El pánico primitivo dictaba cada movimiento del frío estratega. Harrison, uno de los asesores de campaña más antiguos y cercanos a los grandes inversionistas, rompió la parsimonia del momento. Avanzó con pasos rápidos y se agachó al lado del político, extendiendo las manos de manera ruda para tomar a Lía por los hombros e intentar moverla.
—"Vance, muévete, hay que levantarla y sacarla al pasillo. Déjame llevarla a—"
Harrison no pudo terminar la frase.
Antes de que sus dedos rozaran la tela del traje de sastre de Lía, Ethan reaccionó con una rigidez violenta e indomable. Con un movimiento de alta velocidad, el político alzó su brazo libre y detuvo el avance del asesor, empujándolo hacia atrás con una fuerza implacable que lo hizo tambalear ante la mirada atónita de los gobernadores.
—"¡Aléjate de ella!", rugió Ethan. Su voz barítono, grave, profunda y cargada de una furia militar letal, retumbó a puerta cerrada contra las paredes de la sala.
Sus ojos grises, fijos en el asesor, destilaban un peligro inminente. La arrogancia protectora y los celos posesivos que había estado acumulando durante semanas estallaron por completo frente a los hombres más importantes del país.
—"Nadie toca a mi mujer", sentenció Ethan con una parsimonia aterradora, estrechando el cuerpo de Lía con una fuerza sutilmente posesiva contra su anatomía. —"De mi mujer me encargo yo".
El Impacto en el Imperio
Las palabras del temerario político cayeron como un impacto de alta velocidad en la conciencia de todos los presentes. Tommy y los demás compañeros de oficina se quedaron paralizados, con los ojos abiertos por el absoluto asombro. En Washington D.C., Ethan Vance era conocido por ser un hombre de hielo, calculador, totalmente ajeno a los amoríos, las parejas o las debilidades sentimentales; verlo reclamar a su asistente con semejante posesividad descarada rompía cualquier lógica política.
Sin esperar la llegada de los paramédicos al piso, Ethan se puso en pie con una parsimonia e imprecación militares, cargando el cuerpo de Lía en vilo como si no pesara nada. Su peinado clean look se había desarmado sutilmente y sus lentes para leer permanecían olvidados en el suelo, pero a él no le importaba en lo absoluto la sofisticación de su imagen en ese momento.
—"Cancelen la junta. Reprogramen a los inversores", ordenó Ethan a puerta cerrada mientras avanzaba con pasos largos y firmes hacia la salida privada de su despacho, ignorando el bullicio ruidoso que comenzaba a desatarse a sus espaldas. —"Tommy, despeja el estacionamiento. Nos vamos a la clínica ahora mismo".
La Espera del León
Veinte minutos después, la camioneta blindada ingresaba a alta velocidad en el área de urgencias de un exclusivo hospital privado de la capital. Ethan no permitió que nadie más tocara a Lía; la cargó personalmente hasta la camilla y caminó a su lado por los pasillos rústicos del hospital hasta que los médicos le impidieron el paso en la zona de reanimación.
Obligado a esperar en un pasillo solitario, el gigante de dos metros comenzó a caminar de un lado a otro con una parsimonia alterada. Se desabrochó los primeros botones de su camisa de sastre y se pasó las manos por el rostro, abrumado por un descontrol emocional que su mente analítica no podía procesar. Miró sus manos, las mismas que habían sobrecargado a Lía de trabajo de forma milimétrica solo para mantenerla atada a su escritorio, alejándola de Marcus Thorne y del resto del mundo.
El remordimiento rudo le oprimió el pecho musculoso. Ella siempre lo había cuidado con una amabilidad cariñosa y una buena actitud inquebrantable, y él la había llevado al límite de sus fuerzas por pura soberbia y miedo a admitir que la amaba. El hombre más temido de la política estadounidense estaba completamente desarmado, esperando a puerta cerrada que la única mujer capaz de derretir su hielo volviera a abrir los ojos.
El silencio rústico de la habitación privada de la clínica era absoluto, rompiendo por completo con la parsimonia y el bullicio ruidoso del mundo político de Washington D.C. Las luces estaban atenuadas para no lastimar la vista de la paciente.
Lía Sterling comenzó a abrir los ojos con una lentitud sutil. Lo primero que registró su mente analítica fue la ausencia de sus lentes para leer y que su cabello ya no estaba recogido en el impecable peinado clean look de la oficina; caía suelto y desordenado sobre la almohada blanca. Intentó incorporarse, pero un sutil mareo la obligó a detenerse, dejando escapar un débil suspiro.
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Editado: 03.06.2026