La Confrontación: Sangre contra Justicia
Erick no esperó al amanecer. Con los documentos en la mano y el rostro transformado en una máscara de determinación, voló a Boston para enfrentar al hombre que le dio la vida y casi se la quita.
Entró en la biblioteca de la mansión Allen sin anunciarse. Su padre, Arthur Allen, estaba sentado frente a la chimenea, luciendo la imagen perfecta del patriarca intachable.
—¿Así que decidiste volver, hijo? —dijo Arthur sin mirarlo—. Escuché que te dejaste engañar por una Brown en el Caribe.
—Lo que escuchaste es el fin de tu imperio, padre —soltó Erick, arrojando los documentos de Luxemburgo sobre la mesa—. Sé que tú creaste la empresa fantasma con Ricardo. Sé que tú hundiste el proyecto de Dubái para cobrar los seguros y destruir mi reputación para que no tuviera más opción que volver a trabajar bajo tu sombra.
Arthur se levantó, su expresión fría no flaqueó.
—Lo hice por tu bien, Erick. Necesitabas entender que fuera de esta familia no eres nadie. Ricardo solo fue una herramienta útil para controlar los activos de los Brown.
—Ricardo es un asesino y tú eres su cómplice —rugió Erick, acercándose hasta quedar a centímetros de él—. Tienes diez minutos para firmar la liberación de la herencia de Isabella y disolver esa deuda falsa. Si no lo haces, Nicholas Brown y yo entregaremos las pruebas de lavado de dinero al FBI que ya está fuera de esta casa. No estoy aquí para negociar, estoy aquí para destruirte si no dejas en paz a mi familia.
Arthur miró a su hijo y, por primera vez, vio que Erick ya no era el joven que buscaba su aprobación. Era un hombre protegiendo su propio legado. Con un suspiro de derrota y las manos temblorosas, Arthur firmó. El nombre de los Allen quedaría manchado, pero Isabella sería libre.
Seis meses después: El nido en Boston
El invierno había llegado a Boston, cubriendo la ciudad con una capa de nieve blanca y pacífica. Mi pent-house, aquel que una vez sentí como una oficina vacía, ahora estaba lleno de luz, flores y una habitación pintada de colores suaves que esperaba a su nuevo inquilino.
Me miré en el espejo de cuerpo entero. Mi embarazo estaba muy avanzado; me sentía pesada, pero extrañamente hermosa. Toqué mi vientre, sintiendo la patada vigorosa de mi pequeño guerrero. La recuperación en Caracas había sido dura, llena de reposo y miedos, pero aquí estábamos.
La puerta se abrió y Erick entró, dejando su abrigo cubierto de nieve. Se acercó a mí de inmediato, rodeándome con sus brazos y depositando un beso en mi coronilla antes de bajar sus manos hacia mi vientre.
—Se mueve mucho hoy —susurró Erick con una sonrisa de absoluta paz.
—Sabe que su padre llegó a casa —respondí, apoyando mi cabeza en su hombro.
Erick se había encargado de todo. Arthur Allen estaba enfrentando un juicio por fraude, Ricardo seguía en una prisión de alta seguridad en Venezuela, y Sophie había desaparecido del mapa, probablemente buscando una nueva víctima en Europa. El hotel en Cozumel se había inaugurado hace un mes con un éxito rotundo; mi padre e Ivana enviaban fotos diarias de los bungalows flotantes llenos de turistas.
Me senté con su ayuda, mirando por el gran ventanal hacia las luces de la ciudad. Habíamos construido nuestra historia sobre cimientos rotos, pasamos por tormentas que casi nos destruyen, pero aquí estábamos, diseñando el futuro más importante de nuestras vidas.
—¿Sabes qué nombre me gusta? —le pregunté, tomando su mano.
Erick me miró con esos ojos que ahora solo reflejaban amor y redención.
—Dime.
—Nicholas Ricardo... no, es broma —reí, y él soltó una carcajada que llenó la habitación—. Quiero que se llame como algo que nos recuerde que siempre se puede volver a empezar.
Erick me besó con ternura, sellando una promesa que no necesitaba planos ni contratos. El pasado era solo una sombra lejana; nuestro presente era este latido compartido, y nuestro futuro estaba a solo unas semanas de nacer.