El Dictador de la Política

Capítulo 2: El Castigo del Silencio

Al cruzar el umbral del despacho presidencial, Ethan no esperó a que la puerta se cerrara por completo antes de desatar la tormenta que contenía en su pecho musculoso.

—"A puerta cerrada, Sterling. Ahora", ordenó. Su voz barítono, grave y profunda, retumbó con una rigidez severa que hizo que los asesores del pasillo ruidoso bajaran la cabeza de inmediato.

Lía entró al imponente despacho con pasos largos y firmes, manteniendo su buena actitud inquebrantable a pesar del tono rudo de su jefe. Se giró para acomodar el abrigo de sastre de Ethan, pero él la frenó en el acto, colocándose a milímetros de ella y obligándola a levantar la vista para sostener la distancia física debido a su masiva estatura.

—"Explícame qué significaba esa escena con Marcus Thorne", dictó Ethan con una parsimonia letal, mientras sus ojos grises destilaban un fuego primitivo que Lía jamás le había visto en seis años de trabajo. —"¿Desde cuándo mi relacionista pública intercambia números personales con el enemigo en medio de una conferencia de prensa de alta velocidad?".

Lía parpadeó con una timidez dulce detrás de sus lentes, genuinamente confundida por la furia de su jefe. Su corazón comenzó a latir a alta velocidad, no por miedo, sino por la cercanía abrumadora del hombre del que estaba profundamente enamorada.

—"Señor Vance, fue una interacción estrictamente profesional", explicó Lía con voz suave y protectora, intentando calmar la rigidez militar de Ethan. —"El señor Thorne estaba impresionado con nuestra gestión de crisis y quería mi contacto para futuras consultas de relaciones públicas. Es mi deber mantener puentes con todos los sectores de Washington".

Celos Tras el Escritorio

Aquellas palabras, lejos de tranquilizar al calculador político, dispararon sus celos posesivos al límite. La idea de que Marcus Thorne —o cualquier otro hombre importante de la alta sociedad— llamara a Lía a puerta cerrada, escuchara su voz amable y descubriera la brillantez y sofisticación que ella poseía, le causaba una frustración insoportable. Él no sabía cómo expresarle que la quería solo para él; su formación militar y su mente calculadora solo entendían de control y estrategia.

—"No me interesa tu diplomacia, Sterling", sentenció Ethan, alejándose con total arrogancia y sentándose detrás de su escritorio de caoba. —"Trabajas para mi campaña. Tu mente, tus estrategias y tu tiempo me pertenecen exclusivamente a mí. No voy a permitir que la oposición se alimente de tus capacidades".

Lía bajó sutilmente la mirada. El impacto directo de su frialdad dolió, pero su dignidad blindada se mantuvo intacta. —"Entendido, señor Vance. No volverá a repetirse".

La Estrategia de la Sobrecarga

Para asegurarse de que Lía no tuviera un solo segundo libre para responder llamadas de Marcus Thorne o aceptar salidas ruidosas con los compañeros de la oficina, Ethan decidió aplicar una disciplina implacable de forma milimétrica.

—"Ya que tienes tanto tiempo para hacer relaciones públicas externas, vas a reestructurar la agenda completa del comité de Virginia para el próximo trimestre", dictó con total parsimonia, arrojando tres pesadas carpetas sobre el escritorio. —"Quiero las transcripciones del debate analizadas línea por línea, el nuevo borrador del discurso económico para el Senado y la revisión de presupuestos de la campaña nacional. Todo en mi escritorio mañana a primera hora. No te vas de esta oficina hasta que esté terminado".

Lía observó la montaña de documentos. Era una carga de trabajo inhumana para una sola noche, un castigo implacable que la obligaría a pasar la madrugada entera sin dormir bajo las luces de la oficina. Sin embargo, mirando al imponente hombre de acero que dominaba su despacho con tanta sofisticación descarada, Lía respiró hondo, acomodó su peinado clean look y tomó las carpetas con una sonrisa sutil.

—"Me pongo a trabajar en ello de inmediato, señor Vance", respondió con amabilidad profunda.

Ethan la vio salir de la estancia, sintiendo un nudo rudo en el estómago. Sabía que la estaba sobrecargando de forma injusta, pero verla allí, a pocos metros de su escritorio, bajo su absoluto control y alejada del resto del mundo, era la única manera en que el temido político lograba apaciguar el pánico primitivo de perderla.

Las luces de neón de los rascacielos de Washington D.C. parpadeaban al compás de una madrugada ruidosa, pero a puerta cerrada en las oficinas del comité político, el tiempo parecía congelado en una parsimonia agobiante. Lía Sterling no había regresado a su departamento en cuarenta y ocho horas. Su peinado clean look, siempre impecable, resistía con total sofisticación, pero detrás de sus lentes para leer, sus ojos claros reflejaban un desgaste físico alarmante.




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