El Director

Capítulo 4

El festival seguía latiendo como una máquina fuera de control.

Ruidos, voces, luces que se cruzaban sin sentido aparente.

Elliot permanecía sentado, invisible entre la multitud, con la capucha cubriéndole medio rostro y el brillo azul del celular iluminándole la mirada.

En medio de la confusión, su mundo se reducía a una pantalla.

El teléfono era su sala de edición portátil: ahí cortaba, analizaba, y montaba la realidad a su gusto.

Sus dedos se movían rápido, con precisión quirúrgica. Entró al perfil de Diana Ford, sin apartar la vista del grupo de chicas a pocos metros.

Cada desplazamiento de su dedo era un corte de montaje: fotos de Diana en distintos escenarios, su sonrisa practicada, sus poses casi idénticas.

Hasta que una imagen le detuvo.

Ella. Con su pareja.

Una foto feliz. Un encuadre perfectamente compuesto. Insultantemente perfecto.

«¿Cómo puede una víbora como ella tener novio? Pobre hombre, debe estar ciego. Ciego y encantado con el papel que no sabe que interpreta.»

Elliot arqueó una ceja, su boca apenas se movió al susurrar:

—Siete mil seguidores…

El número le quedó resonando. Su mente empezó a cortar y editar la escena mentalmente: el público, las luces, la figura de Diana. Todo le resultaba artificial.

«Siete mil. Claro… la atención es su droga. Personas como ella la coleccionan como trofeos. No hay profundidad, solo ruido digital.»

El resplandor del cristal retroiluminado marcaba los contornos de su rostro; por momentos, parecía que Elliot estaba dentro de la película que observaba.

La música del festival se desvanecía, reemplazada por el zumbido de su propia obsesión.

«Diana Ford. Personaje bidimensional. Superficial. Predecible. Un virus en el disco duro. Mi protagonista —Luz— merece un reparto de apoyo de primera línea.»

Elliot levantó lentamente la vista.

Allí estaban ellas, riendo. Luz en el centro, brillante, pura. Diana al lado, sonriendo de un modo que le resultaba ofensivo.

Una presión extraña le cruzó el pecho. Un pequeño temblor recorrió su mandíbula.

«La hipocresía… el peor tipo de actuación. Y yo, soy un juez severo de los guiones baratos.»

El entorno seguía vibrando a su alrededor —gente bailando, luces que giraban, vasos cayendo al suelo—, pero para él todo se reducía a ese contraste: la luz de Luz, la sombra de Diana.

Se guardó el dispositivo despacio, sin dejar de mirar hacia ellas.

Respiró hondo. El gesto exacto antes de dar una instrucción.

Sus dedos se cerraron en un puño leve, casi imperceptible.

La cámara —en su mente— se acercaba a su rostro, capturando la determinación en sus ojos.

Elliot sabía lo que seguía.

El siguiente paso debía ser calculado, meticuloso, sin errores. En su cabeza ya sonaba la voz del narrador invisible.

---

El bullicio del festival seguía afuera, ajeno al pequeño terremoto que se gestaba en la cabeza de Elliot.

No se movía; parecía parte del mobiliario, con la mirada fija en el grupo.

Hasta que Diana se levantó.

Elliot inclinó ligeramente el cuerpo hacia adelante, afinando el oído entre el ruido.

—Voy al baño —dijo ella, casual, sin saber que con esa frase acababa de abrir una nueva secuencia.

Un rictus de satisfacción le tensó el rostro. Un gesto diminuto, casi imperceptible, pero suficiente.

Dejó que su atención se deslizara tras ella

Luego giró la cabeza, registró la mesa más próxima: hombres mayores, risas, vasos vacíos, desorden.

Su mente trabajó con la precisión de un editor.
Una hoja. Un bolígrafo.

Caminó hacia allí, pasando a su lado con una naturalidad estudiada.

Deslizó la mano por la madera y, sin detenerse, tomó ambos objetos. Nadie lo notó.
Nadie lo hace cuando el director decide pasar desapercibido.

Entró al baño.

El sonido cambió. El aire era más denso, el olor metálico, artificial.

El eco de la música llegaba distorsionado, como una frecuencia lejana.

Elliot bajó su escondite de tela, cerró el abrigo hasta el cuello.

El corazón le latía rápido, pero sus pasos eran suaves, calculados.

«¿Dónde estás, Diana?»

Un ruido.

El chirrido leve de una puerta, luego el silencio.
Elliot bajó la vista: vio las zapatillas de ella bajo una de las puertas.

Se apoyó en la pared. Pegó la hoja contra el azulejo, apretó el bolígrafo.

Escribió con trazo firme, casi sin respirar:

“El ángel no es tan ingenua como crees, Diana.
Deja de usarla.”

Una nota breve, cruda. Lo justo para generar la duda.

Miró el dispensador de gel, presionó una pequeña cantidad y la usó como pegamento improvisado.

Se aproximó hasta la puerta donde estaba ella.
Golpeó fuerte, solo una vez.

El papel se adhirió con un sonido seco.

El golpe resonó en todo el baño.
Diana dio un salto, llevándose la mano al pecho.

—¿Qué…? —susurró, intentando recuperar el aire.

Se inclinó, vio una sombra bajo la puerta.
Elliot no se movió.

La respiración contenida, el pulso clavado en las sienes.

Diana tragó saliva y abrió lentamente.
La hoja temblaba, pegada de forma torpe pero visible.

—¿Qué mierda es esto? —dijo, frunciendo el ceño.

Leyó el mensaje, los ojos le cambiaron de tono.

—Avril, Juliana... no fue gracioso. Casi me da un infarto. —murmuró, rompiendo el papel.

Lo tiró a la basura, fue al lavabo, abrió el agua.
Su respiración seguía agitada.

Se analizó en el espejo grande del baño, intentando recomponerse.

Un instante después, notó algo: una forma detrás de su reflejo, un destello de sombra.

—¿Qué carajos...? —susurró, girándose.

Nada. Solo una mancha en el espejo.
Pasó la mano, se limpió la cara, suspiró y salió.

El silencio volvió.

Elliot seguía dentro, escondido en uno de los cubículos.

Escuchó la puerta cerrarse, y recién entonces exhaló.




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