Hoy era un día especial, él más esperado por semanas por Sonoo, era su dia libre, lo que significaba una sola cosa, visitar a su persona favorita en el mundo; su abuela.
Sonoo se estacionó frente al asilo "Hope", justo cuando el sol comenzaba a calentar la mañana. Bajó con una gorra sencilla y una mascarilla. No para ocultarse del mundo... sino para que su abuela no lo retara por "llamar demasiado la atención".
—Ya estoy aquí, abuela —murmuró con una sonrisa.
Entró al edificio saludando con una reverencia amable a las enfermeras que ya lo conocían.
Caminaba con paso ligero, con un pequeño ramo de flores en la mano. Cada vez que venía, traía las mismas: peonías rosas, las favoritas de su abuela desde que él era niño.
Justo hoy era el primer día de trabajo de Sol-Ju en el asilo y aunque estaba nerviosa, estaba feliz de comenzar algo nuevo. La tía de Hanna, la supervisora, la había guiado por los pasillos explicándole las rutinas, las habitaciones
sensibles y por supuesto la advertencia más repetida:
—Y cuidado con la habitación 204 —dijo la supervisora, con una mezcla de respeto y resignación— La señora Han puede ser algo... intensa en las mañanas.
Sol-ju sonrió, sin imaginar cuánto, pensó "solo es una abuelita, no puede ser tan complicada".
Entró al cuarto 204 con su carrito de limpieza. La habitación estaba silenciosa, pero apenas comenzó a ordenar las mantas, escuchó una voz ronca detrás de ella.
—¡Oye, tú! ¡No vayas a tocar ese jarrón! Está exactamente donde debe estar.
Sol-ju se giró sobresaltada. La mujer mayor, sentada en su sillón, tenía el ceño fruncido... pero unos ojos vivos, llenos de carácter. No era mala, solo... muy ella.
—Buenas tardes —dijo Sol-ju con una sonrisa nerviosa.
—No me saludes como si fuera tonta. Sé cuando alguien viene temblando —refunfuñó la señora Han, aunque había un brillo travieso en sus ojos— Anda, acércate. No muerdo... mucho.
Sol-ju tragó saliva. "Perfecto", pensó. "Mi primer día y me toca la más cascarrabias." Empezó a limpiar en silencio, mientras la anciana la observaba con una mezcla de juicio y curiosidad.
Mientras tanto Sonoo había llegado al pasillo del segundo piso. Ya conocía el camino: segunda puerta a la derecha, la habitacion 204. Solo verla a ella "su abuela" lo equilibraba.
Pero antes de entrar, una anciana en silla de ruedas que salió de la habitación contigua lo vio y soltó un chillido emocionado:
—¡¡Ay, Dios mío!! ¡Eres tú! ¡El guapo! ¡El que canta! ¡Ven acá, hijo, tomemos una fotito para mi sobrina... bueno... para mí! —dijo la señora, coqueta, tironeándole la manga y aprovechando el momento justo para tocar sus músculos.
Sonoo sonrió debajo de la mascarilla. Lo último que quería era llamar la atención ahí... pero tampoco era capaz de negarle una foto a una abuelita ilusionada.
—Está bien, pero solo una, ¿sí? —dijo con suavidad.
La anciana posó digna de una gala, Sonoo tuvo que dar un paso atrás para que la selfie quedara bien, girando completamente el cuerpo... justo cuando Sol-ju salía de la habitación con el balde en la mano, la cabeza baja y el cansancio de la mañana en los ojos.
No la vio y ella tampoco a él. Pasaron a menos de un metro. Otra vez era el destino jugando a las escondidas. Cuando terminó la selfie, Sonoo entró a la habitación de su abuela. Tocó con los nudillos de forma cariñosa.
—Abuela, llegué.
La voz regañona de la señora Han lo recibió de inmediato.
—¡Ya era hora! ¡Semanas sin venir! ¿Qué te crees? ¿Que no tengo sentimientos o qué? —pero cuando lo vio entrar, sus ojos se suavizaron— Te extrañé —admitió en voz baja.
Sonoo sonrió y le acomodó una manta en las piernas.
—Yo también, Abuela. Mucho. Es que... estuve distraído con... algo —le dijo pero no sabía cómo explicarlo.
La abuela lo miró con ese instinto que solo tienen las ancianas que conocen la verdad antes de escucharla.
—¿"Algo"? Ajá. Huele a mujer.
—No es eso —mintió Sonoo, sin poder evitar sonrojarse.
Ella sonrió, maliciosa.
—Bueno, hablando de mujeres... hoy llegó una chica nueva a limpiar. Torpe como un pollito mojado, pero linda. Se nota que es buena. Aunque necesito ver si aguanta mi carácter.
—Abuela... —dijo Sonoo en tono suplicante— por favor sé buena con ella. Recuerda que muchas han renunciado por tus regaños.
Ella bufó.
—¡Si renuncian es porque no tienen carácter! Pero está bien, intentaré... intentaré... no espantarla. Aunque si llega tarde, la reto. En eso sí no cedo.
Sonoo hizo una mueca de resignación, pero rió. Mientras hablaban, Sol-ju seguía su recorrido por el pasillo, ajena a la conversación... sin saber que había estado a un segundo de encontrarse con él.
Al día siguiente, Sol-ju se armó de valor para entrar a la habitación de la señora Han.
La puerta estaba entreabierta y la anciana ya estaba despierta, sentada en su sillón con los brazos cruzados.
—Llegas tarde —soltó sin siquiera saludar.
Sol-ju, nerviosa, se apresuró y entró.
—Lo siento, señora Han. El carrito estaba atasca...
—¡Excusas! —interrumpió la anciana— Cuando yo tenía tu edad, ya llevaba horas trabajando para mantener a toda mi familia.
Sol-ju se mordió la lengua para no contestar. "Respira", se dijo. "No renuncies al segundo día".
Mientras cambiaba las sábanas, la señora Han suspiró:
—Ayer me visitó mi nieto —dijo con una sonrisa que la hacía lucir "tierna" — Vino de sorpresa. Es tan guapo... y tan bueno. Le extraño tanto cuando pasa mucho tiempo sin venir... sabes el es mitad australiano, es igual a su madre, tiene unos ojos preciosos...
Sol-ju levantó la mirada, sorprendida por el tono dulce. "Tal vez no es tan cascarrabias", pensó, pero la ilusión duró tres segundos.
—¡Oye! —dijo de pronto la señora Han—¿Qué tanto te quedas congelada ahí? ¡Anda, limpia bien ese estante! Esto no es un museo.