Caracas: La jaula de las sombras.
Ricardo avanzó con la navaja brillando bajo la luz mortecina del archivo. Mis músculos se tensaron, mi cerebro gritó que lanzara esa patada circular que lo dejaría fuera de combate, pero justo en ese instante, una punzada en mi vientre me detuvo.
El bebé.
Si peleaba aquí, en este espacio cerrado y lleno de estanterías metálicas, el riesgo de un golpe directo o una caída fatal era demasiado alto. Por primera vez en mi vida, el miedo no era por mí. Bajé los puños lentamente.
—Vaya, la leona ha perdido los dientes —se burló Ricardo, acercándose hasta que sentí el filo frío de la navaja en mi cuello—. O tal vez es que ahora tienes algo más que perder, ¿verdad, Isabella? Te he estado vigilando desde que bajaste del avión. Estás más lenta.
—Haz lo que quieras —dije con una calma que me costó la vida fingir.
Ricardo soltó una carcajada ronca y me golpeó con la culata de un arma que sacó de su cinturón. No fue un golpe para matarme, sino para aturdirme. Sentí la oscuridad cerrarse sobre mí mientras me arrastraba hacia una camioneta blindada que esperaba en el callejón.
Desperté horas después en una habitación que conocía demasiado bien: una réplica de la casa donde mi madre sufrió. Ricardo me había llevado a una propiedad privada a las afueras de la ciudad. Estaba atada a una silla, pero mis manos estaban libres de ataduras hacia el frente, un error que él cometía por subestimarme.
—Estarás aquí hasta que Thorne termine de absorber la constructora Allen —dijo Ricardo desde la puerta—. Después, decidiremos qué hacer contigo.
Mantuve la cabeza baja. Estaba analizando cada rincón. La ventana tenía barrotes, pero la bisagra de la puerta era vieja. Necesitaba que se confiara. Necesitaba que pensara que la "niña malcriada" había regresado. Por mi hijo, iba a esperar el momento exacto para convertir este cautiverio en su tumba.
En la isla, Erick caminaba de un lado a otro en la habitación vacía de Isabella. Había pasado horas hablando con Ivana por teléfono, y cada palabra de su hermana había sido una puñalada de realidad.
—¡Eres un idiota, Erick! —le había gritado Ivana—. Ella no se fue por celos. Se fue a Caracas porque rastreamos la cuenta falsa hasta allá. Se fue a limpiar tu nombre mientras tú te dejabas acariciar por la mujer que te vendió a Thorne.
Erick se detuvo frente al espejo, odiando el reflejo que veía. Recordó la mirada de Isabella antes de irse, el dolor en sus ojos cuando él eligió a Sophie. Abrió el cajón de la mesa de noche de Isabella y encontró algo que ella había olvidado en las prisas: un pequeño amuleto que siempre llevaba consigo.
Sophie entró en la habitación, intentando rodearle la cintura.
—Erick, Nicholas nos espera para revisar los cimientos...
—Vete de aquí, Sophie —dijo él con una voz tan fría que ella retrocedió—. Sé lo de Thorne. Sé que estuviste con él en la obra. Ivana tiene las grabaciones de seguridad.
—Erick, puedo explicarlo...
—No puedes —la cortó él, agarrando su chaqueta y sus documentos—. Te daré una oportunidad: lárgate de esta isla antes de que Nicholas Brown sepa que estuviste trabajando para el hombre que intentó arruinar su proyecto. Porque si él te encuentra antes que la policía, no querrás estar aquí.
Erick salió de la habitación sin mirar atrás. Llamó a su contacto de seguridad privada.
—Prepara el avión. No me importa el plan de vuelo ni las multas. Salimos para Caracas en treinta minutos. Isabella está en peligro y no voy a parar hasta encontrarla.
Mientras el avión despegaba, Erick miraba las nubes, apretando el amuleto de Isabella en su mano. La culpa lo devoraba, pero la determinación era más fuerte. Había tardado demasiado en darse cuenta de que Isabella era el cimiento de su vida, y ahora solo rezaba para que no fuera demasiado tarde.