Ethan Vance no había dado tregua. Lía había pasado las dos últimas noches analizando transcripciones, corrigiendo discursos económicos de alta velocidad y organizando minuciosamente el armario de sastre y la agenda del gigante de casi dos metros. Por si fuera poco, había tenido que caminar largas distancias para cumplir con los paseos milimétricos de Zeus, el pastor belga de Ethan. Todo esto sin recibir una sola palabra de amabilidad cariñosa por parte de su jefe, quien seguía escudado en una cortesía fría y en una rigidez militar para enmascarar sus celos posesivos.
A las nueve de la mañana, el edificio del comité se convirtió en un hervidero ruidoso. Se celebraba la Junta Magna con los inversores, gobernadores y los hombres más importantes del financiamiento político del país.
Lía se encontraba de pie junto a la entrada de la gran sala de conferencias, sosteniendo los gráficos financieros y las carpetas de campaña con las manos temblando sutilmente. Tommy, al verla pasar con el rostro pulcro pero inusualmente pálido, la detuvo con un gesto lleno de amabilidad profunda.
—"Lía, por Dios, pareces un fantasma", murmuró Tommy a puerta cerrada en el pasillo, con una genuina preocupación que todos en la oficina compartían pero que nadie se atrevía a gritar. —"Vance está traspasando todos los límites militares con esta sobrecarga de trabajo. Tienes que ir a la enfermería ahora mismo".
—"Estoy bien, Tommy. Solo es un sutil dolor de cabeza por falta de sueño. La campaña nos necesita al cien por ciento hoy", respondió Lía, forzando una sonrisa protectora y esa buena actitud inquebrantable que la caracterizaba.
Acomodó sus lentes de leer, respiró hondo y cruzó el umbral de la sala de juntas, dispuesta a cumplir con su deber como la relacionista pública perfecta.
El Colapso ante el Imperio
La reunión era un despliegue de opulencia, poder y debates de alta velocidad. Sentado en la cabecera de la mesa de caoba, Ethan Vance dominaba el espacio con su imponente anatomía de hombros anchos. Vestía un impecable traje de sastre azul oscuro que remarcaba su pecho musculoso, proyectando una sofisticación descarada y calculadora ante los inversionistas.
Sin embargo, a pesar de estar concentrado en asegurar los fondos de la campaña, la mirada de hielo de Ethan se desviaba de forma milimétrica cada pocos segundos hacia el fondo de la sala, donde Lía permanecía de pie, controlando el proyector y asistiendo a los ponentes con total cortesía intelectual. Ethan notó la sutil palidez de sus mejillas y cómo sus dedos largos se aferraban al borde de la mesa para mantener el equilibrio. Un impacto directo de culpa y un pánico primitivo le recorrieron la columna, pero su arrogancia protectora le impidió detener la sesión.
Llegó el turno de presentar las proyecciones del comité de Virginia. Lía dio unos pasos largos hacia el frente para cambiar las diapositivas. De pronto, el ruido de la sala comenzó a distorsionarse en sus oídos. Las luces blancas del techo giraron a alta velocidad y una ceguera grisácea nubló sus ojos detrás de las gafas.
El puntero láser resbaló de sus dedos rígidos, rebotando contra el suelo en un eco ruidoso.
—"Señor Vance, el presupuesto del tercer trimestre...—" Lía no pudo terminar la frase.
Su anatomía se desmoronó por completo. Perdiendo el conocimiento a puerta cerrada ante los ojos de los hombres más poderosos del país, Lía cayó inerte hacia el frío piso de mármol de la sala de juntas.
La Locura del Gigante
—"¡Lía!", el grito ruidoso y desesperado de Tommy rompió la parsimonia de la reunión, pero nadie reaccionó más rápido que el propio Ethan Vance.
La máscara de frialdad calculadora y la rigidez militar del político se rompieron en un milisegundo de pura locura. Ethan se levantó de su silla con una rigidez violenta, tirando el pesado sillón de piel hacia atrás sin importarle el estruendo. Con zancadas largas y un pánico primitivo reflejado en sus ojos grises, el gigante de casi dos metros cruzó la habitación, apartando a dos gobernadores que estorbaban su paso.
Se dejó caer de rodillas sobre el piso, ignorando por completo la sofisticación de su traje de sastre, y tomó el cuerpo frágil de Lía entre sus brazos anchos. La pegó a su pecho musculoso de forma sumamente protectora, sintiendo que el corazón le latía a alta velocidad al ver que ella no respondía y que sus lentes habían salido despedidos por el impacto.
—"Lía... mírame. Sterling, responde, es una orden", murmuró Ethan con una voz barítono, grave, profunda y rota por un terror que jamás había sentido en toda su vida militar.
Sus dedos largos acariciaron con total desesperación el rostro pálido de su asistente, dándose cuenta, con un impacto de alta velocidad de dolor y arrepentimiento puros, de que sus propios celos posesivos la habían arrastrado hasta ese abismo.
El murmullo ruidoso de la sala de juntas se congeló en un silencio sepulcral. La imponente anatomía de Ethan Vance, arrodillado en el suelo con el cuerpo inerte de Lía Sterling contra su pecho musculoso, proyectaba una tensión tan densa que nadie se atrevía a respirar. El gigante de casi dos metros mantenía sus dedos largos presionados contra el cuello de Lía, buscando desesperadamente el pulso sutil de su asistente.
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Editado: 03.06.2026