El Director

Prólogo

Videoclub, día.

El polvo dormía sobre las carátulas viejas. Elliot Gardner deslizaba el plumero con un cuidado innecesario, como si limpiara recuerdos ajenos.

Afuera, el sol se filtraba entre las persianas del local, dejando líneas de luz sobre los estantes torcidos.

El sonido de la campanita lo arrancó de su trance.

No era un sonido común. En aquel lugar casi nunca entraba nadie.

Tres chicas cruzaron la puerta entre risas y perfume barato.

Elliot ladeó la cabeza apenas desde el pasillo, sin intención de ser visto. Pero lo fue.

Una de ellas —cabello oscuro, sonrisa distraída, una manera ligera de tocarse el pelo— absorbió su atención como un imán.

No era la más llamativa, pero había algo en su calma que parecía desafiar al ruido.

El corazón de Elliot hizo un movimiento torpe, una especie de tropiezo emocional.

No pensó su nombre, solo un pensamiento simple, infantil: ¿Quién eres?

El encargado lo llamó desde el mostrador, rompiendo el momento.

—Gardner, ¿qué haces mirando?

Risas contenidas. Las chicas giraron. Elliot simuló concentración.

—Buscan algo de terror —dijo el hombre.

Elliot asintió y las guió por el pasillo.

El silencio se estiraba entre ellos, roto apenas por el roce de sus zapatos contra el piso encerado.

Frente a la estantería de “Terror”, el aire olía a plástico viejo.

—Aquí tienen —dijo él, forzando una sonrisa—. Elijan con calma.

Mientras ellas conversaban, Elliot apenas se permitía fijarse.

«Ella no pertenece aquí.» Pensó

—¿Tú cuál recomendarías? —preguntó una de las chicas, sin saber que había abierto una puerta.

Elliot dudó, luego dejó que su instinto hablara.

—Depende… si quieren algo ligero o algo que las haga cerrar los ojos.

—Ligero —dijo ella, la del cabello oscuro—. Mis amigas no soportan el miedo.

Elliot buscó entre las cajas, hasta que sus dedos se detuvieron sobre una.

Se la ofreció sin mirarla del todo.

—Coraline.

Ella arqueó una ceja, divertida.

—¿Eso es una broma?

—No. Es perfecta. Técnicamente infantil… aunque el miedo que deja no es para niños.

Hubo una pausa breve. Ella sostuvo la película, luego se dejó atrapar por los ojos de él.

Una mirada simple, pero para él fue como un parpadeo eterno.

Pagaron, se despidieron y salieron envueltas en risas.

El silencio volvió a ocupar el local.

Elliot quedó anclado al lugar, viendo cómo la puerta se cerraba y el eco del timbre se desvanecía.

«No puede ser más hermosa…»

Volvió a tomar el plumero. Sus movimientos eran lentos, ausentes.

La cámara podría acercarse a su rostro, a su leve sonrisa, mientras su mente narraba:

«Algunas películas no necesitan guion. Solo los actores correctos. Y creo que acabo de conocer a mi coprotagonista.»




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