El Diario de un Astronauta

El limite de la Fatiga ( Cuando el Acero se cansa) Capítulo 8

El Acero del Escarnio y la Isla

Podrías pensar que, al alcanzar estas coordenadas, la bitácora debería registrar un éxito absoluto.
El inventario parece impecable: Poseo la estabilidad económica por la que tanto sangré, respiro el aire de una nueva congregación donde la libertad no es una utopía, y cuento con un pastor que no intenta colonizar mi voluntad. Las "Cosas nuevas" que Dios prometió parecen estar germinando. En el papel, la misión es un triunfo; el sistema está en línea y los indicadores están en verde.
​Pero el universo se rige por una ley silenciosa y devastadora: La inercia del dolor.
​Justo cuando el estruendo exterior cesó, las heridas del pasado se volvieron latentes, palpitando con una frecuencia desconocida. Fue como si, al poner las armas contra el dictador y la escasez, mi arquitectura interna finalmente se sintiera lo suficientemente a salvo como para desmoronarse. Las cicatrices que sellé a presión durante décadas se abrieron en un estallido simultáneo.

​El Colapso de la Autonomía

​Comprendí que mis fuerzas —ese motor de combustión interna que me permitió sostener mi hogar, sacrificar la universidad y sobrevivir al caos— estaban agotadas. Operé durante décadas en modo de reserva, utilizando mi propia voluntad como combustible de emergencia, y el tanque finalmente marcó vacío absoluto.
​Es una sensación aterradora para un ingeniero: Reconocer que tienes las herramientas de última generación, pero tus manos carecen de la fuerza necesaria para empuñarlas. Me sentía como un astronauta que, tras aterrizar en el planeta prometido, descubre al abrir la escotilla que sus pulmones han olvidado cómo respirar sin el aire viciado de la supervivencia. El éxito no fue la cura; solo fue el silencio necesario para que el trauma pudiera gritar.

El Final del "Yo Puedo"

​Me encontraba en una iglesia sana, rodeado de personas funcionales, pero me sentía como un infiltrado con el sistema operativo corrupto.
Mi mente replicaba patrones de defensa: Desconfiaba de la bondad, aguardaba el golpe bajo del nuevo pastor y saboteaba cualquier rastro de bienestar para no sentirme vulnerable.
El agotamiento no era físico, era una fatiga estructural del alma. Estaba exhausto de ser el pilar, de ser el salvador de mi madre, de ser el hombre de hierro que nunca se permite el llanto.
​Entendí que Dios me había llevado a ese puerto de paz no para producir, sino para ser reparado. Mi estabilidad y mi nueva comunidad eran el hospital, no la meta. Mis fuerzas se agotaron porque el Arquitecto necesitaba que soltara mis propios planos para empezar a usar los Suyos. Estaba en el punto de quiebre, en ese "Negro" que tanto temía, comprendiendo que nadie puede marcar un precedente en la historia si antes no permite que los cimientos sean sanados por la mano que los creó.

​EL FALLO DEL SISTEMA
EN TIERRA SANTA

​Te preguntarás, con lógica implacable:
¿Por qué ahora? Si ya te habías encontrado con la Divinidad, si habías sentido Su mano rescatándote del galpón, si tu trayectoria era ascendente... ¿En qué momento se desalineó la antena y perdiste la señal?
​La respuesta es una verdad técnica que pocos admiten: Dios no es un parche para el sistema; es una reconstrucción total del hardware.

​La Inercia de la Máquina de Guerra

​Durante años, no fui un hombre; fui una máquina de guerra. Fui un sistema diseñado para absorber impactos de alta potencia (Mi padre), descompresiones emocionales (Mi madre) y guerras de desinformación (El dictador).
Mi estado de equilibrio era el conflicto. Cuando Dios me extrajo de allí y me depositó en un entorno de paz, ocurrió un error de procesamiento: La ausencia de enemigos.
​Si diseñas una máquina para operar en temperaturas extremas y de pronto la sitúas en un jardín de clima perfecto, los sensores fallan. Mis defensas seguían activas, consumiendo megavatios de energía para protegerme de fantasmas. Me dirigía hacia mis metas, sí, pero con el lastre de una armadura que ya no tenía propósito. Fue ese peso, y no la distancia, lo que fundió mis motores.

​El Efecto Post-Combustión

​Lo que experimenté fue el "Efecto Post-Combustión". Durante la huida del régimen del dictador, quemé toda mi reserva de adrenalina espiritual.
Al alcanzar la calma, el impacto del agotamiento tuvo la fuerza de un meteorito. Entendí que yo no estaba "Bien"; simplemente estaba anestesiado. Mientras peleaba, el dolor no tenía permiso de entrada; pero al estar a salvo, Dios retiró la anestesia para intervenir las heridas profundas.
​Iba bien por fuera, pero mi procesador interno estaba saturado de archivos corruptos que yo había ocultado en carpetas encriptadas. Dios me detuvo porque no deseaba un "Ingeniero exitoso con el alma fracturada".
Me di cuenta de que no sabía quién era yo fuera del conflicto; sabía ser un soldado eficiente, pero no un hijo amado. Ese choque de identidades me dejó en el suelo, vacío, cuestionando al cielo por qué, teniéndolo todo, sentía que no poseía nada. El encuentro con Dios no fue el final, sino el inicio de una cuarentena necesaria para que dejara de confiar en mi capacidad de proveer y empezara a depender de Su capacidad de sostenerme.

​EL INVIERNO EN LA TORRE DE BABEL

​A este punto, el silencio del espacio se volvió insoportable. A pesar del avance técnico y de habitar la "Tierra nueva", sentí el mayor temor de un astronauta: La pérdida de comunicación con la Base. Sentí el abandono de Dios. No era una soledad pacífica, sino un vacío de abandono absoluto.
​La iglesia se convirtió en un edificio frío de rituales huecos. El trabajo se volvió una rutina gris de intercambio de tiempo por supervivencia. En mi desesperación, hice lo que cualquier ingeniero haría: volví a subir a la cima de mi propia Torre de Babel.
Subí a lo alto de mis logros para intentar divisar el horizonte y encontrar la pieza faltante en el engranaje:
​El Vacío Académico: El dolor de sentir que mi intelecto se oxidaba mientras el mundo seguía girando.



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En el texto hay: historia real

Editado: 02.02.2026

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