El Director

Capítulo 10

El trapo húmedo se deslizaba sobre el mostrador con una precisión casi quirúrgica.
Elliot limpiaba como quien intenta borrar un pensamiento.

El videoclub estaba más vivo que de costumbre.
Un murmullo leve, pasos, el tintinear de las cajas de DVD.

Parecía un lunes prometedor.

El cartel de promociones que había colgado afuera funcionaba.

Un pequeño éxito de taquilla, pensó.

Elliot inspeccionó su dominio por un instante: los pasillos, las luces cálidas, los rostros distraídos.

El plano era sereno, casi doméstico.

Volvió a mirar el mostrador, pasó el trapo otra vez.

Todo marchaba sobre ruedas. Demasiado perfecto para ser real. Entonces, la campanita sonó.

El sonido lo cortó todo. Elliot despegó los ojos del mostrador. Y ahí estaba.

Cody Blake.

Quieto en la entrada, con el abrigo medio abierto, los ojos recorriendo el lugar.

La mudez se resquebrajó como una pieza de cristal.

«Cody Blake en mi set. Una irrupción amateur que ensucia el encuadre. Una improvisación barata que no pienso permitir.»

Cody se adentró en los pasillos. Leía títulos al pasar, falseaba interés. Pero sus ojos buscaban algo más.

Hasta que lo vio. El delantal de Elliot. El nombre bordado.

Sus pasos se hicieron más firmes.

Elliot lo esperó de pie, el trapo aún en la mano.

—¿Trabajás aqui? —preguntó Cody, con una hostilidad que no lograba camuflar.

Elliot lo volteó a ver.

—Así es. Soy el dueño.

Cody asintió despacio. Sus labios se apretaron en una mueca que intentaba ser una sonrisa.

—Entonces sí… eres Elliot Gardner.

Afonía. Solo el zumbido del fluorescente.

—Me llegó un rumor —dijo Cody—. Que el tipo del videoclub anda más cerca de lo debido de mi chica.

Elliot no respondió. Dejó el trapo sobre el mostrador, ordenadamente.

—Luz —continuó Cody—. Mi Lulu. La acompañaste una noche. Y después… café.

Elliot lo contempló con calma estudiada. Una expresión que no decía nada.

—No sé de qué hablás. —Pausa—. Tengo muchos clientes. ¿Tú eres…? Ah, sí. Cody. Escuché de ti.

El aire se volvió más denso.

Cody se pasó la mano por la cara, impaciente.

—No te hagas el simpático. Ya eh lidiado con tipos como tú. No quiero verte cerca de ella. ¿Quedó claro?

Elliot sostuvo su mirada. La suya era fría, casi amable.

—Clarísimo.

—Bien. —Cody se giró—. No tengo tiempo para esto.

«Claro, no tienes tiempo por tu torneo. Tu patético universo de píxeles.»

Cody se alejó sin echar un vistazo. La campanita volvió a sonar al salir.

Elliot quedó quieto. Solo el sonido del reloj y el eco de su respiración.

Apretó el trapo húmedo entre los dedos, el agua goteando sobre el mostrador.

—Dijo que le llegó el rumor… —siseó Elliot para sus adentros, mientras la idea cobraba forma—. Gracias, Diana. Qué generosa.

Se sentó detrás del mostrador, exhalando despacio.

Elliot clavó la mirada en la puerta. El reflejo del vidrio le devolvió su propia figura, quieta, espectral.

«Cody, querido… acabás de escribir tu última escena.»

---

El reloj marcaba las 6:30. El sol se desangraba sobre la fachada amarillenta de los Departamentos El Dorado.

Elliot apagó el motor y dejó que el silencio llenara el interior del auto alquilado.

Un vehículo anónimo, funcional.
El tipo de auto que nadie recuerda haber visto.

«Después de esto… tal vez tenga que comprarlo.»

Se acomodó la gorra, bajó un poco los anteojos de sol.

El reflejo naranja le cortaba la mitad del rostro.

Sacó el dispositivo.

El chat de Luz seguía abierto. Leyó el intercambio de hace unas horas:

“¿Y qué planes tienes para hoy?”

“Me veré con Cody en unas horas, y luego no sé jaja.”

Sus labios se tensaron en una línea de triunfo mudo.

Apoyó los dedos sobre el volante, los tamborileó con paciencia.

El sonido seco de las uñas marcaba el ritmo de la espera.

Entonces lo vio.

Cody doblando la esquina, caminando con su típica prisa arrogante.

Elliot se hundió en el tapizado y corrigió la visera.

«Llegás tarde al rodaje, campeón.»

Cody cruzó la calle y tocó la puerta del departamento. Elliot monitoreó la situación desde el parabrisas.

Se fijó el asiento trasero. El martillo nuevo, envuelto todavía en su bolsa de ferretería.

«Lo compré para colgar un póster... curioso destino para un accesorio tan simple.»

Volvió a escrutar el edificio. La puerta se abrió. Cody pasó.

Y el entorno quedó en paz.

El tiempo pasó despacio. El crepúsculo terminó de devorar la tarde, y las luces del barrio encendieron su tono amarillento, como un filtro de película gastada.

Elliot no se movió, solo observaba. La respiración tranquila, el pulso constante.

Hasta que la puerta volvió a abrirse.

Cody salió.

Su cuerpo rígido, la mandíbula apretada. Luz lo siguió hasta la vereda.

Elliot bajó el vidrio apenas. El aire fresco de la tarde se mezcló con las voces.

—¡Espera, no te vayas así! —suplicó Luz, proyectando su voz en la soledad de la acera.

—Ya te lo dije, Luz. No quiero que te veas con ese nerd del videoclub.

Elliot contuvo el aliento.

—¿No puedo tener amigos? —preguntó Luz.

—Sí, pero tengo que saberlo antes. —Cody dio un paso hacia ella—. Entiéndelo, es por tu bien.

Luz lo miró sin entender.

—Cody, estás exagerando. Es solo un amigo.

Los diálogos eran torpes. Ella no debía suplicar. Cody no debía elevar la voz. Necesitaban dirección.

Elliot entrecerró los ojos. El sonido de sus propias pulsaciones le llenó los oídos.

—Pues yo soy tu novio —gruñó Cody—. Y más te vale cuidar lo que subes.

—¿Qué?

—Sí. Cada imbécil que te ve te desea. No me hagas quedar como un idiota. Me voy.

Cody dio media vuelta y se alejó.

Luz quedó inerte en la entrada.

Solo el viento jugaba con su cabello. Luego bajó la mirada, se metió de nuevo al edificio.




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