El señor P me hizo subir a su despacho.
Evité su contacto. Cualquier mínimo contacto.
Quería hablar sobre mis notas, y mi nuevo comportamiento.
No quería subir, pero no podía seguir evitándolo.
No cuando él me fue a buscar personalmente.
Mi corazón latía tan fuerte.
Mis manos sudaban.
Mis piernas temblaban.
Al entrar a su despacho, me dijo que me acercara:
“Venus, siéntate… pero no ahí… aquí” —fue lo que me dijo mientras señalaba la mesa.
Lloré.
Sí, lloré. Porque ya sabía lo que iba a pasar.
Sabía lo que venía.
Porque sí…
Esa fue la segunda vez que me hizo daño.