El Diario Del Abuelo Freud

Capitulo I

Tan alocados delirios sexuales que me permiten retroceder en el tiempo y oler las margaritas de tu seductora alma, tan apacible capricho de sentarme en tu regazo y morder tus labios; tan afanoso suspiro que me llena de capricho; así rebosa mi copa de llanto y sufrimiento.

 

Sentado en las afueras de la ciudad, acompañado de tan olor grato de despedida, ya con 69 años de edad, he decidido escribir el diario, en el cual contare el amor místico, amor tan místico como aquella pintura de Peter Von Cornelius, “Las vírgenes sabias y las vírgenes necias”, en la que aquellas vírgenes se lanzaban dedicadas en cuerpo y alma, a la forma más pura de amor y aún más allá de la corpórea entrega, su devoción por su Dios; en el que tan alocada comparación me hacen verme a mi como un ateo o narcisista, en el que diré que yo era como su dios para aquellas damas en mi loca juventud, tal vez por mi belleza incomparable, y mi personalidad desgarradora de carisma y presencia.

Pero no todo lo bueno dura para siempre, pues de deleitante figura y olor que levantaría a los muertos para solo apreciar una vez más su hermosura, de esta señorita encantadora Lucia, la seductora margarita que me encontré allá en mis 20 años, que hicieron enloquecer no solo mi corazón, sino mis hormonas juveniles que deseaban con tanto anhelo acariciar tan bello ejemplar lleno de divinidad, pura y tierna, en la que yo aclamaba ser dueño, y sin lugar a duda fui hechizado de la forma más literal posible.

Recuerdo aquel día en el que me propuse a conquistar su corazón, la espere en la esquina del camino a su casa, escondido en la maleza, y como un ladrón le aparecí de forma desprevenida, asustándola; ella dejo caer algunas frutas que llevaba consigo, yo como todo un caballero me propuse ayudarla y más porque fue culpa mía. Me puse a dialogar con ella y entre palabras y palabras pedí disculpas como era debido, ella me miro con su cara de porcelana trazada por los dioses y dijo - ¿Por qué te me apareciste de repente? –

– Porque quería sorprenderte – conteste.

- Y vaya que lo lograste – exclamo ella; sonreí y pedí nuevamente disculpas – me sorprende que al hablar conmigo no te asustes, soy un desconocido para ti – ella se rio – ¡¿tu, en serio crees que eres desconocido?! Todo el pueblo y hasta a las afuera de él te conocen, como el mujeriego, amante y ladrón de virtudes femeninas –

¡Tan popular era y ni cuenta me había dado!, fue lo que pensé en ese momento, al cruzarse nuestras miradas de forma inexplicable ella me empujo, y con un poco de temor recogió sus cosas y se marchó. En ese momento no lo entendí, pero al parecer sus ojos entre verdes y azules guardaban un secreto del cual la intriga me mataba, el deseo de conocer más acerca de esta joven era lo que deseaba.

Los días pasaban y mi obsesión se arraigaba más a mí, deseaba volver a ver esos hermosos ojos aunque sean por un instante, mi calma desaparecía como la brisa del mar, anhelante de ese delirio conspirador que me atraía como oveja al matadero. Un día en plena madrugada me levante decidido a conquistar ese corazón, me bañe temprano, comí rápido, me vestí de la mejor manera posible que se me podía ocurrir, me bañe en aromas seductores, me lave la boca muy bien, al punto que cada vez que hablaba olía a menta; Salí y tome unas hermosas margaritas y me dirigí a la casa de aquella poetiza.

Al llegar a su casa, me di cuenta de que no había nadie, decidí sentarme a esperar que alguna alma apareciera. Las horas pasaron, ya estaba anocheciendo, así que para distraerme por un momento decidí recorrer los alrededores; al caminar y caminar me encontré con un granero, camine sigilosamente para ver que había dentro, abrí suavemente la puerta y lo que encontré adentro erizo cada pelo de mi cuerpo. Era la madre de Lucia cocinando algo en un caldero, y todo parecía indicar que eran personas, para ser más exactos mujeres jóvenes y bellas, me retire suavemente y luego de darme vuelta corrí rápidamente, al correr desesperadamente tropecé con una rama de algún árbol y rodee cayéndome por un precipicio.

No sé muy bien cuantas horas pasaron, o si fueron días, pero una llovizna me hizo despertar, sentía un dolor tan fuerte que no podía moverme, solo sentía una pierna y un brazo, sangraba por la boca y la nariz; y me costaba respirar. No se cómo aún estaba vivo, mis pensamientos ya no diferenciaban de lo real y lo imaginario. Sin previo aviso escuche una voz que me susurro, - Freud, estas más muerto que vivo, ¿no quisieras conocer las respuestas de lo que te intriga?, aun en estas condiciones estás pensando en esa bella dama, yo de tu estaría más preocupado por el montón de heridas que tienes - intente mover mi rostro hacia donde se oía la voz, pero el dolor fue tan grabe que no pude moverla ni un milímetro; sentía una mano fría y babosa tocar mi rostro, acaricio mis mejillas y limpio algunas lágrimas que tenía.



Albert Peiz

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Editado: 19.07.2018

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