Estamos llegando a una etapa cumbre de mi bitácora, a esa pregunta que hace vibrar los circuitos más sensibles de mi traje espacial y que me obliga a mirar el radar de mi corazón con una honestidad brutal:
¿Será que el astronauta llegó a sentir amor?
¿Será que de verdad un sistema que fue programado para la supervivencia y el aislamiento puede aprender el lenguaje del afecto sin sospechar de una emboscada?
Pensé que con aquel mensaje final, con ese punto final cargado de una honestidad letal, el círculo se cerraría con la limpieza de una compuerta hidráulica sellando el vacío. Creí, en mi ingenuidad de ingeniero, que al eliminar la fuente del conflicto, el cielo se despejaría de inmediato y que las nuevas cosas llegarían como un amanecer limpio, sin rastro de la ceniza acumulada. Pero el ruido humano es una interferencia persistente, una señal parásita que no se apaga solo con un acto de voluntad o un mensaje de texto.
Me encontraba físicamente lejos de aquel lugar, pero el pasado seguía vivo en la geografía cotidiana, en las aceras por las que camino y en las esquinas de mi propia ciudad.
El fantasma del dictador no se quedó encerrado en su templo; se convirtió en una sombra que acechaba en los encuentros fortuitos. Me topaba con él en la calle y el dilema ético estallaba en mi pecho como una alarma de descompresión:
¿Cómo saludar a alguien que ha dañado tanto?
La Biblia habla de amor, de poner la otra mejilla y de saludar incluso al enemigo, pero ¿Cómo se gestiona eso con un arquitecto de la destrucción emocional que no conoce el arrepentimiento?
Entendí, en la soledad de mi oración, que el perdón es un mandato, pero la confianza es una construcción. Lo perdoné para liberar mi propia alma del veneno de la amargura, pero decidí no mantener cerca a alguien que lleva en su código genético la pulsión de dañar y la obsesión de asaltar la autoridad ajena sin aviso. Mi salud espiritual dependía de mantener esa distancia de seguridad; no se puede invitar al lobo a la mesa solo porque has decidido no odiarlo.
La Guerra de las Versiones y
El Trono de Escusas
Sin embargo, aquel dictador, al ver perdido su dominio directo sobre mi vida, decidió convertir su frustración en una guerra de narrativas. Desde su trono de escusas, empezó a enviar a sus mensajeros, encargándose de sembrar una maleza de rumores que se extendió como una plaga. Rumores diseñados para matar la reputación, para exterminar la credibilidad de quienes simplemente intentábamos recoger los pedazos de nuestra fe en una nueva comunidad.
Fue de pueblo en pueblo, de persona a persona, pintando una realidad distorsionada donde él era el mártir traicionado y nosotros los rebeldes sin causa.
Es una paradoja dolorosa de la condición humana: La gente tiende a creer la versión de quien ostenta un título de "Autoridad", simplemente por la inercia de la jerarquía, sin detenerse a observar las cicatrices en el cuerpo del que huye.
Sus argumentos parecían veraces bajo el barniz de su supuesta espiritualidad, pero eran construcciones huecas hechas de soberbia.
Hasta el día de hoy, su eco intenta manchar nuestro nuevo capítulo, pero he aprendido que no se puede reconstruir un edificio mientras se intenta apagar cada fuego que el enemigo enciende en la distancia.
Decidí dejar de mirar hacia atrás.
El Derribo de los Cimientos
Y el Encuentro en la Cima
Mientras flotaba en esa incertidumbre, entre el perdón y la necesaria distancia, recordé algo fundamental que el trauma me había hecho olvidar: Mi vida no siempre fue este campo de batalla lleno de trincheras. Antes de los gritos, antes de la manipulación y antes de que yo me convirtiera en el "Astronauta no emocional", hubo retazos de luz. Hubo momentos de una paz tan sencilla que hoy me parecen de otro planeta.
¿Qué iba a hacer yo ante el colapso de mi antigua realidad?
¿Qué se hace cuando el Arquitecto del universo decide que es hora de derribar tus cimientos —esos que construiste con tanto orgullo académico y profesional— para levantar algo que no sea una cárcel de apariencias?
Comprendí que Dios no quería "Reparar" mi vieja vida; quería demolerla para construir algo nuevo sobre la roca de Su presencia y no sobre la arena de mi éxito.
Sigo siendo un astronauta, sí. Sigo siendo ese hombre que prefiere el análisis al impulso y el silencio a la multitud. Pero ahora sé que no estoy flotando a la deriva por un azar cruel. La revelación más potente de mi viaje es que Dios no me encontró cuando estaba en el suelo, destruido por el fracaso. Me encontró en mi "mejor" momento, cuando mi Torre de Babel rozaba las nubes, cuando las notas eran perfectas y el mundo me aplaudía. Lo hizo allí, en la cima, para demostrarme que incluso con todo el éxito del mundo, si Él no habita el centro, la cima es solo el lugar más alto y frío del universo para sentirse irremediablemente solo.
Hoy, el astronauta está aprendiendo que el amor no es una debilidad del sistema, sino la actualización definitiva. No sé si estoy listo para un amanecer sin sombras, pero sé que el Piloto que me rescató en aquel galpón no me sacó de la oscuridad para dejarme a merced de los rumores de un hombre.
Mi trayectoria ahora la define Él, y por primera vez en mi vida, no tengo miedo de lo que vendrá en el siguiente cuadrante del espacio.
LA FÍSICA DE LA DISTANCIA: AMISTADES EN ÁNGULO RECTO
Ahora me encuentro en un cuadrante diferente del universo, un territorio con relieves emocionales que no conozco y leyes de convivencia que apenas empiezo a descifrar. Es un jardín nuevo, fresco, pero antes de profundizar en mis luchas internas actuales y en el laberinto que tuve que atravesar para que mi mente dejara de ser un campo de batalla, debo hablar de ella con la precisión de un informe técnico.
Te preguntarás qué fue de la vida de aquella persona que el sistema había marcado como mi destino ineludible. Cuando las columnas del dictador finalmente colapsaron, ella no se quedó atrapada entre los escombros de aquel trono de sombras. Mi madre tampoco lo hizo; ambas, por caminos distintos pero impulsadas por la misma asfixia, se alejaron de ese epicentro de destrucción para integrarse a esta nueva historia donde hoy habitamos.
Pero el pasado tiene una inercia pesada, una gravedad que intenta arrastrarte de vuelta incluso cuando crees haber alcanzado la velocidad de escape.
Ella, que había sido la mano derecha de aquel hombre, que había estado en el epicentro del poder del dictador, también terminó con el alma lacerada. Esa era la cualidad más persistente de aquel servidor: Una crueldad metódica y un desprecio sistemático hacia quienes le servían con más lealtad.
Ella llegó a este nuevo capítulo buscando refugio, y aunque para su propia vida era lo mejor, para la mía representaba un desafío emocional casi insoportable. Era tener frente a mis ojos, domingo tras domingo, el recordatorio viviente de mi mayor herida; era ver el eco de una imposición que casi me cuesta la fe y la cordura.