El Diseño de nuestro destino

CAPITULO 4 Aprobación y Descontrol

El aire acondicionado de la sala de juntas provisional apenas lograba mitigar el nerviosismo que sentía. La pantalla gigante frente a nosotros mostraba el logo de ISVO mientras esperábamos la conexión con Boston. A mi lado, Erick se veía impecable de nuevo, aunque yo sabía que debajo de esa camisa planchada había un hombre que no había dormido por perfeccionar nuestra visión.

La imagen de mi padre apareció. Nicholas Brown se veía imponente en su oficina, con Ivana sentada a su derecha tomando notas.

—Isabella, Erick. Espero que tengan buenas noticias —dijo mi padre sin preámbulos.

Erick tomó la palabra primero, proyectando los renders. Explicó la estructura, la sostenibilidad y cómo el acero de la constructora Allen se rendía ante la naturaleza de la isla. Luego me tocó a mí. Hablé de la calidez, de los suelos de madera local que invitarían a los huéspedes a caminar descalzos y de los bungalows que parecían flotar en un sueño turquesa.

Cuando terminamos, hubo un silencio denso. Mi padre miró los diseños fijamente, entrelazando sus dedos sobre el escritorio.

—Es... arriesgado —soltó finalmente. Mi corazón se hundió—. Es lo más ambicioso que hemos intentado. No parece un hotel ISVO, parece una declaración de principios.

—Esa es la idea, papá —intervine, tratando de que no me temblara la voz.

—Me gusta —dijo él, y una sonrisa genuina apareció en su rostro—. Pero no es suficiente. Si van a ser así de audaces, quiero que el hotel se inaugure en seis meses, no en doce. Y para asegurarme de que no se distraigan, iré a Cozumel en tres días para supervisar el inicio de la obra personalmente.

Casi me ahogo con mi propio aire. ¿Seis meses? ¿Mi padre aquí?
—¿Tres días? —Erick intervino, manteniendo la calma profesional—. Es un plazo agresivo, señor Brown.

—Por eso tengo a los mejores trabajando en ello. No me fallen. Nos vemos pronto.

La pantalla se fue a negro. Me dejé caer en la silla, exhalando todo el aire que tenía contenido.

—¿Seis meses? Está loco —susurré—. Y viene para acá... Erick, mi padre es un sargento cuando está en una obra.

Erick se acercó a mí y, rompiendo toda barrera profesional, puso una mano en mi hombro.
—Entonces, supongo que esta es nuestra última noche de paz, Isabella. No podemos hacer nada por el tiempo ahora, pero sí podemos celebrar que logramos que el gran Nicholas Brown sonriera.

—¿Celebrar? ¿Cómo?

—Conozco un lugar en el centro, lejos de los hoteles de lujo. Solo música, mezcal y gente que no sabe quiénes somos. ¿Te atreves?

Acepté. Necesitaba apagar el cerebro.

Horas más tarde, el ambiente era muy distinto al de la oficina. El bar era poco más que una terraza con luces de colores y una banda de son cubano tocando en vivo. Después del segundo mezcal, el mundo dejó de ser planos y fechas de entrega.

—Bailas bien para ser una "diseñadora estirada" —me susurró Erick al oído mientras nos movíamos entre la multitud. El calor de su aliento me erizó la piel.

—Y tú no eres tan rígido como el acero cuando te quitas la corbata —le respondí, rodeando su cuello con mis brazos.

La música se volvió más lenta, más pesada. La distancia entre nosotros desapareció. Ya no era solo el alcohol; era la adrenalina del reto de mi padre y la tensión de todos estos días acumulada. Erick detuvo su movimiento y me miró con una intensidad que me hizo flaquear las piernas.

—Isabella, si te beso ahora, no habrá vuelta atrás para mañana en la oficina —advirtió con voz grave.

—Mañana ya tiene demasiados problemas, Erick —respondí, acortando la distancia.

Me besó con una mezcla de hambre y desesperación, una fuerza que me hizo olvidar que estábamos en un lugar público. Sus manos se aferraron a mi cintura como si yo fuera lo único sólido en una isla a punto de ser invadida. En ese momento, Cozumel dejó de ser un proyecto de trabajo para convertirse en algo mucho más peligroso: una tentación de la que no quería escapar.

El trayecto del bar a la habitación fue un borrón de manos entrelazadas y respiraciones entrecortadas. En el momento en que la puerta se cerró tras nosotros, la última pizca de cortesía profesional se desvaneció. Erick me acorraló contra la madera, sus manos subiendo por mis muslos con una urgencia que me hizo soltar un gemido contenido.

—He querido hacer esto desde que entraste hecha una furia a la oficina de tu padre —susurró contra mi cuello, y el calor de su aliento me erizó la piel.

—Hablas demasiado, Allen —le respondí, tirando de su camisa hasta que los botones cedieron.

Nos movimos hacia la cama en una danza de torpeza y deseo. El contraste era embriagador: la suavidad de las sábanas de seda contra el calor abrasador de su piel. Erick era como el acero que tanto defendía en sus planos: firme, fuerte y decidido, pero cuando sus labios bajaron por mi clavícula, descubrí una ternura que me dejó desarmada.

Bajo la luz tenue que entraba por el balcón, cada caricia se sentía como un descubrimiento. Sus manos, expertas en trazar líneas perfectas, ahora recorrían mis curvas como si estuviera memorizando un nuevo mapa. Yo me aferré a sus hombros, hundiéndome en la sensación de su peso sobre mí, perdiéndome en el aroma a cítricos y deseo que lo envolvía todo.

No fue una noche tranquila; fue una colisión de voluntades. Había una especie de lucha en cada beso, una necesidad de reclamar lo que ambos habíamos intentado negar. En el punto máximo de la pasión, cuando el mundo exterior —mi padre, ISVO, mi oficina en Boston— dejó de existir, solo quedamos nosotros dos. El ritmo de su respiración contra la mía era lo único real, una armonía perfecta que ningún plano arquitectónico podría jamás replicar.

Cuando finalmente nos hundimos en el silencio de la madrugada, envueltos en el abrazo del otro, supe que las cosas jamás volverían a ser iguales. Habíamos construido algo mucho más sólido y peligroso que cualquier edificio.




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