El Diario de una Vida Agridulce.

Capítulo 8: HER.

Jueves, 9 de febrero.  

 

Mi batería social se mantuvo descargada y aunque Adamo me ofreció almorzar nuevamente, lo rechacé y partí a casa apenas terminó la clase. Aquella tarde vi en Tiktok un vídeo acerca de una aplicación llamada HER, para conocer chicas a la redonda. Por curiosidad la descargué y hablé con un par sin mucho interés hasta que hice match con Luciana.  

 

Su nombre me pareció inusual en el contexto italiano mas su apariencia indicaba lo contrario: cabello oscuro rizado, tez clara, nariz fina, ojos pequeños y labios grandes. Opté por hablarle en inglés y cuando nos dimos cuenta de que ambas éramos latinas, el aura de la conversación cambió completamente, también el idioma.  

 

No sé si conectamos tanto de momento debido a que ella es peruana y yo colombiana, o simplemente porque fluyó encantadoramente entre las dos, en cualquier caso, me emocioné ya que además de ser mi tipo físicamente, le gustaban las mismas cosas que a mí, como Sherlock Holmes y la música indie. Nos entendimos de maravilla y no paramos de escribirnos en toda la tarde.                                                     

 

Ese mismo día acordamos vernos al siguiente, no pude quedar más satisfecha e ilusionada. Por consiguiente, reproduje en Spotify una playlist sapphic que había creado en los últimos días y me dispuse a tomar un baño relajante en tina con sales y aroma floral. Más dichosa imposible, tendría San Valentín por primera vez en la vida con una chica que no entendía como me había prestado atención siendo tan bella e inteligente.  

 

 

Viernes, 10 de febrero. 

 

Ese viernes la escuela programó una visita a Trastevere a la que claramente me negué por priorizar mi primera cita. No pude concentrarme en clase, pensando en lo que pasaría; fui al baño cada dos por tres a causa de los nervios, cuando llegó la hora empecé a temblar y a sudar, prácticamente no podía respirar… patético, lo sé.  

 

Javier se dio cuenta y me preguntó si estaba bien, le dije que no me animaba a salir del salón porque una persona que conocí en internet me esperaba fuera para nuestra primera cita.  Él, sin que yo le dijera, señaló a una chica en la calle y preguntó si era esa la persona que me esperaba; no atinó, aun así, me sorprendió se refiriera a una mujer… ¿Tan evidente era mi orientación sexual o los europeos no tienen prejuicio alguno sobre esos temas?  

 

Como sea, me dirigí al baño por última vez, me cercioré de verme bien y con determinación, salí a su encuentro. No pude creer lo que estaba viendo, Luciana era incluso más bella en persona de lo que aparentaba en fotos y mamma mia, el outfit que llevaba puesto me hizo sentir mal vestida. Lucía un blazer negro, un pantalón de botas anchas y unos botines blancos con tacón. Mientras tanto, yo tenía un sweater de H&M con un degradado de la bandera lésbica, un jean negro bota campana y mis converse blancos que a ese punto se veían grises.  

 

La saludé con un abrazo e inmediatamente comenzó a caminar, manteniendo un paso firme y apresurado. Insegura sobre su destino final, tomó Via Nazionale hacia Piazza della Reppublica, cuando pregunté a dónde iba, se detuvo y aceptó no saber. Decidimos entonces ir a la Biblioteca Casanatense para conocerla, sentí una profunda conexión con ella al ver lo fascinada que quedó con el lugar.  

                                                                   

 

Centenares de libros antiquísimos apilados con gracia en repisas de madera, dos globos terráqueos de 1700 que ilustraban nuestro mundo en aquel tiempo y las constelaciones que aún hoy adornan el cielo nocturno. Una estatua del fundador de la biblioteca erguido con gracia y semblante sereno. Columnas de roble, detalles en oro y uno que otro fresco… simplemente maravilloso. Una joya oculta en la ciudad eterna.  

 

Posterior a aquello, quise llevarla a mi lugar seguro, la chiesa di Sant’Ignazio. Le encantó el fresco barroco en el techo tanto como a mí, hasta lo hizo su fondo de pantalla; imagínense eso, mi lugar favorito en Roma le pareció lo suficientemente lindo para hacerlo su fondo de pantalla.  

 

De Campo Marzio caminamos en busca de Piazza Venezia y en el camino, pregunté si los romanos tenían problema con que las parejas del mismo sexo demostraran afecto públicamente, platicamos un par de minutos al respecto y la conclusión fue que realmente no había lío. Así pues, con las mariposas revoloteando en mi vientre, musité “¿entonces está bien si hago esto?” mientras entrelazaba sus dedos con los míos. Para mi tranquilidad, estuvo bien al respecto y por más que un escalofrío me recorriese cada par de segundos, no solté su mano en lo que se sintió como una mágica eternidad.  

 

Continuando el compartir de lugares significativos para mí, la llevé a Piazza del Campidoglio y a mi spot preferencial para ver el Arco di Settimio Severo en su máximo esplendor. Acto seguido, sentimos hambre y buscamos la Piadineria más cercana que resultó ser en Vía del Boschetto, bastante cerca a la escuela de italiano. Compramos una piadina cada una y Lu compró una Coca Cola para las dos.  

 

Para ese momento habíamos hablado de tantas cosas sin relación alguna que no podría darles una idea de todo lo que se conversó, sin embargo, puedo asegurarles que pocas veces en la vida había sentido semejante conexión y, sobre todo, confianza con una supuesta desconocida. En serio, sentí que hacía mucho formaba parte de mi vida, tanto así que llegamos a platicar respecto a nuestras vivencias familiares sin real tapujo.  

 

Esa tarde conocí la Piazza Vittorio Emmanuele II, destacada por su curiosa puerta alquímica y la población felina que se había apropiado de las ruinas. Asimismo, visitamos la basílica papal de San Giovanni in Laterano que competía con San Paolo fuori le mura en grandeza, no sin antes cruzarnos con un restaurante llamado Rico Perú que despertó en mi adversa un patriotismo efusivo. 




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