El Director

Capítulo 7

La noche tenía el brillo húmedo del asfalto recién lavado.

Elliot seguía los pasos de Luz Fischer a una distancia prudente, como si la sombra de ella marcara el ritmo exacto de su respiración.

El aire estaba frío.

Los faroles, altos y distantes, la iluminaban como si cada uno fuera un reflector apuntando a su protagonista.

Ella se detuvo frente a una pequeña tienda abierta las veinticuatro horas. Elliot también.

Siguió su rastro hasta el interior.

Esperó un segundo —dos, quizá— y cruzó la calle con la cabeza baja, la gorra hundida hasta las cejas.

El sonido del timbre al abrir la puerta pareció una claqueta invisible.

Dentro, la luz blanca era hiriente. La mudez del local apestaba a desinfectante.

Luz estaba en el pasillo uno, perdía la vista entre los precios... con la paciencia de quien mide su economía.

Elliot se internó en el pasillo contiguo.

«El destino no existe, Luz; solo los “call sheets” que nadie más alcanza a leer. Es hora de nuestra escena compartida.»

Giró la esquina, fingiendo buscar algo. Y allí estaba ella, frente a frente, en foco.

—Elliot, qué casualidad —exclamó Luz, con la sorpresa iluminándole la mirada.

Él le devolvió el gesto, cargando sus facciones con una torpeza estudiada.

—Tú eras… —buscó inspiración en el techo— ah, ya me acordé: Luz, ¿verdad? Vaya, me recordaste.

—Sí, soy yo. Cómo no acordarme… desde el videoclub, luego el festival —rió—. No dejas de aparecer, ¿eh?

Elliot rió también, bajo, sincopado. Luego bajó la mirada, buscando la excusa.

—¿Vas a comprar algo?

Luz soltó el aire, derrotada por los precios.

—Solo miro. Busco algo barato, lo justo para cenar. No tengo mucho dinero.

Elliot metió la mano en el bolsillo. Sacó un billete arrugado, lo puso sobre la palma con calma quirúrgica.

—Cambiemos el guion —propuso Elliot, bajando el tono hasta volverlo casi un secreto—. Las protagonistas no comen sobras. Un sándwich es una inversión en la escena. ¿Te parece si invito y celebramos que el destino es un pésimo director… pero al menos nos juntó dos veces en una semana?

Luz le sostuvo la mirada con sorpresa. Había en sus ojos más curiosidad que desconfianza.

Un silencio breve.

Después, una sonrisa.

—Sí, me parece bien —aceptó ella, soltando una carcajada suave—. Me causa gracia cómo hablas, tan… cinematográfico. Supongo que es normal si trabajas entre películas.

Elliot asintió, casi agradecido.

Pagaron en la caja. Dos sándwiches, una toma nueva.

—¿Te acompaño a casa? —preguntó Elliot, con tono neutral, sin insistencia.

Luz vaciló un segundo.

—Si quieres venir… pero tendrás que regresar solo, y ya será tarde.

—No te preocupes, Luz. A estas horas nadie debería caminar sola.

Ella asintió. Salieron juntos.

La calle los recibió con un murmullo de autos lejanos y olor a pan tibio.

Sus pasos resonaban en la vereda como el compás lento de una canción que nadie más escuchaba.

Luz dio una mordida al sándwich, y Elliot no le quitó el ojo de encima.

Cada movimiento era un plano perfecto: la miga deshaciéndose, la mirada dulce, el silencio compartido.

«Cody te negó el transporte. Yo te doy compañía, comida y seguridad.»

---

Caminaron durante varias cuadras, sin prisa.
El viento arrastraba hojas secas por la vereda y el murmullo de los autos era apenas un eco distante.

Luz hablaba con calma: anécdotas pequeñas, comentarios sueltos. Elliot la escuchaba como si cada palabra pudiera servirle para escribir una secuencia futura.

Al cabo de unos minutos, ella se detuvo.

—Ahí vivo —dijo, señalando un edificio de fachada amarillenta.

Un cartel oxidado colgaba torcido sobre la entrada: DEPARTAMENTOS EL DORADO.

Elliot recorrió la fachada con la mirada. El neón parpadeaba con intermitencia, tiñendo la acera de un dorado enfermo.

«El Dorado… un tesoro escondido. Cada dirección es una coordenada del libreto. Ya tengo la locación.»

—Bonito lugar —comentó Elliot, rompiendo la mudez.

Caminaron los últimos metros hasta la puerta.
Luz buscó las llaves en el bolso y, antes de abrir, se volvió hacia él.

—¿Vives sola? —preguntó Elliot, con un tono que fingía simple curiosidad.

—No, vivo con Coco —respondió.

Elliot arqueó una ceja.

—¿Coco? ¿Tu padre?

Luz rió, bajando la cabeza.

—No, mi gato. Es mi compañero. Me encantan los gatos.

Elliot forzó una curva amable en sus labios.

—Eso es genial, Luz. A mí también me encantan los gatos.

Por un instante, ninguno habló. Solo el zumbido del neón acompañaba el aire frío.

Elliot tomó una bocanada de aire para estabilizar el pulso.

—Gracias por dejarme ser tu guardaespaldas esta noche —dijo con una sonrisa tranquila, genuina en apariencia.

Luz lo miró, los ojos suaves, agradecidos.

—Gracias a ti por el sándwich y por acompañarme. Eres… diferente a los demás. No creo que sea casualidad esto. Quizás el destino intenta decirme que deberíamos ser buenos amigos.

«Amigo. Un rol secundario con acceso total al set.»

—Tienes razón —respondió Elliot—. No fue casualidad.

Sacó el teléfono del bolsillo.

—¿Te puedo agregar a algo? Para hablar si quieres.

Luz asintió.

—Claro, búscame en Instagram —recitó con naturalidad.

Le dictó su usuario.

Elliot fingió buscarlo, deslizando el dedo sobre la pantalla como si ese perfil no hubiera estado ya en sus “buscados” desde hacía días.

Guardó el teléfono y sonrió.

—Bueno, ya te dejo descansar.

—Gracias, Elliot. Buenas noches.

Ella subió un escalón, y antes de entrar, giró apenas.

—¡Ah! Vete por la sombra —bromeó.

A Elliot se le escapó una risa baja.

—¿Graciosa, eh? —dijo, sin poder evitar sonreír.

Luz cerró la puerta con un suave clic.
La luz interior se apagó.




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