El Diseño de nuestro destino

capitulo 15 Sangre y Barro

El barro se pegaba a mis botas mientras corría frenéticamente entre la maleza. Los pulmones me ardían y el aire húmedo de la noche se sentía como fuego en mi garganta. A mis espaldas, el estruendo de los motores y los gritos de los hombres de Ricardo desgarraban el silencio de la selva.

—¡Busquen en la quebrada! —rugió la voz de Ricardo, cargada de una furia animal—. ¡Si la dañan no me importa, pero tráiganme a esa perra!

Tropecé con una raíz oculta y caí de bruces. Un dolor agudo me atravesó el vientre y el pánico me paralizó por un segundo. Me llevé la mano a la barriga, protegiéndola por instinto.

—Tranquilo, mi amor... mamá está aquí —susurré, con las lágrimas mezclándose con el sudor.

Me levanté como pude, pero el terreno cedió bajo mis pies. Una pendiente de tierra suelta me arrastró varios metros hacia abajo hasta chocar violentamente contra el tronco de un árbol caído. El impacto me sacó el aire y sentí un calor pegajoso recorrer mi frente: sangre. Intenté ponerme en pie, pero mi tobillo derecho falló con un crujido sordo. Estaba atrapada.

Las luces de las linternas empezaron a barrer el área. Estaban cerca.

—Aquí hay rastro de sangre —gritó uno de los guardias apenas a diez metros de mi posición.

Escuché los pasos pesados sobre la hojarasca. Ricardo apareció entre las sombras, con la camisa manchada de alcohol y una mirada de pura demencia. Se acercó lentamente, disfrutando de mi vulnerabilidad.

—Mira nada más... la gran Isabella Brown, reducida a esto —se burló, apuntándome con su arma—. Te advertí que volveríamos a vernos, linda. Y ahora, voy a terminar lo que debí hacer hace quince años.

Se acercó para patearme, pero en un último arranque de adrenalina y técnica, usé mi pierna sana para lanzar una patada de hacha desde el suelo que impactó en su rodilla. Ricardo rugió de dolor y cayó sobre una rodilla, pero antes de que yo pudiera arrastrarme más lejos, me agarró del cabello y me estrelló la cabeza contra el suelo.

El mundo se volvió borroso. Sentí un pinchazo agudo en el vientre y una mancha de humedad empezó a extenderse por mi pantalón. No, por favor, no el bebé, fue mi último pensamiento coherente mientras la oscuridad me reclamaba.

Justo en ese momento, el cielo pareció estallar.

El estruendo de un helicóptero de combate sobrevoló la zona, bajando tanto que las ramas de los árboles se quebraban. Simultáneamente, el sonido de ráfagas de advertencia y neumáticos chirriando en la carretera cercana rompió el asedio.

—¡AL SUELO! ¡POLICÍA FEDERAL Y SEGURIDAD ISVO! —la voz de mi padre, Nicholas, retumbó a través de un megáfono, pero fue otra sombra la que saltó desde la camioneta en movimiento antes de que se detuviera por completo.

Erick.

Erick corrió hacia el barranco, ignorando las balas y el caos. Vio a Ricardo levantando el arma hacia mi cuerpo inerte y, sin dudarlo, se lanzó sobre él con una furia ciega. No era una pelea de caballeros; era un hombre protegiendo lo único que le daba sentido a su vida. Erick desarmó a Ricardo con un golpe brutal y lo sometió contra el barro, golpeándolo hasta que Nicholas llegó para apartarlo.

—¡Isabella! —gritó Erick, dejándose caer a mi lado. Me tomó en sus brazos, aterrado al ver la palidez de mi rostro y la sangre en mi frente—. Isabella, mírame... por favor, abre los ojos. Perdóname, fui un idiota... perdóname.

—Erick... —logré susurrar, abriendo los ojos apenas un milímetro. Mi mano buscó la suya y la llevé desesperadamente hacia mi vientre—. El bebé... Erick... el bebé...

Erick se quedó petrificado. Sus ojos se abrieron de par en par mientras procesaba mis palabras, mirando mi vientre y luego la mancha de sangre y barro. El terror en su rostro se transformó en una devoción absoluta.

—No, no, no... vas a estar bien. Los dos van a estar bien —sollozó, cargándome con un cuidado infinito mientras mi padre llegaba a nuestro lado, con el rostro desencajado—. ¡Nicholas, un médico! ¡Está embarazada!

Mi padre se quedó mudo por un segundo, su instinto de sargento siendo reemplazado por el de un abuelo aterrorizado.

—¡Vayan al helicóptero! ¡AHORA! —ordenó Nicholas, mientras sus hombres esposaban a un Ricardo derrotado.

Erick corrió conmigo en brazos hacia la luz cegadora del helicóptero, susurrándome promesas al oído, rogándome que no me rindiera. Mientras nos elevábamos sobre la selva, sentí su calor y, por primera vez en mucho tiempo, dejé de luchar. El destino de los tres estaba ahora en manos de los médicos y del hilo de vida que nos unía.




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