La mañana en la isla se sentía pesada, como si el mismo aire supiera que algo se había roto. Erick llegó a la oficina con la intención de disculparse con Isabella —la culpa no lo había dejado dormir—, pero solo encontró silencio.
—¿Isabella? —llamó, entrando a su área de diseño.
No había rastro de ella. Sus planos estaban ordenados, su laptop no estaba y, sobre su escritorio, solo había una pequeña nota escrita con caligrafía firme: “Si prefieres el pasado, quédate con él. Yo voy a buscar la verdad que tú tienes miedo de enfrentar. No me busques”.
Erick sintió un frío que no tenía nada que ver con el clima. Sophie entró en ese momento, luciendo radiante.
—Erick, querido, ya hablé con los proveedores de Francia, ellos pueden...
—Se fue, Sophie —la cortó él, con los ojos fijos en la nota—. Isabella se fue.
—Bueno, tal vez sea lo mejor. Así podremos trabajar sin distracciones infantiles —dijo ella, acercándose para tocar su hombro.
Erick se apartó bruscamente. Por primera vez, la cercanía de Sophie le resultó asfixiante. Miró la nota de nuevo y una duda razonable empezó a carcomer su seguridad. ¿Y si Isabella tenía razón?
El hermoso clima de Caracas me recibió como un abrazo asfixiante. Al bajar del avión, los recuerdos me golpearon: los gritos de mi madre, el sonido de los golpes tras la puerta y la mirada de ese hombre que marcó mi infancia. Ricardo, mi padrastro. El hombre que, estoy segura, apagó la vida de mi madre y me prometió que volveríamos a vernos.
Me registré en un hotel discreto bajo un nombre falso y, tras retocar el maquillaje para ocultar cualquier rastro de cansancio, me dirigí a la Torre ISVO.
Entrar allí fue como caminar por un campo de minas. Gracias a las credenciales que Ivana me había facilitado de forma remota, logré burlar la seguridad del sótano y acceder al archivo muerto, donde se guardaban los registros físicos de la expansión internacional de hace años.
Mis manos temblaban, no solo por el embarazo que empezaba a hacerme sentir ligeras náuseas, sino por el miedo de encontrar lo que buscaba. Después de horas de buscar entre cajas llenas de polvo, encontré la carpeta: "Proyecto Dubái - Contratos de Suministro".
Al abrirla, mi corazón se detuvo. No era la firma de Erick la que autorizaba los pagos a la cuenta de las Caimán. Era una firma que conocía bien, una que había visto en documentos legales de mi madre.
—No puede ser... —susurré.
—Te dije que volveríamos a vernos, linda Isabella.
Esa voz. Esa voz que había escuchado en mis pesadillas durante quince años. Me giré lentamente, sintiendo cómo mi entrenamiento de kickboxing se activaba instintivamente.
En la penumbra del archivo, estaba él. Más viejo, con una cicatriz cruzándole la mejilla, pero con la misma mirada sádica. Ricardo. No era solo el hombre que atormentó a mi madre; ahora era un alto ejecutivo financiero de ISVO en Venezuela, el hombre en el que mi padre había confiado para manejar las cuentas del sur.
—Has crecido mucho —dijo, dando un paso hacia mí. Sus ojos bajaron por un segundo hacia mi vientre, como si pudiera oler mi secreto—. Y veo que has estado husmeando en mis negocios. Tu padre siempre fue un tonto, pero tú... tú siempre fuiste la pieza que faltaba en mi colección.
—Tú mataste a mi madre —dije, cerrando los puños, sintiendo la adrenalina recorrer cada fibra de mi cuerpo—. Y usaste la empresa de mi padre para lavar dinero y hundir a Erick Allen.
—Matar es una palabra muy fuerte, pequeña. Digamos que ella no supo adaptarse —rio, y el sonido me revolvió el estómago—. Y respecto al arquitecto... necesitaba un chivo expiatorio para desviar unos cuantos millones. Thorne fue un socio muy generoso en ese aspecto.
Ricardo sacó una navaja automática, el sonido del clic resonó en la habitación vacía.
—Pero no te preocupes. Esta vez no dejaré que tu padre te lleve. Esta vez, cumpliré mi promesa.
Me puse en guardia, sintiendo el peso de mi bebé y el honor de mi madre sobre mis hombros. Estaba en el lugar donde todo comenzó, frente al hombre que más temía, pero ya no era la niña de diez años que salió asustada de esa casa. Ahora era una Brown, una guerrera, y tenía una verdad que defender.