El Dictador de la Política

Capítulo 7: La Marca del Dictador

Al cruzar las puertas dobles del gran salón, la parsimonia del evento se detuvo por un instante. Tomada del brazo de Ethan Vance, Lía Sterling avanzaba con pasos largos y una sofisticación descarada que robaba las miradas de los fotógrafos de alta velocidad. Esta vez, Lía había dejado de lado su traje ejecutivo; lucía un espectacular vestido de seda negro que delineaba con total delicadeza su silueta, manteniendo su característico peinado clean look y una timidez dulce que contrastaba con la opulencia del lugar.

A su lado, la imponente anatomía de casi dos metros de Ethan dominaba el espacio. Vestía un esmoquin de sastre a medida que remarcaba su pecho musculoso y sus hombros anchos, proyectando una rigidez militar y una elegancia peligrosa. Sus dedos largos se mantenían firmes sobre la mano de Lía, guiándola con una amabilidad cariñosa pero con una fuerza sutilmente posesiva que gritaba a los cuatro vientos quién era el dueño de su atención.

La Provocación del Rival

Mientras Ethan se retrasaba sutilmente en la barra privada para recoger las copas de champán, Lía se quedó cerca de los ventanales blindados que daban al río Potomac. Fue en ese momento de dispersión cuando una figura conocida irrumpió en su espacio con total parsimonia.

—"Buenas noches, Lía. Sabía que la alta sociedad de Washington se estaba perdiendo de una joya, pero esto supera cualquier proyección de campaña", articuló Marcus Thorne, apareciendo con una sonrisa encantadora y esos modales de la moda que tanto le gustaban exhibir.

—"Señor Thorne, buenas noches", respondió Lía con su cortesía intelectual y su buena actitud inquebrantable, dando un sutil paso atrás para mantener la distancia física.

—"Por favor, dime Marcus", insistió el político de la oposición, acortando el espacio con un descaro que buscaba provocar un impacto directo en las filas enemigas. —"Me dolió mucho saber que tu jefe interceptó mis llamadas profesionales. Un hombre con formación militar e incapaz de amar solo te ve como una propiedad, Lía. Si decides venir a mi comité, te aseguro que sabré darte el lugar de importancia que una mujer tan hermosa y protectora merece".

Lección de Alta Tensión

Marcus extendió su mano de manera atrevida, intentando rozar los dedos largos de Lía para forzar un saludo cariñoso ante las cámaras de la prensa escrita.

No alcanzó a rozar su piel.

Un impacto de alta velocidad, frío y oscuro, se interpuso entre ambos. La masiva anatomía de Ethan Vance apareció de la nada, bloqueando por completo a Lía con sus hombros anchos. Con una rigidez violenta que delataba unos celos posesivos brutales, Ethan tomó la mano de Marcus Thorne a mitad de camino, apretándola con un agarre de acero que hizo que el político de la oposición cambiara el gesto de inmediato, perdiendo toda su parsimonia.

—"Thorne", pronunció Ethan. Su voz barítono, grave, profunda y peligrosamente baja, cortó el ruido del entorno ruidoso como un cuchillo militar. —"Te advertí a puerta cerrada que no volvieras a respirar cerca de mi relacionista pública. Veo que tu mente analítica no es lo suficientemente brillante para entender una orden directa".

—"Vance, estamos en un evento público, modera tu temperamento de cuartel", siseó Marcus, intentando soltarse del agarre que amenazaba con romperle los huesos de la mano, mientras los senadores de alrededor observaban la escena con un silencio sepulcral.

—"En mi cuartel, a los hombres que intentan tocar lo que me pertenece se les enseña una lección de alta tensión", sentenció Ethan con una amabilidad fría y letal, soltándolo con un desprecio descarado que hizo que Marcus diera dos pasos hacia atrás, humillado ante la alta sociedad.

Ethan se giró con total sofisticación, rodeó la cintura estrecha de Lía con su brazo ancho y la apegó ruda y cariñosamente contra su pecho musculoso, clavando sus ojos grises en la prensa para dejar claro que no le importaban los escándalos políticos cuando se trataba de su territorio.

—"Nos retiramos, Thorne. Mi mujer tiene mejores cosas que hacer que escuchar tu retórica barata", concluyó el gigante de dos metros, guiando a Lía con pasos firmes hacia la salida privada, dejando a Washington entero con la absoluta certeza de que el dictador de la política arriesgaría su imperio entero con tal de mantenerla blindada y segura en sus brazos.

La parsimonia del Hotel Watergate quedó atrás, sepultada por el sonido ruidoso de los flashes de la prensa que se desvanecían al cerrarse la pesada puerta de la camioneta blindada. El habitáculo se sumergió en una penumbra íntima, alterada únicamente por la respiración rítmica y acelerada de la imponente anatomía de Ethan Vance, quien permanecía sentado al lado de Lía Sterling con una rigidez violenta en los hombros.




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