El Diseño de nuestro destino

CAPITULO 16 El Hilo Invisible

El Hospital: Horas de Ceniza.

El hospital privado en Caracas se sentía como una tumba de mármol blanco. El olor a antiséptico y el zumbido de las máquinas eran lo único que acompañaba a Erick y a Nicholas en la sala de espera de cuidados intensivos.

Erick estaba sentado en una esquina, con las manos entrelazadas y la mirada perdida en sus zapatos, que todavía tenían restos del barro de la selva. No se había lavado, no había comido; parecía un hombre que estaba esperando su propia sentencia de muerte. Nicholas, por su parte, caminaba de un lado a otro como un león enjaulado, apretando su teléfono con tanta fuerza que los nudillos le blanqueaban.

—Si algo les pasa, Allen... —comenzó Nicholas con la voz rota.

—Lo sé —interrumpió Erick sin levantar la vista—. No tiene que decírmelo. Si los pierdo, no quedará nada de mí que valga la pena salvar.

Finalmente, las puertas de doble ala se abrieron. Un médico con aspecto cansado salió limpiándose las gafas. Ambos hombres se pusieron en pie de un salto.

—La paciente tuvo una contusión fuerte y una amenaza de aborto severa debido al trauma y al estrés —dijo el doctor con cautela—. La pérdida de sangre fue preocupante y el desprendimiento de placenta fue parcial... pero logramos estabilizarlos.

Erick soltó un sollozo ahogado, cubriéndose la cara con las manos. Nicholas cerró los ojos y, por primera vez en su vida, dio un traspié, teniendo que apoyarse en la pared.

—¿El bebé? —preguntó Nicholas con un hilo de voz.

—Es un milagro, pero el latido es fuerte —confirmó el médico—. Sin embargo, Isabella está muy débil. La recuperación será larga y difícil. Deberá estar en reposo absoluto; cualquier esfuerzo mínimo podría complicar el embarazo de nuevo. No podrá viajar por el momento.

El Despertar: El peso del perdón.

Pasaron dos días antes de que recuperara la conciencia por completo. Cuando abrí los ojos, el sol de Caracas entraba suavemente por la ventana. Lo primero que sentí fue una mano cálida sujetando la mía con una fuerza desesperada.

Giré la cabeza y vi a Erick. Se veía demacrado; las ojeras eran profundas y el vello de su barba había crecido, dándole un aspecto descuidado. En cuanto notó que mis ojos estaban abiertos, se puso de pie, pero se detuvo antes de acercarse demasiado, como si temiera que mi rechazo lo quemara.

—Isa... —susurró, y su voz se quebró—. Gracias a Dios.

—¿El bebé? —fue lo único que pude decir, con la garganta seca.

—Está bien —dijo él, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla—. Está aquí contigo. Estás a salvo, mi amor. Ricardo está bajo custodia federal, Thorne ha sido denunciado... todo terminó.

Hice un intento de moverme, pero un dolor agudo en el vientre me recordó que mi cuerpo seguía herido. Erick se acercó de inmediato para ajustarme la almohada, pero sus manos temblaban.

—Perdóname, Isabella —me dijo, arrodillándose al lado de mi cama, escondiendo su rostro en el borde de las sábanas—. Fui el hombre más estúpido del mundo. Te fallé de la peor manera posible. Por mis dudas casi pierdo lo único que me importa en esta vida. No merezco que me mires, pero te juro que pasaré cada segundo del resto de mis días intentando compensar este error.

Lo miré en silencio. El dolor de su traición seguía ahí, pero verlo tan roto, tan arrepentido, y saber que se había lanzado a la selva por mí, empezó a derretir el hielo en mi pecho. Puse mi mano débil sobre su cabello.

—Va a ser difícil, Erick —le dije con voz suave—. Casi nos pierdes... casi nos perdemos. No podre volver al hotel por ahora.

—No me importa el hotel —respondió él, levantando la vista para encontrar la mía—. Si tengo que diseñar cabañas de madera por el resto de mi vida para que tú estés tranquila, lo haré. Me quedaré aquí en Caracas, en Boston o donde tú necesites estar. Solo... no me pidas que me vaya. Déjame cuidarte. Déjame cuidar de nuestro hijo.

Erick me miró con una devoción que nunca antes había visto. Sabía que el camino de regreso a la confianza total sería largo, pero en ese momento, con el suave latido de mi bebé y el calor de la mano de Erick, sentí que, por primera vez, las bases de nuestra vida no eran de acero ni de piedra, sino de algo mucho más resistente: esperanza.




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