La noche en Cozumel era inusualmente silenciosa, pero dentro de mi cabeza el ruido era ensordecedor. Me alejé de la cena bajo el pretexto de un dolor de cabeza, dejando a Erick bajo la mirada posesiva de Sophie. Necesitaba aire, pero sobre todo, necesitaba respuestas.
Al llegar a mi habitación, mi teléfono vibró sobre la cama. Era un mensaje de Ivana, marcado como "Prioridad Roja". Lo abrí con las manos temblorosas.
"Isa, lo tengo. Logré rastrear la creación de la cuenta en las Caimán a través de un servidor puente. La IP original no es de Dubái, ni de Boston. Se creó desde una terminal en las oficinas centrales de ISVO en Caracas, Venezuela. Alguien usó las credenciales de un antiguo administrador de sistemas que ya no trabaja allí. Isa... esto fue planeado desde casa."
Me senté en el borde de la cama, sintiendo que el mundo giraba. ¿Venezuela? El primer hotel de mi padre fuera de Estados Unidos. Donde todo comenzó para nosotros. Alguien en la empresa —alguien con el poder suficiente para acceder a esos servidores— había tendido la trampa a Erick hace años, probablemente para tener una forma de controlarlo o de desviar fondos sin levantar sospechas.
Pero no tuve tiempo de procesarlo, porque un movimiento en el jardín debajo de mi balcón llamó mi atención.
Me asomé con cautela. Entre las palmeras, cerca de la zona oscura de la construcción, vi una silueta familiar. Sophie. Se movía con prisa, mirando hacia atrás para asegurarse de que nadie la seguía. Me puse una sudadera oscura, me descalcé para no hacer ruido y la seguí a una distancia prudente.
Sophie se detuvo detrás de uno de los bungalows a medio terminar. Un hombre ya la esperaba allí, fumando un cigarrillo cuya brasa brillaba en la oscuridad. Cuando habló, se me heló la sangre. Era Marcus Thorne.
—Te estás tardando, Sophie —dijo Thorne con impaciencia—. Nicholas Brown ya debería haberlo despedido. ¿Para qué crees que te pagué el vuelo desde París?
—Erick es más terco de lo que recordaba, Marcus —respondió ella, y su voz ya no tenía rastro de esa dulzura francesa—. Y la hija de Brown es un estorbo. Está husmeando donde no debe.
—No me importa la chica —gruñó Thorne—. Necesito que Erick caiga definitivamente. Si él se hunde, la constructora Allen colapsa y yo me quedo con el contrato de ISVO. Es el negocio del siglo. Dale la estocada final. Convéncelo de que la única forma de salvarse es huyendo contigo a Europa y admitiendo su "error" en Dubái.
—Lo haré —dijo Sophie con una frialdad que me dio escalofríos—. Pero mi precio ha subido. Quiero un porcentaje de las acciones de la constructora cuando tú tomes el mando.
Me pegué a la pared de madera, tratando de que mi respiración no me delatara. Sophie no solo era una oportunista, era una mercenaria contratada por el mayor enemigo de Erick. Y lo peor de todo es que el plan de Thorne se alimentaba de una mentira fabricada en las oficinas de mi propio padre en Venezuela.
Regresé a mi habitación corriendo, con el corazón martilleando contra mis costillas. Tenía las piezas del rompecabezas, pero eran piezas peligrosas. Si le decía a Erick ahora mismo, ¿me creería? ¿O pensaría que mis celos por Sophie me estaban volviendo loca?
Miré el teléfono de nuevo. Tenía que llamar a Ivana. Si la cuenta se creó en Venezuela, alguien allí tenía que haber firmado los documentos físicos de apertura. Y yo tenía una sospecha terrible de quién podría ser.
Cerré la puerta de la suite de Erick y caminé por el pasillo como si el suelo estuviera hecho de cristal. El eco de sus palabras —"estás impulsada por tus celos"— golpeaba mis sienes, pero había algo más, una sensación física que llevaba días ignorando y que, en medio de este caos, se volvió imposible de silenciar.
Llegué a mi habitación y me encerré en el baño. Con las manos temblando, saqué de mi neceser esa pequeña caja que había comprado en la farmacia del centro de Cozumel ayer, casi por instinto, casi por miedo.
Cinco minutos después, el mundo se detuvo. Dos líneas rosadas.
Me senté en el suelo frío, presionando la prueba contra mi pecho. Estaba embarazada. Un hijo de Erick, el hombre que acababa de elegir creerle a una extraña antes que a mí. El hombre que, en su ceguera, estaba a punto de entregar su carrera a quienes querían destruirlo.
—No voy a dejar que te hundan con él —susurré, tocando mi vientre aún plano—. Ni a ti, ni a él.
La rabia se transformó en una claridad fría y afilada. Si me quedaba en Cozumel, Sophie me destruiría emocionalmente y mi padre terminaría por descubrir mi estado antes de que yo pudiera procesarlo. Si Erick quería distancia, se la daría, pero no para llorar, sino para desenterrar la verdad que nos salvaría a todos.
Me levanté y, con una energía que no sabía que poseía, empecé a empacar. No necesitaba mucho. Abrí mi laptop y reservé un vuelo privado con escala en Panamá. Destino final: Caracas, Venezuela.
Antes de salir, llamé a Ivana.
—Ivi, me voy. No intentes detenerme —dije en cuanto contestó—. Erick me echó de su vida y Sophie tiene a papá comiendo de su mano. Voy a Caracas. Si la cuenta se creó allí, tiene que haber un rastro físico, un registro de firmas o un cómplice que aún trabaje en la torre ISVO.
—¿Estás loca, Isa? ¿Sola? —Ivana sonaba aterrada—. Papá se va a dar cuenta en la mañana.
—Dile lo que quieras. Dile que me fui porque no soporto ver a Erick con su ex. Que piense que soy la niña malcriada que él cree. Me sirve que no me busquen —hice una pausa, tragando el nudo en mi garganta—. Y por favor... cuida a Erick. Aunque sea un idiota, no dejes que Thorne le quite la constructora mientras yo no estoy.
Salí de la habitación sin mirar atrás. Crucé el vestíbulo del hotel a las tres de la mañana, evitando a los empleados. El aire del Caribe, que una vez olió a amor y a proyectos nuevos, ahora me sabía a despedida y a sal.