La cena en el restaurante privado del hotel fue tensa desde el primer minuto. Mi padre no había tocado su vino; simplemente me observaba con esa mirada que ha hecho temblar a directivos en tres continentes. El maquillaje cubría el golpe en mi mejilla, pero no podía ocultar la rigidez de mis hombros.
—Mérida es hermosa en esta época, ¿verdad, Isabella? —soltó él, con una ironía que cortaba como un diamante—. Aunque es extraño que el GPS de tu teléfono corporativo te ubicara en una zona residencial de Boston durante dieciocho horas.
Suspiré, soltando los cubiertos. No podía seguir mintiéndole a la persona que me enseñó a detectar mentiras.
—No estuve en Mérida, papá —dije, mirándolo directamente a los ojos.
Le conté todo. Desde la llamada desesperada de Alexa, el estado en el que la encontré, el acoso de Sergio, hasta el enfrentamiento en el garaje. No omití detalles sobre el uso de mi kickboxing ni sobre el resguardo que le puse. Mientras hablaba, el rostro de mi padre pasó de la sospecha a una furia fría, no contra mí, sino contra el hombre que se atrevió a tocar a alguien bajo mi protección.
Al terminar, se hizo un silencio sepulcral. Nicholas Brown se reclinó en su silla y, por primera vez en años, vi en él al hombre que me rescató en Venezuela a los diez años.
—Esa chica, Alexa, es parte de tu familia. Y en esta familia, protegemos a los nuestros —dijo con voz firme—. Hiciste lo correcto, Isabella. Me molesta que me mintieras, pero me enorgullece que no dudaras en actuar. Sergio... no volverá a ser un problema. Me encargaré personalmente de que sus negocios se hundan tan rápido que no tendrá tiempo de pensar en molestar a nadie.
Estiró su mano y apretó la mía sobre la mesa.
—Tienes mi apoyo total. Mañana, en el evento, camina con la frente en alto. Eres una Brown.
Al día siguiente, el sol de Cozumel brillaba sobre el terreno donde nacería el nuevo ISVO. Había cámaras, dignatarios locales y una atmósfera de triunfo. Erick y yo estábamos junto a mi padre, posando con las palas plateadas frente a una multitud de fotógrafos. Todo era perfecto.
Sin embargo, entre los invitados VIP, divisé a un hombre que no encajaba: Marcus Thorne, un competidor agresivo de la constructora de Erick, conocido por jugar sucio.
Tras el discurso de mi padre, Thorne se acercó a nosotros con una sonrisa viperina.
—Excelente proyecto, Nicholas. Un diseño brillante —dijo Thorne, pero luego giró su mirada hacia Erick—. Aunque me sorprende verlo aquí, Arquitecto Allen. Pensé que después del incidente en el proyecto de Dubái, donde los materiales "desaparecieron" y la estructura colapsó, ninguna cadena seria volvería a contratarlo.
El rostro de Erick se puso de piedra. El aire pareció abandonar mis pulmones.
—Eso fue una investigación cerrada, Thorne. Se demostró mi inocencia —respondió Erick, apretando la mandíbula con tanta fuerza que temí que se rompiera un diente.
—¿Inocencia? O más bien un excelente equipo de abogados pagados con dinero sucio —continuó Thorne, sacando un sobre de su chaqueta y entregándoselo a mi padre antes de que alguien pudiera reaccionar—. Nicholas, como viejo colega, te sugiero que revises estos documentos. Parece que tu brillante arquitecto tiene una cuenta en las Islas Caimán con movimientos que coinciden exactamente con los sobornos de aquel desastre.
Thorne se retiró con un gesto de suficiencia. Mi padre abrió el sobre lentamente, su expresión volviéndose gélida una vez más. Yo miré a Erick, esperando que se riera, que dijera que era una broma, pero él no me miraba. Tenía la vista fija en el horizonte, y el silencio que guardaba me dolió más que cualquier golpe de Sergio.
—Isabella —dijo mi padre sin despegar la vista de los papeles—, entra a la oficina. Allen... usted viene con nosotros. Tenemos un problema mucho más grave que una mentira sobre Mérida.