El Dictador de la Política

Capítulo 12: El Veredicto del Gigante

Las puertas dobles del fondo se abrieron de golpe, desatando un silencio sepulcral. Con su imponente anatomía de casi dos metros y una rigidez militar que helaba la sangre, Ethan avanzó por el pasillo largo. Pero lo que causó un verdadero impacto de alta velocidad en los periodistas fue que no caminaba solo.

A su lado, unida por sus dedos largos entrelazados con una fuerza sutilmente posesiva, caminaba Lía Sterling. Lía mantenía su dignidad blindada, su característica buena actitud inquebrantable y sus lentes para leer bien colocados. Su peinado clean look y el elegante vestido negro proyectaban una sofisticación descarada ante las cámaras que transmitían en directo.

Ethan subió al podio, acomodó sus hombros anchos de sastre y obligó a Lía a pararse justo a su derecha, bajo el cobijo de su masiva y protectora presencia. Sus ojos grises escanearon la sala con una parsimonia letal antes de que su voz barítono, grave y profunda, cortara el aire ruidoso.

—"Sé perfectamente por qué están aquí", sentenció Ethan, y su tono rudo hizo eco a puerta abierta en todo el auditorio. —"Hace unas horas, una cadena de la oposición intentó orquestar una sucia jugada de relaciones públicas, atacando de forma descarada la reputación e integridad de la relacionista pública de mi comité, la señorita Lía Sterling".

Un reportero ruidoso se atrevió a levantar la mano. —"Señor Vance, las acusaciones sugieren que el ascenso de la señorita Sterling a su círculo íntimo fue un favor a puerta cerrada...".

La Destrucción de Marcus Thorne

—"Silencio", dictó Ethan con una rigidez violenta que anuló al periodista en el acto.

El político inclinó su anatomía hacia el micrófono, desatando sus celos posesivos y su instinto militar en una contraofensiva implacable. —"No voy a perder el tiempo defendiendo la brillantez intelectual de la mujer que ha sostenido las estrategias de este imperio durante seis años. En su lugar, prefiero hablar de realidades analíticas. Tommy, proyecta los archivos".

En la pantalla gigante del auditorio aparecieron gráficos financieros y contratos gubernamentales a puerta cerrada del comité contrario. El impacto directo dejó mudos a los presentes.

—"Esos documentos que ven ahí", continuó Ethan con total sofisticación calculadora, "demuestran que Marcus Thorne desvió fondos de la campaña de Nueva York para financiar empresas fantasma. El señor Thorne intentó inventar una mentira ruidosa contra mi personal porque su propia campaña se está desmoronando debido a su corrupción milimétrica. La fiscalía de Washington D.C. ya tiene estas pruebas en su escritorio. Su carrera política se terminó hoy".

La Presentación de la Reina

El murmullo ruidoso de la prensa estalló a alta velocidad. Los flashes se intensificaron, pero Ethan no había terminado. Con una amabilidad profunda y cariñosa, el gigante de dos metros se giró hacia Lía. Frente a millones de espectadores, tomó su mano izquierda, elevándola sutilmente para que las cámaras captaran el imponente anillo de diamantes que brillaba con sofisticación descarada bajo las luces del escenario.

—"Y para responder a sus dudas sobre el estatus de Lía Sterling en mi vida", sentenció la voz barítono del político, cargada de una arrogancia protectora indomable, "ella no es mi empleada, ni una asistente oculta detrás del telón. Ella es mi prometida. La futura señora Vance".

Lía lo miró con una timidez dulce y el corazón latiendo a alta velocidad, sintiendo cómo los seis años de un enamoramiento silencioso se transformaban en un triunfo absoluto ante el país entero. La cortesía fría de la política de Washington había sido destruída por el fuego de un hombre que prefirió poner en juego su campaña antes que permitir que dañaran a la mujer que amaba.

Ethan la rodeó por la cintura con su brazo ancho, estrechando su anatomía contra su pecho musculoso de forma sumamente protectora, y la besó frente a los medios de comunicación en vivo, sellando una victoria que ya no era solo electoral, sino el inicio de su vida juntos.

La noche de las elecciones presidenciales en Washington D.C. envolvía la capital en una atmósfera de alta tensión y expectativas monumentales. El búnker principal del comité político era un laberinto ruidoso de pantallas gigantes, analistas proyectando gráficos a alta velocidad y teléfonos sonando sin tregua. Texas había sido el punto de inflexión milimétrico, y ahora el país entero esperaba el conteo del último porcentaje de votos




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