Cozumel: La confesión.
Nicholas Brown estaba de pie frente al gran ventanal de su oficina, observando las obras con una expresión sombría. La ausencia de Isabella ya no podía ocultarse con excusas de Mérida. Cuando Erick entró, sin tocar y con la respiración agitada, Nicholas no se dio la vuelta.
—¿Dónde está mi hija, Allen? —preguntó el sargento Brown con una voz que presagiaba una tormenta—. Y más vale que la respuesta no sea otro viaje de negocios.
Erick se detuvo en el centro de la habitación. No había rastro de su arrogancia habitual.
—Está en Caracas, señor. Y es por mi culpa —soltó Erick con una honestidad brutal—. Fui un ciego y un estúpido. Isabella descubrió que la cuenta de las Caimán se creó en Venezuela para inculparme, y que Sophie, mi ex, trabaja para Marcus Thorne. Ella trató de advertirme y yo... yo no le creí.
Nicholas se giró lentamente, sus ojos centelleando con una furia peligrosa. Pero Erick no retrocedió.
—Se fue a buscar las pruebas para salvar mi nombre y limpiar ISVO de la traición interna. Ivana me ha confirmado que perdió contacto con ella hace horas —Erick dio un paso hacia Nicholas, acortando la distancia—. Señor, sé que ahora mismo me odia, y tiene razones para hacerlo. Pero tiene que saber algo: amo a Isabella. No es solo la socia de este proyecto, es la mujer que cambió mi mundo. Daría mi vida, centavo a centavo y gota a gota de sangre, por traerla de vuelta sana y salva.
Nicholas guardó silencio, estudiando al hombre frente a él. Vio el sudor, vio el temblor de sus manos y, sobre todo, vio la verdad en su mirada. El sargento Brown asintió una sola vez, un gesto de tregua.
—Si ella no regresa, Allen, no habrá lugar en el mundo donde puedas esconderte de mí —dijo Nicholas, agarrando su teléfono—. Pero por ahora, prepárate. Mi avión privado tiene permiso de sobrevuelo prioritario. Vamos a Caracas. Y que Dios ayude a quien haya puesto una mano sobre mi hija, porque yo no tendré piedad.
Caracas: El silencio antes del golpe.
Mientras tanto, en la casa de seguridad en la periferia de Caracas, el ambiente apestaba a alcohol y complacencia. Ricardo estaba en la sala principal, brindando con un vaso de ron mientras hablaba por teléfono con Thorne, jactándose de que "la heredera" estaba bajo control.
En la habitación de arriba, yo no estaba perdiendo el tiempo. Mis manos estaban libres. Ricardo había cometido el error de dejar a un solo guardia en mi puerta, un tipo joven que me miraba con más lástima que precaución.
Analicé la situación. Ricardo estaba ebrio, lo que lo hacía lento, pero impredecible. Tenía que salir de aquí antes de que decidiera que yo ya no le era útil. Me acerqué a la puerta y empecé a sollozar con fuerza, fingiendo un ataque de pánico.
—¡Por favor! —grité— ¡Me duele mucho el vientre! ¡Ayúdenme!
Escuché los pasos pesados del guardia. La llave giró en la cerradura. En cuanto la puerta se abrió unos centímetros, la "niña malcriada" desapareció y la guerrera tomó el control.
No le di tiempo a reaccionar. Lancé una patada frontal (push kick) que lo empujó contra la pared del pasillo, y antes de que pudiera sacar su arma, conecté un clinch de muay thai, bajándole la cabeza para impactar mi rodilla contra su pecho. El aire salió de sus pulmones con un silbido. Un golpe preciso al nervio del cuello lo dejó inconsciente en el suelo.
Rápido y en silencio, le quité su radio y su arma —aunque esperaba no tener que usarla por el bien de mi bebé—. Me asomé por la escalera. Ricardo seguía de espaldas, riendo a carcajadas.
Salté por la ventana trasera hacia la vegetación espesa que rodeaba la casa. En algún lugar selvoso de caracas era ruidoso y oscuro, pero era mi mejor aliada. Empecé a correr, ignorando el dolor de mis músculos y las náuseas del embarazo. Tenía que llegar a la carretera principal. Tenía que sobrevivir.
A lo lejos, el rugido de un motor de avión surcaba el cielo nocturno de Caracas. No sabía si era mi padre, si era Erick o si era el fin, pero mientras mis pies golpeaban la tierra húmeda, solo una idea se repetía en mi mente: Erick, más te vale estar viniendo por nosotros.