sucediendo. Ha venido a mi rescate". En mi mente de ingeniero, los muros de hormigón se desmoronaron como si fueran de papel. Su ayuda no llegó cuando alcancé la cima de mi torre, sino cuando finalmente admití que en la cima no había oxígeno.

​Sentí que no tenía que construir nada más para ser visto. Por primera vez, no era el "Estudiante modelo", ni el "Hijo decepción", de la familia. Era simplemente un niño siendo sostenido por la inmensidad.
El astronauta que se creía perdido en el vacío descubrió que el vacío mismo estaba lleno de una presencia que lo conocía por su nombre real, el nombre que estaba escrito en la cartografía de aquel vientre materno. Mi soledad no había desaparecido, pero ahora estaba habitada. Su rescate no fue sacarme del mundo, sino entrar en mi aislamiento para decirme que la puerta de mi celda nunca tuvo llave por fuera, sino que yo la había cerrado por dentro por miedo al dolor. Aquella noche, la oscuridad dejó de ser una cárcel y se convirtió en el escenario de mi primer encuentro real con la libertad.

​EL SILENCIO DE LA ESTACIÓN

​Desde ese instante, ocurrió una reconfiguración total de mis radares. Ya no había otra cosa que mi alma quisiera rastrear; mi único objetivo, mi única coordenada válida, era Su presencia. Era una adicción nueva, una necesidad de oxígeno puro que hacía que todo lo demás pareciera cartón pintado. El vacío que me había definido durante años, ese frío que se me había metido en los huesos en las cenas familiares y esa soledad que yo creía infinita, empezaron, poco a poco, a retirarse. No fue un estallido, fue una marea que retrocede.



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En el texto hay: historia real

Editado: 02.02.2026

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