El calor de Cozumel me golpeó apenas bajé del avión, un contraste violento con el aire acondicionado del jet privado donde Erick Allen y yo no nos habíamos dirigido más de diez palabras en tres horas. Él se había pasado el vuelo sumergido en planos digitales, con una expresión de concentración que, por muy molesta que yo estuviera, debía admitir que le daba un aire... interesante. Pero no iba a dárselo a notar.
—El terreno es aquel —dijo Erick, señalando hacia una extensión de costa virgen donde la selva parecía fundirse con el turquesa del Caribe—. Es perfecto. La estructura principal será de acero y cristal templado para maximizar la vista.
Estábamos de pie sobre una saliente de piedra caliza. El viento despeinaba mi cabello y el olor a salitre ya se me pegaba a la piel. Miré sus planos y luego el paisaje. Algo no encajaba.
—¿Acero y cristal? —pregunté, cruzándome de brazos—. Erick, esto es una isla con alma, no una oficina en Manhattan. El cristal va a crear un efecto invernadero y el acero se siente frío, casi agresivo contra este entorno.
Él suspiró, cerrando su tableta con un clic seco que me irritó los nervios. Se giró hacia mí, bajándose un poco las gafas de sol. Sus ojos eran más intensos bajo la luz del mediodía.
—Se llama modernismo, Isabella. Mi constructora es famosa por estructuras vanguardistas que desafían la gravedad. Lo que tú sugieres en tus notas —hizo una pausa con una sonrisa ladeada que no llegó a ser amable—, esa idea de paredes de piedra y madera... parece más una cabaña rústica que un hotel de lujo internacional.
—No es una cabaña, es coherencia —le respondí, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal—. El lujo hoy en día es la conexión con la naturaleza, no el aislamiento tras un vidrio. Si ponemos bungalows flotantes, deben sentirse como si siempre hubieran estado ahí, no como naves espaciales que acaban de aterrizar.
Erick soltó una risa corta, de esas que te dan ganas de gritar.
—Eres terca, ¿verdad? Tu padre me contrató porque sé lo que hago. Mi diseño asegura durabilidad ante huracanes y una estética impecable.
—Y mi padre me trajo a mí porque yo sé cómo hacer que la gente se sienta en casa, no en una vitrina —le espeté—. No voy a dejar que conviertas este paraíso en un monumento a tu propio ego, Arquitecto Allen.
Él guardó silencio un momento, estudiándome. La distancia entre nosotros se acortó por la inercia de la discusión. Podía oler su perfume, algo cítrico y amaderado que odié que me gustara tanto.
—Bien, Diseñadora Brown —dijo finalmente, con una voz más baja y peligrosa—. Mañana presentaremos los primeros bocetos conjuntos. Tienes hasta el amanecer para convencerme de que tu "coherencia" es mejor que mi acero. Pero te advierto: no soy un hombre fácil de convencer.
—Y yo no soy una mujer que acepte un "no" por respuesta —le devolví el reto.
Se dio la vuelta y caminó hacia la camioneta que nos esperaba, dejándome allí, con el corazón latiendo rápido de pura rabia... o de algo que prefería no identificar todavía. Cozumel iba a ser un campo de batalla, y yo no pensaba perder.
Después de nuestra pequeña guerra de palabras frente al mar, decidimos separarnos. Él se fue en la camioneta de la constructora y yo pedí un taxi hacia el hotel provisional donde nos hospedaríamos. Necesitaba ducharme, quitarme la sal y, sobre todo, sacudirme la irritación que Erick Allen me provocaba.
Al caer la noche, Cozumel se transformó. El aire se volvió más fresco y las luces de los pequeños restaurantes frente al malecón empezaron a brillar. No quería quedarme encerrada en mi habitación pensando en planos y acero, así que me puse un vestido de lino blanco, sencillo pero elegante, y salí a caminar.
Busqué un pequeño restaurante llamado “El Cielo”, un lugar escondido con mesas de madera sobre la arena y velas dentro de frascos de vidrio. Parecía el lugar perfecto para cenar sola y organizar mis ideas.
—¿Mesa para una, señorita? —me preguntó el mesero.
—Sí, por favor, cerca del mar si es po...
Me detuve en seco. A solo dos mesas de la que me ofrecían, estaba él.
Erick se había quitado la formalidad de la tarde; llevaba una camisa de lino azul oscuro con las mangas remangadas y estaba concentrado en una copa de vino tinto. Al sentir mi presencia, levantó la vista. Su expresión de sorpresa duró solo un segundo antes de que esa sonrisa de suficiencia volviera a aparecer.
—Vaya, parece que compartimos el buen gusto por los lugares apartados, Diseñadora Brown —dijo, poniéndose de pie con una caballerosidad que no esperaba.
—Parece que sí, Arquitecto —respondí, tratando de sonar indiferente aunque mi corazón dio un salto traicionero—. No sabía que este era su tipo de lugar. Pensé que preferiría algo más... "acero y cristal".
Él soltó una carcajada genuina, una que iluminó sus ojos de una manera que me dejó sin aliento por un instante.
—Touché. Pero a veces, incluso yo necesito un poco de "coherencia" con la naturaleza. ¿Por qué no se sienta? Cenar sola en un lugar así es un desperdicio, y sospecho que ninguno de los dos ha avanzado mucho en los bocetos por separado.
Dudé un momento, pero la curiosidad ganó. Me senté frente a él.
La cena fluyó de una manera extraña. Entre el sabor del pescado fresco y el sonido de las olas, la hostilidad de la tarde se fue suavizando. Descubrí que Erick no era solo un arquitecto frío; era un apasionado de la historia de los materiales. Me contó de sus inicios en Boston, de cómo su padre también fue un hombre duro y cómo eso lo empujó a ser el mejor.
—Mi padre no acepta menos que la perfección —confesó él, mirándome fijamente—. Supongo que en eso nos parecemos, Isabella. Ambos cargamos con el peso de un apellido.
—Yo solo quiero mi propio espacio, Erick —le dije, bajando la guardia—. ISVO es el sueño de mi padre y el de mi hermana. Mi oficina en Boston era mi manera de decir: "esto lo hice yo sola".