El Diseño de nuestro destino

CAPITULO 6 Sombras en el Asfalto y Mentiras en el Paraíso

Boston: El rugido de la leona.

El aire en el estacionamiento subterráneo de mi edificio estaba cargado de una humedad gélida. Ivana acababa de llegar en su deportivo plateado; se veía pálida, pero decidida. Entre las dos, ayudábamos a Alexa a subir al auto. La idea era llevarla a una casa de campo segura a las afueras de la ciudad.

—Rápido, Alexa, sube —susurró Ivana, mirando nerviosa hacia las sombras.

Justo cuando estaba por cerrar la puerta del pasajero, un chirrido de neumáticos resonó en las paredes de concreto. Un SUV negro bloqueó la rampa de salida. Sergio bajó del vehículo, y esta vez no gritaba; su silencio era mucho más aterrador. Tenía los ojos desorbitados y una vara de metal en la mano derecha.

—No se van a llevar a mi mujer —dijo con una calma venenosa—. Ivana, quítate de en medio si no quieres que papá tenga que recoger tus pedazos. Isabella... tú siempre fuiste el problema. La "venezolana" que cree que puede venir aquí a mandar.

Ivana retrocedió un paso, paralizada por el miedo. Yo, en cambio, sentí que algo hacía clic en mi mente. Los años de entrenamiento de kickboxing que tomé en secreto durante la universidad —mi pequeña rebelión contra la etiqueta de "niña bien"— fluyeron por mis venas.

—Ivana, entra al coche y cierra los seguros —ordené sin apartar la vista de Sergio.

—¡Isa, tiene un arma! —gritó mi hermana.

—Entra. Ahora.

Sergio soltó una carcajada seca y avanzó. Lanzó un golpe lateral con la vara de metal, buscando mis costillas. Fui más rápida. Giré sobre mi propio eje, dejando que el metal golpeara el aire, y antes de que pudiera recuperarse, conecté una patada circular (roundhouse kick) directamente en su muslo interno. El impacto lo hizo tambalear.

—¡Maldita zorra! —rugió, intentando un golpe directo a mi rostro.

Me agaché, sintiendo el viento del ataque pasar sobre mi cabeza, y respondí con un jab-cross fulminante a su mandíbula. El crujido del impacto resonó en el silencio del garaje. Sergio retrocedió, escupiendo sangre, pero la ira lo cegó. Se abalanzó sobre mí con todo su peso.

No retrocedí. Esperé el momento exacto para interceptar su avance con una rodillada frontal al plexo solar, dejándolo sin aire. Mientras se doblaba, lo rematé con una patada de empuje en el pecho que lo mandó a volar contra su propio auto. Se desplomó en el suelo, gimiendo, desarmado y derrotado.

—Vuelve a acercarte a ella —le dije, acercándome y hablando con una voz que salía desde lo más profundo de mis pulmones—, y la próxima vez no me detendré hasta que no puedas volver a caminar. Lárgate de aquí antes de que decida que tu cara necesita otra remodelación.

Sergio, humillado y adolorido, se arrastró hasta su asiento y huyó del lugar. Me quedé allí, con los nudillos ardiendo y la adrenalina quemando, hasta que Ivana bajó del auto y me abrazó llorando.

Casi al mismo tiempo, en una oficina que olía a sal y a poder, el teléfono de Erick vibró sobre la mesa. Nicholas Brown estaba sentado frente a él, revisando los costos de los cimientos con una lupa invisible.

—Es ella —dijo Erick, mirando la pantalla.

Nicholas hizo un gesto para que contestara y pusiera el altavoz. Erick me miró a través de la distancia digital, rogando en silencio que mi voz no me traicionara.

—¿Isabella? —dijo mi padre, adelantándose—. Tu arquitecto dice que estás en Mérida. Extraño que no me hayas llamado para darme el reporte del cargamento de madera.

Desde Boston, traté de normalizar mi respiración. Mi mano aún temblaba por el combate, pero mi voz tenía que ser puro hielo.

—Hola, papá. Perdona, la señal en la zona de las madereras es terrible —mentí, mirando mis nudillos enrojecidos—. El proveedor quería cambiarnos el precio a último minuto, pero ya lo puse en su lugar. La madera sale mañana hacia Cozumel. Estaré de vuelta para el primer picazo, no te preocupes.

Nicholas guardó silencio. Erick contenía el aliento. Podía sentir la mirada de mi padre escaneando cada palabra, buscando una grieta.

—Más te vale, hija —dijo Nicholas finalmente—. No me gusta que mis socios se muevan sin avisar. Y dile a Allen que deje de mirar el reloj; el tiempo corre para ambos. Regresa pronto, Isabella. Cozumel te necesita... y yo también quiero ver de cerca ese "compromiso" del que tanto habla tu colega.

La llamada terminó. Erick se limpió el sudor de la frente, mientras Nicholas se levantaba para salir.
—Allen —dijo mi padre desde la puerta—, miente mejor la próxima vez. Isabella no estaba en una maderera. El sonido de fondo era el de una ciudad, no el de la selva. No sé qué están tramando, pero si este hotel no es perfecto, ambos cargaran con las consecuencias.

Erick se quedó solo en la oficina, sabiendo que el sargento Brown ya nos tenía en la mira. El paraíso se estaba convirtiendo en una jaula de oro.




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